Unos minutos después supe por qué corría todo el mundo. Ante los mostradores de Inmigración se había formado una cola monstruosa, cuyos lugares de preferencia habían sido copados sin problemas, desde luego, por los pasajeros de primera clase. Al cabo de un rato pude constatar lo despacio que avanzaba aquella cola. Mucha gente iba a Nueva York en tránsito hacia el Caribe o hacia Disneylandia, y el vuelo había salido con bastante retraso. A algunos les quedaba apenas una hora para pasar el control de Inmigración y el de aduanas, ir a otra terminal y embarcar de nuevo. Entre éstos estaban los más desesperados, que clamaban contra la lentitud de la fila y de paso, siguiendo una costumbre española, despotricaban contra el país extranjero que les daba el mismo trato humillante que a un moro o un chino. A algunos de ellos, luciendo sobre sus camisas y pantalones marcas costosas de ropa informal, marcas americanas precisamente, debía herirles lo indecible que por los otros mostradores, los que había tras el rótulo U.S. CITIZENS ONLY, pasaran sin contratiempos los ruidosos chavales y los negros deslustrados de la sección del Ejército de Salvación, con su jefe a la cabeza. Yo tenía todo el tiempo del mundo, así que me lo tomé con resignación. Tampoco me agasajaba la manera en que se nos hacía ver que ostentar la condición de ciudadano estadounidense era un privilegio y que a todos los que carecíamos de ella se nos tenía por seres sujetos a sospecha que debían ser meticulosamente filtrados. Pero alguna vez había coincidido con un árabe o un sudamericano en un vuelo que entraba a España y nuestros policías tampoco les hacían reverencias.
Entre la alborotada masa de los extranjeros deambulaban un par de empleados de la compañía aérea. Eran un hombre y una mujer de edad avanzada, cuya tarea consistía en comprobar que los viajeros hubieran rellenado correctamente los formularios de entrada. Aunque estos formularios estaban escritos también en español (un español anómalo, pero inteligible), eran pocos los que no habían cometido errores, siempre los mismos. Aquellos empleados pasaban el día y las semanas indicando lo que iba y no iba en tal o cual casilla. No eran amables, porque debían estar hartos de la torpeza de sus congéneres y de ordenar en un idioma que muchos no entendían que se guardara la fila. A veces, cuando alguien se desmandaba y no obedecía las órdenes verbales, compelían físicamente al descarriado. Reparé en la mujer. Podía haber sido azafata en 1955. En aquella época habría sonreído con sus dientes blanquísimos a los privilegiados que entonces cruzaban en avión el océano, mientras les ofrecía manjares y cócteles. Uno de los misterios más impenetrables de la psicología es lo que permite hacerse ilusiones siendo tan sencillo comprobar en qué paran las ilusiones de todos los que a uno le han precedido.
Llevaba ya casi veinte minutos en la cola cuando vi aparecer a la muchacha del cabello platino. Venía despacio, sola, arrastrando su bolsa de viaje. Sus compañeros ya habían salido hacía un cuarto de hora y no acerté a imaginar en qué se habría entretenido ella. Al pasar junto al rebaño de forasteros sometidos a los rigores de las leyes federales de control de inmigrantes, dejó escapar una media sonrisa distraída. Del bolsillo trasero izquierdo de sus tejanos reducidos a la mínima expresión extrajo su pasaporte azul oscuro y lo sujetó entre sus dientes mientras se cambiaba la bolsa de hombro. Mostró al agente su salvoconducto y se perdió al fondo del pasillo. Podía calcular que dentro de veinte años estaría tumbada en el sofá junto a un grasiento bebedor de cerveza, siguiendo la Super Bowl, o alternativamente, atada a alguna máquina de gimnasio, congestionada y enamorada de un monitor más joven que nunca iba a corresponderla en el sentido propio de la palabra. Estas fantasías, que sólo se basaban en lo que la televisión muestra de América al universo, eran razonablemente verosímiles, o por lo menos lo eran tanto como el destino de la ex azafata que nos apacentaba cada vez con menos paciencia a los de la cola. Pero elegí dar a su silueta que se alejaba un significado mucho menos condescendiente, con el que ha quedado grabada en mi memoria. La niña indolente y orgullosa que se iba por donde yo no podía seguirla era acaso un emblema del país y de la ciudad a la que llegaba como extranjero. Aquel país y aquella ciudad podían enseñarme su piel y su alma, tan dadivosamente como para sugerirme incluso la flaqueza de apegarme a ellos, pero presentí que nunca iban a dejarse alcanzar. Que siempre habría un control infranqueable, un pasillo sin fin, entre ellos y yo.
A medida que la cola fue avanzando y me acercaba a sus cabinas, pude advertir que todos los agentes de Inmigración, sin excepción alguna, pertenecían a una u otra de las minorías raciales cuyo irregular aumento el servicio al que pertenecían tenía por misión evitar. Había orientales, africanos, puertorriqueños. Tras el cristal de las cabinas, con su ordenador y el apellido escrito en una plaquita rectangular prendida en la camisa muy blanca, defendían a los ciudadanos estadounidenses como ellos de la incursión de los desheredados que también eran como ellos, aunque en otro aspecto sin duda menor, porque podían prescindir de esa similitud. En general no parecían antipáticos, y auxiliaban con indulgencia a los españoles que no comprendían el inglés.
Cuando llegó mi turno, la cabina que había quedado libre era la de un hombre con bigote, repeinado, que llevaba sobre el bolsillo izquierdo una plaquita en la que se leía el apellido Ribera y sobre el hombro un plateado galón de teniente. Me extrañaba que alguien de tanto rango se dedicara a aquella tarea, pero luego había de averiguar que en Estados Unidos hay muchas clases de tenientes y que no todos son igual de importantes.
– ¿Qué lo trae a los Estados Unidos? -preguntó, en español y en tono más amable de lo que había esperado.
– Estudios.
El teniente, al tiempo que comprobaba la coincidencia de mi cara con la que aparecía en la foto del pasaporte, se detuvo a sopesar si era plausible que alguien de la edad que yo representaba fuera a estudiar. Lo era, porque personas mucho mayores que yo lo hacían. Además venía de un país desarrollado, vestía adecuadamente y toda mi documentación estaba en regla. Por eso, mientras daba mi nombre al ordenador, que debió certificarle en fracciones de segundo que nunca había ido allí antes ni estaba catalogado como delincuente, narcotraficante o comunista, indagó sólo por curiosidad:
– ¿Dónde y qué va a estudiar?
– Filosofía. Aquí, en Nueva York.
Sonrió, grapó una cartulina verde a mi pasaporte y puso el sello de entrada en él. Mientras me lo devolvía, me deseó con calidez:
– Feliz estancia.
Después del control de pasaportes, y tras recoger el equipaje, había que pasar todavía por la aduana. Había visto que en el formulario de turno (distinto del de Inmigración) se pedía que se indicara si se transportaban semillas. Raúl me había pedido que le trajera, además de un Rioja normal (que en Nueva York era artículo de lujo) y dos botes de litro de gel de baño (que en Nueva York no existen), un par de paquetes de alubias. Supuse que las alubias podían considerarse semillas y no quise correr riesgos inútiles, porque alguien me había hablado de perros entrenados para olerlo todo. Declaré mi mercancía, lo que me forzó a un breve diálogo con una muchacha sudorosa que tenía toda la pinta de ser una contratada eventual del servicio de aduanas y que no se interesó demasiado por mi asunto.
Con su aprobación, que me hizo patente con un ademán fatigado, me dirigí a la última puerta. Cuando la atravesara estaría dentro, o más bien fuera. Tras ella empezaba, y lo sabía, el verdadero viaje.
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