José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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Las palabras de Agustín Lago, su rigor conceptual, sus ademanes mesurados y, sobre todo, el conocimiento sólido que demostró poseer de lo que el doctor Gregorio Lascasas llamaba "los esquemas evangélicos", causaron en el señor obispo tal impresión que éste, olvidándose de pronto del tema de la enseñanza, proyectó toda su atención hacia su interlocutor, cuya manga hueca, flotante, le descansaba sobre la rodilla.

– Dígame, hijo mío… -habló el prelado, llevándose los índices a los labios como si quisiera besarlos-. ¿A qué se debe su formación? ¿Ha cursado usted estudios teológicos o ha estado en algún noviciado?

Agustín Lago, sin querer, como le ocurría tan a menudo, sintió que se le teñían las mejillas. Luego negó con la cabeza.

– No, Ilustrísima. Pero pertenezco al Opus Dei.

– ¡Caramba! -exclamó, sorprendido, el señor obispo-. ¿Pertenece usted… a la Obra de Dios?

– Exactamente.

El señor obispo semicerró los ojos, de suerte que éstos se le convirtieron en dos líneas horizontales debajo de las cejas.

– Interesante, interesante… -repitió-. ¿Sabe usted que en Zaragoza tuve ocasión de conocer, antes de la guerra, a su fundador, el padre Escrivá?

Agustín Lago expresó intensa alegría.

– ¡No, no lo sabía! -Luego añadió, en tono natural-: Un hombre extraordinario, ¿verdad?

El señor obispo afirmó con la cabeza.

– Duro… y afectuoso. Bonita combinación… -Hubo un silencio, pues Agustín Lago se había colocado a la expectativa. El señor obispo rompió dicho silencio preguntando-: Y dígame… ¿Qué ha sido del padre Escrivá? Durante la guerra corrió la voz de que había muerto…

Agustín Lago no acertó a disimular su emoción.

– Sí, eso se dijo… Pero por suerte no fue así. Ocurrió que los rojos mataron a una persona creyendo que era él… Pero, como le digo, resultó falso. El padre Escrivá entró en Madrid con las fuerzas nacionales, en el primer camión de una de las caravanas que regresaban a la capital… Y allí está ahora.

El doctor Gregorio Lascasas estornudó inoportunamente -¡ah, las corrientes de aire de Palacio!- y luego preguntó a su visitante, sacándose el pañuelo de la bocamanga:

– Y usted… ¿está en contacto con él?

– Pues sí. Le escribo de vez en cuando… y él me contesta.

El señor obispo se sonó, procurando no hacer ruido.

– De todos modos, no tienen ustedes personalidad jurídica, ¿verdad?

– No, no la tenemos… ¡Somos tan pocos! Al terminar la guerra quedamos tan desconectados unos de otros, que en un momento dado creí que me había quedado solo, que yo era el Opus Dei.

El señor obispo dobló el pañuelo y lo devolvió a su lugar habitual.

– La Obra de Dios… -repitió-. Conozco el regimiento…

– ¿Lo conoce usted? -preguntó Agustín Lago, interesado.

– Sí, claro… Leen ustedes un pequeño libro de meditación, titulado Calino; no viven en comunidad; siguen ejerciendo su profesión; respetan por encima de todo la libertad personal… ¿Me he equivocado en algo?

– En nada -respondió Agustín Lago, sin poder ocultar su asombro-. El resumen es perfecto.

El señor obispo, inesperadamente, se ajustó con gracia el solideo, que se le había desplazado un poco, y mudando de expresión añadió:

– Hijo mío, yo no veo ahí más que dos peligros… Primero, el que supone no vivir en comunidad. ¡Las tentaciones son tantas! Y luego, ese respeto a la libertad personal… Me parece muy arriesgado. ¿O no lo cree usted así?

Agustín Lago no supo qué contestar. Los ojos del señor obispo se habían convertido de nuevo en dos líneas horizontales.

– No sé, Ilustrísima… Los seglares…

– ¡Oh, sí, me consta que su propósito es recto! Pero en la práctica… -El doctor Gregorio Lascasas endureció, quizás involuntariamente, el tono de su voz-. No debemos olvidar que fue el propio Jesús quien dijo: "Yo soy la vid y vosotros los sarmientos".

Mil argumentos se agolparon en la mente de Agustín Lago. Titubeó un momento y por fin dijo:

– Creo, Ilustrísima, que no existe conflicto. Se puede ser sarmiento en medio del mundo. Uno de los pensamientos de Camino dice: "¡Qué grande cosa es ser un pequeño tornillo!".

El señor obispo reaccionó con simpatía y sonrió.

– Sí, ya sé. Y hay otro pensamiento que dice: "Tú y tus hermanos, unidas vuestras voluntades para cumplir la de Dios, seréis capaces de vencer todos los obstáculos".

Agustín Lago enmudeció. Sin duda el señor obispo estaba al corriente. Experimentó una mezcla de temor y de halago. Sonriendo a su vez dijo:

– Estoy dispuesto a dar testimonio de que me siento a gusto uniendo mi voluntad a la de los demás… Confío en que mi conducta merecerá la aprobación de Su Ilustrísima.

– Eso está bien. Voy a darle mi bendición para que tenga siempre presente lo que acaba de decir.

Agustín Lago se sorprendió, pues las palabras del señor obispo parecían indicar que éste daba por terminada la entrevista.

Así era, en efecto. El doctor Gregorio Lascasas se había levantado y al hacerlo su figura se agigantó increíblemente.

Agustín Lago se levantó también, con cierta rigidez, como si todavía estuviera en el ejército; y acto seguido comprendió que no le cabía más remedio que hincar la rodilla. Así lo hizo.

El señor obispo lo bendijo y le dio a besar el anillo.

– Vaya usted con Dios, amigo mío. Sea perseverante en su maravilloso plan escolar… Y de vez en cuando, venga a verme.

El doctor Gregorio Lascasas acompañó a Agustín Lago hasta la puerta. El inspector inclinó repetidamente la cabeza y desapareció.

Mosén Iguacen brotó como por ensalmo a su lado, en uno de los pasillos.

– Enorme este palacio, ¿verdad?

– Desde luego.

– Vaya usted con Dios.

Las clases empezaron el 7 de octubre. Agustín Lago se las arregló para que todos los maestros y maestras supieran a qué atenerse. Los libros de texto a propósito, que tanto inquietaban al profesor Civil, llegaron de Madrid, algunos tirados en cyclostyl.

En seguida se vio que Agustín Lago acertó en su pronóstico: los colegios regentados por religiosos parecieron empeñarse en justificar los temores del Gobernador. Los frailes y las monjas lo supeditaban todo a las prácticas de piedad. Creían que "para que los alumnos se sintieran constantemente en presencia de Dios" era preciso no distraerlos demasiado con las Matemáticas o con la Física. Contrariamente a los deseos del inspector jefe, consideraban que el estudio era secundario. Preferían que dichos alumnos fueran "santos" a que se interesaran por las asignaturas del programa. Organizaron un sistema de presión al que resultaba difícil oponer resistencia. Los muchachos, al entrar en el aula, debían decir Ave María Purísima y al pasar lista debían contestar ¡Viva Jesús! Inmediatamente iniciaron la celebración de los primeros viernes de mes, de los siete domingos de San José y las visitas colectivas al Santísimo. Llegaron a organizar los llamados Cruzados Eucarísticos, es decir, alumnos que llevaban una cruz en el pecho y que juraron estar dispuestos, llegado el caso, a dar la vida por defender la Fe. Y los sábados cada alumno o alumna debía presentar por escrito el número de "Buenas Obras" llevadas a cabo durante la semana: comuniones, jaculatorias, pequeños sacrificios en honor de la Virgen…

En las escuelas laicas la presión era menor, si bien los maestros que habían obtenido el título en época de la República tuvieron que examinarse previamente de Religión y de Historia Sagrada, sin cuyo requisito no hubieran podido cobrar el sueldo. Sin embargo, el profesor, según fuere su talante, gozaba de mayor libertad de acción. Los había que saboteaban lindamente las consignas y que organizaban las clases a la manera tradicional, sin hacer el menor esfuerzo por relacionar la Geografía con los viajes misioneros de San Francisco Javier ni la Física y la Geología con la omnipotencia del Creador. En los pueblos tal independencia de criterio era más difícil, dado que los párrocos, bien aleccionados, ejercían una vigilancia implacable y muchos de ellos exigían el parte de los alumnos que faltaban a la misa dominical.

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