– Siéntese, reverendo. Por favor, aquí, en la presidencia…
Mosén Alberto aceptó. Oyóse el rumor de las sillas al desplazarse. Paz procuró dominarse, pero su expresión había cambiado. Era evidente que la entrada del sacerdote había trastocado por completo la situación.
Mosén Alberto giró la vista en torno y fue reconociendo a los comensales.
– Tía Conchi, Paz, Manuel… -suspiró con alegría-. ¡Qué bien! Todos reunidos. Esto es hermoso. Rodeado de Alvear por todas partes… -el sacerdote advirtió que Eloy lo miraba interrogante y se apresuró a añadir-: Pero ¡si tú eres también Alvear, hijo!
Carmen Elgazu ofreció al sacerdote:
– ¿Un poco de turrón, mosén Alberto?
Éste, satisfecho, se frotó las manos.
– ¡No faltaría más!
Acto seguido Ignacio lo invitó a fumar y el sacerdote, después de un titubeo, aceptó.
– ¡Un cura fumando! -rió tía Conchi.
– ¡Je! -hizo Eloy.
Paz había enmudecido. Y es que no lo podía remediar: las sotanas la sacaban de quicio… ¿Por qué tuvieron que ofrecerle a mosén Alberto la presidencia de la mesa? Desde su llegada todo el mundo estaba pendiente de él, de sus mínimos deseos. Y el sacerdote le estaba pareciendo a ella untuoso, hipocritón. Hablaba con mucha desenvoltura; ¡pero aquellas manos tan blancas!
Matías dijo:
– Desde luego, mosén Alberto, lo que más admiro de ustedes es que abandonen a la familia y se encierren en una sacristía… o en un museo.
Mosén Alberto comentó:
– ¡Pues no le falta a usted razón! -Luego añadió-: A veces he pensado que Ignacio dejó el Seminario porque les amaba a ustedes demasiado…
Ignacio aceptó:
– Algo hay de eso -y, sin darse cuenta, miró con ternura a su madre.
En ese instante Paz, repentinamente cansada de guardar silencio, intervino:
– De todos modos, si no estoy equivocada, los sacerdotes tienen más familia que nadie, ¿no es así? Han de amar a todo el mundo por igual…
Mosén Alberto miró a la muchacha.
– Es cierto, hija. Sin embargo, ¡no creas que sea tan fácil!
Paz cabeceó con expresión ambigua.
– ¡Desde luego! Eso ya lo sé…
Mosén Alberto captó la intención de la chica, pero dio con la respuesta adecuada.
– A mí me ha costado años conseguirlo… Por suerte -añadió en tono solemne- la guerra me enseñó el camino. Lo cual no significa que no tenga todavía remordimientos…
Paz se mordió el labio inferior, por lo que Carmen Elgazu casi se preguntó si la llegada de mosén Alberto no habría sido providencial, si no serviría para que la muchacha se diera cuenta de que "los curas no eran tan insoportables como imaginaba".
La atmósfera volvía a ser agradable. Hablóse de todo un poco. De los años que hacía que mosén Alberto conocía a la familia. "¡Hay que ver lo feúcha que era Pilar cuando llegaron ustedes de Málaga!". Hablaron del 'christmas' de Manolo y Esther. El sacerdote comentó: "Pero ¿qué más da que Jesús naciera en verano o en invierno? Lo importante es que naciera, ¿no es cierto?".
El tiempo iba transcurriendo sin que nadie se diera cuenta. Excepto Pilar. Pilar no dejaba de consultar su reloj, un poco alarmada, pues se acercaba la hora en que tenía que llegar Mateo…
La muchacha le hizo con disimulo una seña a Matías y éste comprendió. Y sin poderlo evitar echó un vistazo al reloj que pendía de la pared.
Paz, entonces, se percató de que algo ocurría… Y de pronto intuyó de qué se trataba. ¡Claro, claro! ¿Cómo no había pensado antes en ello?
Se dirigió a su tío.
– Supongo que esperan ustedes a alguien, ¿verdad?
Matías sonrió como pudo. Pero Pilar fue más decidida.
– Pues sí, en efecto… -La muchacha añadió-: Hemos quedado con Mateo en que vendría a la siete.
Paz miró entonces a su vez el reloj. ¡Faltaban diez minutos! Y los hombres de camisa azul acostumbraban a ser puntuales…
– Está bien -dijo-. Será mejor que nos vayamos.
Ignacio puso cara de asombro.
– Pero ¿por qué? -La euforia de la Navidad le impedía a Ignacio calibrar debidamente la situación.
Paz hizo un gesto entre irritado y displicente.
– Es preferible, ¿no crees? Además, es ya muy tarde y mi madre está muy mareada.
– ¿Yo… mareada? -tartamudeó tía Conchi.
Carmen Elgazu callaba. ¿Por qué, Señor, existían en el mundo incompatibilidades?
Paz se levantó, con más brusquedad de lo que hubiera deseado.
– ¡Anda, madre! ¿Dónde dejaste el chal? Y tú, Manuel, vete a por el abrigo y la boina…
El cambio había sido tan rápido que nadie se movía. Ignacio que continuaba eufórico, y que esperaba también la llegada de Marta, se disponía a decir: "Pero ¡vamos a ver! ¿Por qué no podéis quedaros? Os estrecháis todos la mano y no pasa nada". Pero he ahí que en ese instante se produjo lo inesperado. El pequeño Manuel, que se sentía feliz en la casa, se rebeló. Nunca con anterioridad se había atrevido a contradecir a su hermana; pero esta vez lo hizo.
– Yo me quedo -dijo simplemente. Y miró a Paz con ojos entre suplicantes y decididos.
Algo estalló en el cerebro de la hermosa Paz, en el que el nombre de Mateo martilleaba con extrema dureza.
– ¿Que tú te quedas? ¡Te he dicho que nos vamos!
Manuel permanecía clavado en la silla y había cobrado insólita dignidad.
– Por favor, Paz… No veo por qué he de marcharme yo también…
Y miró con gran afecto a Eloy.
Paz tuvo entonces una salida de tono. ¡El reloj avanzaba! Se sentía en falso y notaba que todos los ojos rebotaban en ella.
– Ya no te acuerdas de Burgos, ¿verdad? -su tono era agrio-. ¡Quédate si quieres! Y cuando suene el timbre de la puerta haces el saludo fascista…
Se hizo un silencio tremendo en el comedor. Conchi llevaba ya el chal en los hombros y se había levantado. Mosén Alberto miraba absurdamente la colilla de su cigarrillo en el cenicero. Fue una despedida penosa. Pilar tuvo que aguantarse para no replicar a su prima. Matías e Ignacio acompañaron a las dos mujeres.
Mientras avanzaban por el pasillo, Ignacio iba repitiendo:
– ¡Esto es una barbaridad!
Paz dijo:
– La culpa es mía. Debí pensar en eso.
Las dos mujeres se marcharon y se oyó su taconeo al bajar la escalera. Matías cerró por fin la puerta y él e Ignacio regresaron al comedor, en cuya mesa las botellas, los platos y los restos de turrón parecían haber envejecido.
Matías tomó asiento. Y entonces todos, sin poderlo evitar, miraron a Manuel con gran respeto: el muchacho, encogido, era la viva estampa de la soledad. Manuel se dio cuenta de ello y de pronto, sintiendo un nudo en la garganta, rompió a llorar sin consuelo.
Nadie decía nada. Ni siquiera Pilar. Poco después Mateo y don Emilio Santos llamaron a la puerta. Pilar se levantó como un rayo. Carmen Elgazu, reaccionando, se compuso el moño. ¡Era preciso disimular!
Eloy, que parecía el más tranquilo, tocó con la mano el brazo de Manuel y le propuso:
– ¿Quieres que vayamos a mi cuarto y juguemos al parchís? Manuel, que continuaba llorando, hurgaba en los bolsillos buscando inútilmente un pañuelo.
E Ignacio pensaba que, en efecto, la Navidad era triste.
Pasó el fin de año -Ignacio cumplió los veintitrés- y llegó el 6 de enero de 1940, festividad de los Reyes Magos. Sin saber por qué, la conmoción fue en Gerona más explosiva y jubilosa aún que la de Navidad. Probablemente se debía a que los mayores, al cabo de tres años de no ofrecer a los pequeñuelos más que cartuchos y bombas, podían por fin obsequiarlos -confirmando con ello el vaticinio hecho por la abuela Mati- con las fantasías llegadas de Oriente, y con juguetes.
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