José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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El tercer juicio, el más popular de cuantos se celebraron en la ciudad, fue el de los hermanos Costa. Los hermanos Costa, confirmando los rumores que circulaban al respecto, decidieron regresar a España y saldar cuentas. En la frontera fueron esposados y luego conducidos a Gerona, entre dos guardias civiles. Gracias a las gestiones de sus mujeres y de 'La Voz de Alerta' no ingresaron siquiera en el Seminario; permanecerían en Comisaría, en una habitación que se acondicionó ex profeso para ellos. Los hermanos Costa protestaron contra semejante deferencia. "¡Qué más da! Lo único que desearíamos es que nuestra causa se viera cuanto antes". Su petición, ¡cómo no!, fue atendida, contrariamente a lo que les ocurría a gran número de detenidos anónimos, que veían pasar las semanas sin que nadie pronunciara su nombre. Cuarenta y ocho horas después de su llegada, los hermanos Costa fueron llamados a presentarse en Auditoría de Guerra. "¡Vamos allá!", exclamaron a dúo. Y allá se fueron, con un aire tan pimpante que Mateo, que aquel día, acuciado por la curiosidad asistió al juicio, comentó: "No me extrañaría que de un momento a otro sacaran unos puros habanos e invitaran a los miembros del Tribunal".

El expediente de los ex diputados de Izquierda Republicana "llegaba al techo", con abundancia de fotografías en las que aparecían en tal o cual acto público al lado de Cosme Vila, del Responsable, de David y Olga… Por añadidura, se les imputaba no haber utilizado su influencia para impedir la acción criminal de los Comités -la "pasividad grave", de que se hizo mención- y que en el entierro de Porvenir se les oyera gritar: "¡Muera el fascismo!".

Por fortuna, en este caso la defensa, a cargo de un teniente llamado González, pudo demostrar que uno de los acusados había ocultado en su domicilio al mismísimo señor obispo; que el otro había ayudado a escapar de Barcelona a su cuñado, 'La Voz de Alerta', hecho que éste confirmó; que en Francia ambos habían prestado valiosos servicios al Movimiento Nacional, a través del SIFNE, a las órdenes del notario Noguer, etcétera. El Tribunal, que excepcionalmente deliberó por espacio de dos horas, condenó a los hermanos Costa a seis años y un día. Los hermanos Costa, al escuchar la sentencia, se abrazaron. "¡Gracias, muchas gracias!", gritaron. Sus esposas lloraron de emoción, pues tan corta pena implicaba -en virtud de los previstos indultos- que pronto se encontrarían en la calle. En resumen, los hermanos Costa, que en Francia, con cambalaches de toda índole, habían amasado una fortuna comparable a la de Julio García, entraron en la cárcel casi triunfalmente, repartiendo palmadas amistosas a los demás detenidos y diciéndoles: "Pero ¿qué caras son ésas? ¡Habrá que animar esto un poco!".

La población gerundense, en este caso, reaccionó. Quien más quien menos sentía por los hermanos Costa una admiración imprecisa y contó de ellos alguna anécdota divertida.

El día 20 de junio tuvo lugar el último de los juicios que en aquellas semanas llamaron la atención. Juicio que se apartaba de lo corriente y que había de repercutir por vía indirecta en el porvenir de varias personas: el acusado era el doctor Rosselló.

El comisario Diéguez se había salido con la suya. Desde que llegó a Gerona entró en sospechas de que el doctor -miembro de la Logia Ovidio, especializado en abortos y cirujano que en el Hotel Ritz, de Madrid, convertido en Hospital durante la guerra, hizo lo posible para salvar la vida de Durruti- estaba escondido en la ciudad. También entró en sospecha de que el Gobernador Civil lo protegía. De modo que siguió indagando por su cuenta, en espera de la ocasión propicia.

Y la ocasión se presentó con motivo de un viaje que el camarada Dávila, acompañado de Miguel, su chófer y hombre de confianza, tuvo que realizar a la capital de España; uno de esos viajes oficiales que le hacían exclamar a María del Mar: "¡Pero no hay manera de que te quedes en casa tres días seguidos!". El comisario Diéguez consiguió la autorización necesaria para que dos agentes suyos registraran el domicilio del doctor. Las hijas de éste, Chelo y Antonia, palidecieron, se echaron a llorar y querían impedirles la entrada a los policías; pero fue inútil. Éstos actuaban legalmente y sorprendieron al doctor en su habitación, leyendo tranquilamente, en mangas de camisa, Los miserables, de Víctor Hugo.

Media hora después, el doctor Rosselló ingresaba en la cárcel, en el Seminario. Miguel y el Gobernador fueron advertidos urgentemente de lo que ocurría y precipitaron su regreso a Gerona. Pero ¿qué podrían hacer? Los cargos contra el doctor eran determinantes, sin que nadie pudiese aportar, como en el caso de los hermanos Costa, una lista de servicios personales prestados por él en favor de la "Cruzada".

– Doctor Rosselló, ¿reconoce usted haber sido miembro de la Logia masónica instalada en la calle del Pavo, número 8, llamada Logia Ovidio?

– Sí, desde luego. Lo reconozco.

Aquello bastó para que el juicio se celebrara también a puerta cerrada.

Fueron horas de zozobra, pues existía el precedente de la sentencia dictada contra el coronel Muñoz. Por fortuna, el doctor no era militar. Y además, pesaron, en definitiva, los buenos auspicios del Gobernador y, sobre todo, los méritos de los hijos del acusado; de Miguel, vieja guardia falangista, y de sus hermanas, que tanto habían colaborado con Laura en el Socorro Blanco, durante la guerra.

En resumen, el doctor Rosselló salvó la vida. El Tribunal, después de aplazar por dos veces la sesión, dio a conocer su veredicto: treinta años y un día de reclusión, a cumplir en el penal del Puerto de Santa María. El doctor, al escuchar el fallo, pidió que lo mataran, que prefería la muerte; pero el Tribunal se ratificó en su decisión.

El traslado al penal se efectuó al día siguiente. Y como es obvio, los hijos del doctor, que en aquellos meses de convivencia habían llegado a quererlo de veras, al verlo subir al tren, esposado y escoltado, sintieron en la sangre un dolor profundo, tan profundo como el desprecio que les inspiró la actuación solapada del comisario Diéguez.

Por supuesto, el Gobernador hizo luego todo lo inimaginable por consolarlos, hablándoles, como era natural, de "los indultos posibles". Todo inútil. El camarada Rosselló barbotaba: "¡Treinta años y un día! ¿Es que mi padre es un criminal?". Chelo, que precisamente empezaba a salir con Jorge de Batlle, exclamaba, por su parte: "Esto es injusto, es injusto. ¡Mi padre es medico, un gran médico, y no hizo más que cumplir con una labor humanitaria!".

Con todo, la reacción más formal fue la de la menor de las dos hermanas, Antonia. Antonia, vista la hecatombe, sintió como si las cosas del mundo dejaran de interesarle y se planteó muy en serio si no estaba en su mano ayudar constructivamente a su padre por medio de un sacrificio total: el ingreso en religión. De momento se abstuvo de hablar de ello, pero le dio por irse a la iglesia y por pasarse horas allí, rezando para que su padre tuviera el valor necesario para soportar tan amarga prueba.

La opinión popular se ocupó también esta vez, por espacio de una semana, del juicio celebrado contra el doctor Rosselló. Raimundo, el barbero, comentó: "¡Pues se ha salvado por un pelo!". El patrón del Cocodrilo, recordando que el doctor, allá por el año 1928, le había sacado el apéndice, sin cobrarle un céntimo, dijo, detrás del mostrador: "Hay que ver. ¿Por qué no se marcharía a Francia cuando la retirada?".

Doña Cecilia, que apreciaba mucho a Antonia y a Chelo, le preguntó al general:

– Lo que no entiendo es eso de treinta años y un día. ¿A qué viene ese día? Es algo absurdo, ¿verdad?

El padre Forteza fue una de las personas afectadas por este juicio. Visitó al doctor Rosselló en su celda, en prueba de buena voluntad, y el doctor le rogó que se marchase. Lo mismo le había ocurrido con Alfonso Reyes. Y fracasó rotundamente en sus intentos de escuchar en confesión al coronel Muñoz, la noche que precedió a su fusilamiento. El coronel guardó la compostura, pero le dijo que la inminencia de la muerte no iba a hacerle cambiar las opiniones que sobre el tema religioso había defendido a lo largo de tantos años.

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