José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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CAPÍTULO XII

Manolo Fontana, teniente jurídico honorario a raíz de la guerra, no podía con su alma. Las tareas de represión o, como las llamaba 'La Voz de Alerta', de limpieza, proseguían en todas partes; en Gerona, con ritmo acelerado, pues los detenidos en el Seminario -de acuerdo con la apreciación de la Torre de Babel- sumaban una cifra enorme, suministrada en gran parte por los pueblos. Ello suponía que lo menos tres veces a la semana Manolo debía actuar de "defensor de oficio" y muy a menudo, al entrar en la Sala, no había tenido tiempo siquiera de abrir el sumario de turno. "¿Comprendes, Esther? -decía Manolo-. Sin conocer el sumario, ¿cómo puedo yo defender a esos hombres?".

Manolo Fontana era hijo del prestigioso abogado barcelonés José María Fontana Vergas, hombre ponderado, ecuánime, que amaba la buena administración de las leyes como doña Cecilia, ¡a esposa del general Sánchez Bravo, amaba los sombreros y los collares, y como mosén Falcó, el dinámico consiliario de Falange, amaba "la santa intransigencia".

El doctor Chaos, pues, aun sin ser psiquiatra de profesión, hubiera podido diagnosticar con facilidad lo que le ocurría a Manolo en Gerona, el porqué de su creciente inconformismo, de sus reiteradas protestas. Manolo había aprendido en el bufete Paterno el respeto a la legalidad jurídica y no conseguía adaptarse a los procedimientos empleados en Auditoría de Guerra. Ésa era la clave de la cuestión. Tales procedimientos diferían hasta tal extremo de los consejos que su padre le dio desde que empezó a estudiar Derecho, que cada día se sentía más incómodo vistiendo el uniforme. De talante deportivo y alegre -de ahí su barbita a lo Balbo, la flexibilidad de su léxico y su Pasión por los chistes y por la música de jazz-, veía agriarse Paulatinamente su carácter. Esther sufría por él. Y también los dos hijos del matrimonio, Jacinto, de siete años, y Clara de cinco. "Papá, ¿por qué no nos llevas a hombros como antes?". "Papá, ¿cuándo volverás a hacernos sesiones de títeres?". ¡Ah, todo resultaba inútil! Las quejas de Manolo se perdían en las aguas del Oñar. El mecanismo puesto en marcha era arrollador. Las leyes, encabezadas por la de Responsabilidades Políticas, pecaban de ambigüedad, puesto que hablaban de "oposición al Movimiento Nacional con actos concretos o pasividad grave"; del delito de haber pertenecido "a partidos o agrupaciones de análoga significación"; de "adhesión al Frente Popular por el solo hecho de serlo"; etcétera.

– ¿Te das cuenta, Esther? Pasividad grave, análoga significación, adhesión al Frente Popular… ¿Desde cuándo estos términos tienen valor legal? Se prestan a toda suerte de equívocos y de abusos.

Por si fuera poco, si los firmantes de las denuncias eran personas como 'La Voz de Alerta' o Jorge de Batlle, no debían siquiera hacer acto de presencia en la Sala: con su firma bastaba. De los interrogatorios previos se encargaba la brigadilla Diéguez, utilizando procedimientos poco amables. En cuanto al Tribunal, formado por militares -habitualmente, un teniente coronel y cuatro capitanes-, sus deliberaciones eran a menudo muy breves y sus veredictos acostumbraban a ser duros.

Lo malo era que Manolo Fontana no se limitaba a desahogarse con Esther. Como es sabido, expresaba en voz alta sus opiniones dondequiera que se encontrase. En vano sus amigos le advertían: "Por favor, Manolo, repórtate… Esto va a acarrearte algún disgusto". Nada que hacer. "Lo digo y lo sostengo. Luché como el primero. Por tanto, no me neguéis ahora el derecho al pataleo…"

Por fortuna, surgió una persona -Esther no se lo agradecería nunca lo bastante- que consiguió hacerlo entrar en razón, gracias a que se había ido ganando en buena lid una muy buena autoridad moral sobre él, como antaño se la ganara sobre Mateo e Ignacio: el profesor Civil. El profesor Civil, desde la cumbre de sus años y de sus canas, con la ventaja de que se conocía también el Código al dedillo, hizo el milagro de convencer a Manolo de que gastar la pólvora en salvas era, no sólo arriesgado, sino poco inteligente.

– Cuando no puedas más, cuando sientas necesidad de salir al balcón e improvisar un mitin, vente a casa y tomaremos juntos una copa de coñac.

El profesor Civil hablaba de este modo, primero porque la postura de su joven amigo le inspiraba respeto y segundo porque en su fuero interno sufría sustancialmente idéntica incomodidad. Además, el profesor se encontraba solo, con su esposa enferma, en la cama. Había perdido con la guerra a su hijo Benito, de Falange; y su otro hijo, Carlos, casado y con tres hijos pequeños, había encontrado en Barcelona un buen empleo en una inmobiliaria y se había trasladado allí. "Sí, hombre, ven a verme. Se me han llevado incluso a mis nietos. También yo necesito desahogarme…"

Manolo le hizo caso. ¡Cuántos diálogos sostuvo con el profesor Civil, los muebles de cuyo despacho -a excepción del piano- eran muy semejantes a los que el padre de Manolo tenía en su bufete de Barcelona!

Naturalmente, el profesor Civil, que en la cárcel había aprendido a dominar sus impulsos, procuraba no echar leña al fuego… Aun a sabiendas de que no había testigos, creía que su obligación era en última instancia calmar a Manolo y encauzarlo a pesar el pro y el contra de los hechos. Pero ocurría que los datos que Manolo aportaba eran con frecuencia tan rigurosos, que al profesor le costaba lo suyo mantenerse en su papel de catalizador.

– ¿Se imagina, mi querido profesor Civil, la cifra de detenidos que arrojarían todas las cárceles de España? ¿Y si pudiéramos llevar la cuenta de las sentencias diarias? En el campo de concentración de Albatera, en Alicante, hay veinte mil prisioneros… En el Norte, ¡quién sabe! Nosotros juzgamos aquí un promedio de treinta diarios: exceptuando los domingos, claro. Los domingos la Audiencia permanece cerrada, tal vez porque los jueces deben consagrar su jornada al Señor…

El profesor Civil, encorvado en su mesa, miraba a Manolo por encima de las gafas.

– De todos modos, Manolo, piensa que la guerra ha sido feroz y que en la zona roja la cosa era mucho peor. Por ejemplo, que yo sepa, en Gerona no funciona ninguna checa…

– ¡Pero la guerra ha terminado! ¿No cree usted que eso cambia las cosas? Además, ¿vamos a ponernos al nivel de los Tribunales rojos? El presidente aquí es un teniente coronel del Ejército, no un carterista del "Metro" o un delincuente común…

– Tienes razón, hijo… Pero se da la circunstancia de que a ese teniente coronel los anarquistas, como tú sabes, le mataron en Albacete a la mujer y a un hijo de tu edad. ¿Entonces?

– ¡Entonces habría que prohibirle que ejerciera! La justicia ha de ser neutral.

– ¡Huy, estimado Manolo! Eso es pedir peras al olmo. Eso funciona a base de escalafón, como en todas partes. Además, ¿qué ganarás protestando por ahí? Destrozarte los nervios, nada más. Desde que entraste por esa puerta no has parado de fumar un pitillo tras otro…

Manolo aplastaba 'ipso facto' la colilla en el cenicero.

– Compréndalo, profesor… Me encuentro solo en Auditoría. Mis compañeros "de oficio" no quieren complicaciones. Se limitan a levantarse y decir: "Pido para el acusado la máxima clemencia", sin aportar testigos a su favor ni atenuantes de ninguna clase.

– Te comprendo, Manolo. Pero no vayas a creer por eso que tu papel es el peor. ¿Conoces al alférez Montero?

– Sí, es amigo mío.

– Pues dile que te cuente… Cuando le toca mandar el piquete de ejecución, ha de acercarse luego a los fusilados y pegarles el tiro de gracia…

– Lo sé, profesor. Pero él no hace más que obedecer. Yo, en cambio, participo en los procesos y me siento responsable…

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