Lorenzo Silva - El Ángel Oculto

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El Ángel Oculto: краткое содержание, описание и аннотация

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Impulsado por una serie de acontecimientos que él interpreta como señales -la muerte de su perro, la infidelidad de su mujer, un hombre vendiendo pañuelos en un semáforo, un sueño- el protagonista de esta novela decide dejarlo todo e irse a Nueva York, con el vago designio de iniciar algunos estudios o, simplemente, a esperar algo que haga cambiar su vida.
El hallazgo casual de un libro escrito por Manuel Dalmau, un español emigrado a Estados Unidos a principios de los años veinte, le proporciona el primer indicio de cuál era la verdadera finalidad de su viaje. Sus tentativas por localizar al autor le llevarán a conocer a una mujer que le fascina, pero también le involucrarán en una trama de amenazas y misterios. Cuando por fin conozca a Dalmau y las razones que le impulsaron a abandonar España, su destino se verá inexorablemente ligado al del anciano, en un viaje interior que le hará comprender los poderosos vínculos que nos unen a los nuestros y a la tierra que nos vio nacer.

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– Si es por lo de Navata, no tiene ninguna importancia -aseguró, con fervor-.Todos saben que la amarilla es una zorra. Mal está perder los estribos, pero puede comprenderse. Nadie te ha pedido cuentas por eso.

– Tampoco a mí me importa lo de Navata, salvo como síntoma -le guié, con desgana.

– Si es que te pagan más en otra parte, podemos negociarlo. Joder -gritó, por dejar clara la confianza-, con cualquier otro me negaría, pero tú te lo ganarás.

En ese momento me percaté de que no le había dicho a dónde me iba. No quería entrar en demasiados detalles sobre ello, pero podía ayudarle a situarse:

– No me pagan nada, en ninguna otra parte. Me largo de Madrid y de todo esto. Me voy a Nueva York, a estudiar.

– ¿A estudiar qué? -me atajó-. Si quieres hacer un master o una especialización no tienes por qué dejarnos. Coño, te lo pagamos y cuando vuelvas te subimos además el sueldo.

– No sé qué voy a estudiar, todavía. Tengo un amigo en la universidad de Columbia y me ha mandado un programa de cursos. Creo que al final me apuntaré a uno sobre filosofía del siglo diecisiete; ya sabes: Descartes, Spinoza. Nada de masters. Voy a coger un poco de aire, para empezar. Luego ya se me ocurrirá por dónde seguir.

Las alusiones filosóficas obraron el efecto de desintegrar la idea preconcebida de mi jefe. En su cerebro vi florecer la sospecha de que yo, que hasta aquel día había sido su colaborador más estrecho, había perdido inopinada y acaso irreversiblemente el juicio. No dejó de entelarme de su piadoso horror:

– No sé qué es toda esta mierda. Pero me parece que estás tirando tu carrera a la basura, y es una auténtica lástima.

– Apréciame un poco -le reconvine-. Aunque sólo sea por los años que te he dado. No estoy loco. No más que cuando me quedaba aquí sin dormir, con alguno cualquiera de los petardazos de la Bolsa, y tú tampoco dormías.

Mi jefe se quedó pensativo, mirándome. Aunque no supiera si Spinoza era un filósofo del diecisiete, como malévolamente yo había dado antes por sentado, o un delantero de la selección italiana, era muy posible que en algún otro tiempo hubiera concebido para sí vidas distintas de la que arrastraba a la mezquina luz de las pantallas de Reuters.

– En cualquier caso -salió despacio de su ensimismamiento-, si cambias de opinión, si te das cuenta de que has hecho una tontería, si sólo vuelves y quieres trabajar en lo que sabes, llama aquí primero. Siempre habrá hueco para ti, al menos mientras yo esté.

– Eso lo agradezco, aunque no pienso fiarme a ello. Me voy de verdad, jefe.

– Si es así, que tengas suerte. La que puedas, quiero decir.

Le deseé lo mismo, procurando no adivinar los sentimientos que él reprimía. Pude percibir cómo dudaba entre atenderlos y ceder a la urgencia de las múltiples preocupaciones que mi defección le planteaba. Habría que reasignar clientes, sustituirme en los proyectos que estaban a medias, a lo peor contratar a alguien. No descarto que en cualquier otra circunstancia aquel hombre y yo hubiéramos podido darnos un abrazo de despedida, pero algo semejante no cabía, ni para él ni para mí, en la que nos había sido adjudicada.

Esa misma tarde recogí mis cosas, por dejar limpio el sitio para otro, no porque tuviera intención de hacer nada con ellas. De hecho, después me desprendería de casi todo. Cuando lo tuve embalado, me sorprendió lo poco en que se resumían los años que había pasado allí. Mi despacho vacío ofrecía una sensación de insignificancia y sordidez que reforzaba mis ansias de mudanza. Tras la ventana se veía una estrecha perspectiva de la parva City de Madrid, un trozo de cielo agobiado de edificios que nunca podría echar de menos. En la pared dejé colgando unas láminas de Kandinsky, cuyos laberintos de colores vivos hacía un siglo que habían perdido cualquier interés. Tal vez supondrían un ensueño de novedad y horizontes abiertos para quien viniera a alojarse ahora allí, y tal vez esa era una razón más para abandonarlos. El hombre que no ama lo que posee tiene seguramente el deber de dejarlo, para que otro lo ame y así lo rehabilite. La regla puede valer lo mismo para una obra de arte que para una mujer. Puede que valga, incluso, para una ciudad.

Había planeado vagamente no despedirme de nadie y encomendarle a mi jefe el peso de todas las perplejidades que suscitaría mi marcha. Sin embargo, por alguna clase de debilidad, di en hacer dos excepciones. La primera fue mi secretaria, persona a la que no estaba especialmente unido, porque apenas llevaba un año en la firma, pero que se había sacrificado de forma abundante y que ahora podía sentirse inclinada a creer que quedaba desamparada. Como todas las chicas de poco más de veinte años con un contrato en prácticas, sabía que debía conquistar cada mañana su puesto, pero albergaba la sospecha razonable de que en un año de trabajar para mí había juntado un pequeño capital de prestigio secretarial. Ahora que yo desaparecía, su primera idea debía ser casi por fuerza que sus ahorros se esfumaban. Estimé por ello necesario advertirla de mi marcha y también de que me había ocupado de participar a mi jefe mi completa satisfacción con sus esfuerzos, recomendando que se la conservara y en lo posible se la favoreciese. Mis palabras, sin embargo, no bastaron para disipar sus temores. Algo singular fue que apenas un minuto después de comunicarle que me iba, su mirada se perdió en el vacío, dejó manifiestamente de escucharme y comenzó a asentir de forma mecánica, como si yo ya no existiera. Era muy joven y tenía dificultades que vencer, demasiadas para entretenerse con despedidas. Ni siquiera me preguntó por qué o a dónde me marchaba, y no la censuré por el despego. Los que siguen adelante no pueden ocuparse de los que se rinden, los que se quedan deben olvidar a los que huyen, y a las secretarias de poco más de veinte años ni les van ni les vienen los motivos por las que sus jefes repudian de pronto una tarea a cuyo servicio, cuidándoles la agenda o el teléfono o el formato de sus documentos, ellas han puesto toda la generosa desenvoltura de su juventud. Aun constatando su indiferencia, quise que aquello se pareciese en algo a la separación de dos seres humanos que habían compartido fatigas durante meses, y le dije:

– Gracias por todo. Espero que alcances lo que mereces, aquí y en la vida.

Mi secretaria me oyó durante unos segundos, apenas los precisos para captar la última frase. Se ruborizó, sin duda porque es más bien perturbador que nadie se meta en lo que mereces o dejas de merecer en la vida. Quizá ello suceda porque en Occidente la noción de merecimiento ha caído en franco declive, suplantada en gran medida por una afición supersticiosa, casi maníaca, a la especulación y el ventajismo. Lo que trataba de transmitirle a mi secretaria, y renuncié a intentar explicarle, era que me entristecía que una chica dispuesta y lista debiera reducirse a agradar a algún desaprensivo que pudiera darle un contrato indefinido, por más que un contrato indefinido le permitiera disponer de muchas cosas justas y necesarias, desde la comida del mediodía al piso de tres habitaciones. Aquella obediencia ciega de los jóvenes, que son los que han recibido de la madre Naturaleza el encargo de dinamitar el mundo, era una de las más funestas consecuciones de la vasta conspiración de malhechores de la que en ese momento me daba de baja.

Mi secretaria, al andar, parecía una gimnasta. Nunca llevaba zapato alto y siempre iba muy tiesa. Sus ojos grises y su cabello rubio descolorido le habían valido el sobrenombre de la Bielorrusa, con el que alguno de los ruines sujetos que ahora podrían ser su jefe la había introducido a menudo en los bochornosos campeonatos de atributos femeninos que se organizaban en cualquier momento. La vi salir con su paso elástico de mi despacho, después de aquella decepcionante conversación, y acepté que habría sido mejor irme sin más. De ella, como de otras muchas cosas, estaba simplemente desistiendo, y aunque estuviera bien así, porque no tenía nada que darle y habría sido un desliz más bien grotesco pretenderlo, tampoco era aquélla una ceremonia en la que valiera la pena demorarse.

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