José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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El jesuíta, que vivía día a día el drama de la cárcel y de los juicios de la Audiencia, que sabía que los condenados a la última pena llamaban al primer piso del Seminario, por lo que tenía de antesala, "El Purgatorio", se decidió por fin a visitar al señor obispo para suplicarle que interviniera de algún modo. No repitió la frase de mosén Alberto en Lérida: "¡Esto es un carnaval de sangre!". Más bien sus argumentos se parecieron, por extraña ironía, a los esgrimidos en Toulouse por el diputado comunista francés Verdigaud, amigo de Gorki: a su entender era la ocasión -ocasión tal vez única- para que la Iglesia española abriera brecha en el pueblo a base de volcarse en favor de los que, por haber perdido, sufrían ahora persecución.

El doctor Gregorio Lascasas, que tenía en gran estima al Padre Forteza, que lo había recibido en seguida y escuchado con extrema atención, después de oír sus palabras se acarició repetidamente el pectoral. Guardó un prolongado silencio, durante el cual sus mandíbulas se cuadraron todavía más. Por último contestó:

– Lo lamento, padre Forteza, pero no creo que, dadas las circunstancias, pueda yo mezclarme en los asuntos de la Justicia…

Dadas las circunstancias… El jesuíta parpadeó. ¿A qué se refería el señor obispo? ¿A las atribuciones omnímodas del Tribunal? ¿A los crímenes cometidos por los 'rojos'? A la necesidad de dar un escarmiento de rango histórico? ¿Es que un prelado, con su autoridad, no podía invertir los términos de la situación?

El padre Forteza olvidó por un momento que la persona que tenía delante era su superior jerárquico.

– Ilustrísima… -insistió-, permítame decirle que, en mi opinión…

El señor obispo cortó con una sonrisa.

– Hijo mío, ¿es que su opinión no ha quedado ya bastante clara?

El jesuíta parpadeó de nuevo. No acertaba a comprender. Sus grandes ojeras se convirtieron en bolsas amoratadas.

El señor obispo, advirtiéndolo, suavizó el tono.

– Padre -dijo-, hay una cosa que no debe usted olvidar: el ejército ha sido quien ha salvado a la Iglesia… La Iglesia se encuentra ahora en una situación delicada, que tal vez, los simples sacerdotes no estén en condiciones de valorar debidamente…

El padre Forteza, que entretanto había recobrado su vigor, replicó, sin darse cuenta:

– Es posible que Su Ilustrísima tenga razón. Pero hay unas palabras del Sermón de la Montaña que parecen bastante claras: "…Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen y orad por los que os persiguen y calumnian, para que seáis…"

El doctor Gregorio Lascasas, con voz que le salió más dura de lo que realmente hubiera deseado, cortó de nuevo:

– Padre, es usted un hombre de buena voluntad… Pero ¿no cree que es a mí a quien corresponde interpretar los textos del Evangelio?

Esta vez el padre Forteza notó como un dolor en la espalda. Y en cuanto al señor obispo, sintiéndose definitivamente molesto, se levantó y agregó:

– Ahora lo lamento; pero he de rogarle a usted que me deje solo…

El padre Forteza obedeció. Salió de Palacio. Y jugando con las palabras, como era su costumbre, barbotó, mientras bajaba a saltos los peldaños hacia la calle de la Forsa: "¡Ah, Gerona de mis amores! El Seminario es una cárcel; pero me temo que el Palacio Episcopal también lo sea".

Pero la persona más afectada por los últimos acontecimiento aun sin enterarse de la conversación sostenida por el señor obispo y el padre Forteza, fue -esta vez definitivamente- Manolo Fontana sentía una predilección especial por Miguel Rosselló. Y comprendió la dolorosa coyuntura en que el muchacho había quedado colocado. ¿Qué pensaría ahora cada vez que el Gobernador le dijera: "Llévame a la Audiencia"? ¿Qué pensaría cada vez que viera el gordinflón gendarme francés en el parabrisas del coche? Su padre, el doctor Rosselló, había luchado sin suerte toda su vida para que Miguel creyera en la enjundia y profundidad de la "cultura francesa", de aquella combinatoria mental que en París había subyugado a Antonio Casal, el ex jefe socialista gerundense.

El día 28 de junio, víspera de la jornada conmemorativa del mensaje que José Antonio, desde la cárcel de Alicante, envió a sus camaradas de Madrid, hecho que la Falange se disponía a festejar -Mateo estrenaría sin duda camisa azul; José Luis se abrillantaría las polainas…-, Manolo Fontana, pese a que precisamente aquella tarde había conseguido que el doctor Chaos declarase anormal a Rosa-Mari, la mujer protegida por el padre Forteza, lo que le salvó a ésta la vida, regresó a casa abrumado.

Regresó a pie desde la Audiencia, bajando la cuesta de San Félix y oliendo el mareante vaho que emanaba de los raquíticos colmados y, sobre todo, de las herboristerías del barrio. El sol acababa de morir, por lo que las estrellas empezaban a hablar entre sí de amores en el cielo veraniego.

Esther, enfundada en un pijama discretamente floreado, salía del baño. Al ver a Manolo, no advirtió en él nada de particular. Llevaba tiempo acostumbrada a su aspecto de fatiga, en especial a aquella hora. De modo que no hizo ningún comentario y fue a buscarle las zapatillas.

Pero he ahí que el teniente, en vez de dejarse caer en el sillón, como solía hacer, se acercó a la ventana, la abrió de par en par y respiró hondo el aire seco que llegaba de las Pedreras. Era evidente que quería hablarle de algo a su mujer. Y así fue.

– Esther… -le dijo, al cabo de un rato, sintiendo que su mujer estaba cerca, en actitud expectante-, ¿te importaría que me licenciara?

Esther, perpleja al principio, reaccionó en seguida y acercándose poco a poco a Manolo llegó a su lado y rodeó su cintura con el brazo.

– ¿Estás hablando en serio?

– No sabes hasta qué punto…

Esther suspiró profundamente y entornó los ojos, como si estuviera esperando aquello desde hacía tiempo.

– ¡Me encantaría, Manolo! ¡Si supieras las veces que…! -Marcó una pausa y reclinando la cabeza en el hombro de Manolo añadió-: Creo que nada he deseado tanto en toda mi vida…

Manolo disimuló la emoción que lo embargó al oír las palabras de su mujer.

– Pues si tú estás de acuerdo, creo que habría una posibilidad…

Esther levantó la cabeza y miró a su marido con sus grandes, andaluces ojos.

– Hazlo… ¡Hazlo, Manolo…! Me harías completamente feliz.

Sita, El teniente jurídico Manolo Fontana, alto, pictórico de juventud y de pensamientos, miró hacia los campanarios de San Félix y la Catedral, que se adivinaban desde su ventana.

– En el caso de que todo salga bien y consiga la licencia… -añadió, después de un silencio-, ¿te importaría quedarte en Gerona?

– ¿En Gerona? -preguntó Esther, sorprendida.

– Sí. Podría abrir mi bufete aquí… La provincia es rica y hay porvenir.

Esta vez quien guardó silencio fue Esther. Se oyó fuera el petardeo de una moto. Por fin la mujer habló, en tono dubitativo:

– Eso… me coge de improviso. ¡Claro, Gerona…! ¿Tú crees que…?

– Sí, creo que hay mucho que hacer aquí… Pero no quisiera condenarte a cadena perpetua, si es que Gerona no te gusta.

– ¡No es que no me guste, entiéndeme! Lo importante es estar a tu lado. Ocurre que ignoraba que ése fuera tu proyecto…

Manolo comprendió perfectamente a su mujer.

– Bueno… -dijo- no es necesario que lo decidamos ahora mismo, ¿verdad? Piensa en ello por tu cuenta, y yo haré lo mismo.

Permanecieron un buen rato callados, entrelazadas las manos. Por último, Esther habló, en tono dulce, mientras sentía cómo se le adherían a la piel las discretas flores de su pijama.

– Sí, lo pensaré, Manolo. Te lo prometo… Pero déjame repetirte que lo más importante para mí es estar a tu lado, donde a ti más te convenga.

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