José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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La fábula no obtuvo el éxito esperado.

– ¡Jesús! -exclamó Marta-. Un poco tétrico, ¿no crees?

Entonces Ignacio, que estaba excitado, vio el tocadiscos al lado de Manolo y recordó que éste era un apasionado de la música de jazz. Impelido a hablar, efectuó un viraje.

– ¿Queréis que os cuente lo que soñé anoche? Pues veréis… Soñé que yo era un fox lento… Todo el mundo bailaba a mi alrededor, con calma y ritmo. Y de pronto, mi nariz se convertía en saxofón…

– ¡Eso está mejor! -admitió Manolo, moviendo la cabeza en signo aprobatorio.

Esther musitó:

– Extraño mundo el de los sueños…

El tono de la voz de Esther fue inesperadamente serio. Ignacio la miró. Al mirarla pensó en las toscas figurillas de barro que la mujer de Manolo modelaba por su cuenta. Relacionó esas figurillas con el recuerdo de César, que también había pintado imágenes en un taller, en el taller Bernat. Entonces se emocionó más aún que Marta al pensar en la posible habitación de "sus hijos" y habló de César y de su proceso de beatificación.

Ahí acertó definitivamente. Manolo había oído hablar de ello en la Audiencia y el asunto le interesaba sobremanera, incluso desde el punto de vista jurídico, dado que por aquellos días hojeaba precisamente unos artículos del Derecho Canónico…

– ¿Qué hay de eso? Cuéntame…

Ignacio se excusó, alegando que desde el punto de vista jurídico no podía decir nada, excepto que, al parecer, y según un informe recogido por Pilar en alguna parte, mosén Alberto, ¡precisamente él!, se encargaría de buscarle los defectos a su hermano…

– Ah, sí, el "abogado del diablo"… -terció Manolo.

– Eso es -admitió Ignacio. Luego añadió-: ¡Defectos a mi hermano! Tiene gracia…

El muchacho se disparó. Él, por supuesto, no se sentiría capaz de encontrarle ninguno. El recuerdo de su hermano era puro, puro absolutamente. Hasta el extremo que en más de una ocasión le impidió a él cometer tonterías. O algo peor que tonterías.

Ahora bien, en todo aquello había puntos oscuros. ¿Cómo podía la Iglesia afirmar que una persona era santa y que se encontraba en el cielo? Él tuvo la desgracia de ver los restos de César en el cementerio, con motivo de su traslado al nicho de propiedad familiar. Eran "restos" nada más. Como los de todo el mundo. Por otra parte, ¿cómo era el cielo? ¿Y dónde se encontraba? Ni siquiera el padre Forteza, que tanto amaba las Altas Norias, acertaba a definirlo con precisión. "Todo esto es un poco complicado, ¿no creéis? Confieso que a veces me armo un pequeño lío".

Marta se asustó de nuevo. No veía la menor necesidad de saber dónde estaba el cielo; le bastaba con saber que existía. En cuanto a los restos de César, también ella los había visto. Y la impresionaron muchísimo. Pero de su visión y de su miseria no sacó tan escépticas conclusiones, sino todo lo contrario. Porque lo que valía de César era precisamente el alma.

– No sé por qué hablas así, Ignacio. No sé lo que te ocurre, la verdad…

El muchacho torció el gesto… Entonces Manolo intervino y lo hizo con mucha autoridad. Admitió que costaba comprender el problema de las beatificaciones, pero añadió que ello no afectaba para nada a las verdades fundamentales de la fe. Sin contar con que la gente necesitaba de símbolos, y no sólo para creer, sino también para vivir.

– En fin… -concluyó, dirigiéndose a Ignacio-. Estoy seguro de que, con todas tus dudas, de vez en cuando le rezas a tu hermano…

Ignacio se ruborizó, corno si le hubiera pillado en falta. Por fin aceptó:

– Pues… sí. Le rezo a menudo.

Intervino Esther.

– Más bien quieres decir… que le rezas todas las noches.

Ignacio sonrió.

– En efecto, así es… -admitió.

Marta, en un imprevisto arranque cariñoso, tomó la mano de Ignacio y, acercándola hacia sí, depositó en ella un beso.

– ¿Qué es lo que le pides exactamente? Anda, dínoslo…

Ignacio se levantó, también de improviso. Se acercó a la chimenea. Tomó con las tenazas una brasa locamente enrojecida y la contempló. El fuego iluminó por un momento su cara, que iba haciéndose angulosa. Todo el mundo permanecía expectante: hubiérase dicho que la tortuga Berta aparecería de un momento a otro procedente del despacho.

Por fin Ignacio contestó:

– Últimamente… no le pedía más que una cosa: que la enfermedad de mi madre no fuera nada malo…-Tiró la brasa al fuego-. A partir de esta tarde, le pediré también, con mucho más fervor que antes de entrar en esta casa, aprobar en junio los exámenes y regresar con el título de abogado en el bolsillo…

La flecha le salió certera, entre otras razones porque lo que acababa de decir lo llevaba en la mente desde hacía mucho tiempo… El caso es que sus palabras produjeron otro silencio, esta vez con distintos matices.

Por último Esther empezó a sonreír. Y Manolo aplastó la colilla en el cenicero y, mirando con fijeza a Ignacio, cabeceó varias veces consecutivas.

– Conque… eso es lo que deseas, ¿eh?

Ignacio se volvió hacia él y le sostuvo con dignidad la mirada.

– Sí, eso es lo que deseo, Manolo. Que cuando sea abogado… me invites otra vez a tomar el té.

Manolo se levantó también. Nadie sabía lo que iba a hacer. Por fin se volvió de espaldas.

– A tomar el té… en mi despacho, ¿no es eso?

– Eso es. En tu despacho…

Manolo viró en redondo y soltó una carcajada.

– ¡Trato hecho! -exclamó.

Ignacio se quedó clavado en la alfombra.

– ¿Hablas en serio?

– ¡Cómo! ¿Es que los catalanes, tratándose de negocios, acostumbramos a bromear?

Esther, que sentía gran simpatía por Ignacio, añadió:

– ¡Hala! ¿A qué esperáis? A sellar el pacto…

Manolo e Ignacio, sonrientes, se acercaron y se dieron un fuerte apretón de manos.

El clima de la reunión había pasado a ser de euforia. Manolo propuso un brindis. Esther tocó la campanilla llamando a la doncella. Entretanto, Marta se había levantado también y acercándose a Manolo le dio un sonoro beso en la mejilla.

Manolo fingió escandalizarse.

– ¡Nunca hubiera creído -dijo- que, por amor a Ignacio, me besaras a mí!

Todos se rieron y Marta comentó:

– ¡No me conoces! Pienso darte muchas sorpresas…

Fue destapada una botella de champaña, anticipo de la Navidad, que burbujeó de emoción. Con la copa en alto Manolo se creyó en la obligación de enseñarle a Ignacio -¿a qué esperar más?- el bufete en que el muchacho trabajaría… "si en junio se traía efectivamente el título en el bolsillo". Ignacio, al entrar en el despacho, respiró tan hondamente, como para empaparse de golpe del secreto de todos los pleitos perdidos, que el polvillo de los libros se le introdujo en las fosas nasales… ¡y estornudó! Exactamente lo que solía ocurrirle al señor obispo cuando hablaba con Agustín Lago.

Ignacio y Marta recuperaron sus abrigos y se despidieron efusivamente de Manolo y Esther. Bajaron silenciosos la escalera. Fuera había oscurecido por completo. Sin embargo, consiguieron leer de nuevo la placa de la puerta: Manuel Fontana, abogado.

El aire frío de la calle les azotó el rostro e Ignacio se subió el cuello del abrigo. Marta tomó otra vez la mano del muchacho y, pese a los guantes, le pareció que notaba su calor.

Sentíanse aturdidos. ¡Todo aquello era tan insólito, tan importante! Titubeaban, no sabían qué hacer. Los iluminados escaparates de Navidad los deslumbraban. La emoción los había fatigado.

Marta propuso:

– ¿Por qué no vamos un momento a la iglesia? ¿Al Mercadal?

Ignacio no opuso resistencia.

– Bueno.

Fueron al Mercadal. La penumbra del templo resultaba agradable. Había mucha gente. Delante de los confesonarios se habían formado pequeñas colas.

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