La primera impresión que tuve al salir de la terminal del aeropuerto fue de una desorientación extrema. Tras las seis horas largas de vuelo, los trámites aeroportuarios invariablemente desarrollados en salas de atmósfera cargada y luz artificial, y un recorrido interminable por pasillos y escaleras de aspecto polvoriento, me vi arrojado de improviso a la intemperie urbana neoyorquina, con su mezcla de vehículos nuevos y viejísimos, sus calzadas astrosas y sus aceras de cemento basto. A finales de agosto hay además una humedad insoportable, y atontado por ella hube de buscar el lugar en el que los taxis paraban a recoger a los viajeros. No había exceso de oferta, al contrario que en Madrid, donde siempre aguarda una nutrida procesión de tres vehículos en fondo. Eludí los taxis ilegales, siguiendo el consejo de Raúl, y esperé a que viniera uno amarillo. Cuando al fin acudió uno, no tenía mejor aspecto que los piratas, pero no sabía cuánto tardaría en aparecer otro y lo tomé.
El conductor era un hombre atezado, probablemente paquistaní. Sus rasgos indostánicos y su nombre árabe, si había de creerse que era el suyo el que decía la licencia que llevaba adherida con su fotografía sobre el salpicadero, permitían atribuirle ese origen. Cuando le di las señas a las que iba, me replicó con un extraño discurso en una extraña lengua que culminó con lo que me pareció una interrogación. Había sido avisado del peculiar inglés de los taxistas de Nueva York, que siempre son de otro país, pero no había sospechado que me iba a ser ininteligible al ciento por ciento. Así lo declaré, con modestia y con mi pronunciación filobritánica, a lo que el taxista respondió con irritación, marcando más las palabras y acompañándose con una mímica que me permitió entender que me daba a elegir entre dos itinerarios. Aunque fuera imprudente, me abandoné a su criterio, invitándole a escoger el trayecto que según su previsión se hallara más despejado. El taxista se encogió de hombros, sacudió la cabeza y arrancó al tiempo que dejaba escapar una especie de ladrido, que supuse que era la versión urdu del inglés asshole.
Las autopistas que unen Nueva York con su principal aeropuerto son un ejemplo de abandono. Los letreros, de un verde más bien tristón, apenas poseen las propiedades reflectantes que se les supone, y el firme está plagado de baches y resquebrajaduras. En cuanto hubimos salido del entorno del aeropuerto, se ofreció a mis ojos una ciudad bastante deprimente, la que componen las ajadas construcciones de los suburbios que rodean Jamaica Bay. Entre las típicas casas de madera pintadas de colores (con una inexplicable predilección por el azul huevo de pato, que tan mal envejece), se intercalaban manzanas enteras de casas en hilera, de ladrillo muy oscuro. Las calles estaban llenas de inmundicia, los solares sembrados de chatarras, las verjas cubiertas de óxido. Bajo el cielo gris, y en medio de aquel paisaje más bien desalentador, experimenté por primera vez el desvalimiento y la intimidación que desde entonces me ha provocado más de una vez el espectáculo de la América sin afeites, la que nunca o sólo como un decorado pasajero sale en los telefilmes. También he aprendido a convivir con ella, e incluso a apreciarla, pero resulta difícil sobreponerse siempre a su faz inhóspita y aún un tanto feroz.
Pronto se hizo evidente que el taxista me llevaba por el camino más largo. Al cabo de un buen rato apareció en la distancia la airosa silueta del puente de Verrazano y algo más allá Liberty Island con su estatua, pero ésta fue una aparición pasajera. Poco después entrábamos en Brooklyn. Su aspecto no era mejor que el de las proximidades del aeropuerto. El tiempo parecía haberse detenido en 1950, o incluso antes. Almacenes, fábricas, bloques de viviendas, todos estaban sucios y deteriorados. Había fachadas sin pintar desde hacía décadas y enormes anuncios de productos que ya no debían de existir. La gente que andaba por la calle, bajo el cielo emplomado, circulaba entre los escombros de otra época como sombras por un antiguo campo de batalla. Algunos trabajaban o incluso vivían allí, y por las entrañas de los edificios se ramificaban, a buen seguro, las venas de la red de fibra óptica por la que les llegarían no menos de cien canales cargados de imágenes en color de mundos deslumbrantes. Los vi parados en los semáforos, obedeciendo la orden de las letras rojas DONTWALK, con las que se avisa al peatón estadounidense de lo mismo que en Europa advierte un muñeco en posición de firmes, aunque los europeos no sean más analfabetos. Los había de todas las razas, y muchos miraban como si no vieran, sujetando contra el pecho la inevitable bolsa de papel marrón con las provisiones para la cena de esa noche.
Como luego me aclararía Raúl, aquel viaje no era ni mucho menos necesario para llegar a su apartamento de Riverside Drive, en el Upper West. Sin embargo, no me arrepentí de pagar el exceso en la carrera. Entramos en Manhattan por el puente de Brooklyn, y la primera visión que tuve de la isla me resultó impresionante más allá de cualquier expectativa. He de notar que en ningún momento había sospechado que Nueva York fuera a seducirme de un modo especial. Incluso venía preparado para que todo me pareciera visto y carente de interés, más notable por las incomodidades y el tamaño que por su belleza. Pero mientras el taxi atravesaba el East River me quedé embobado ante la dimensión real del famosísimo perfil que se alzaba bajo el atardecer. Fui recorriendo con la vista todos los rascacielos, de Sur a Norte, hasta dar en el pináculo cubierto de escamas plateadas del Chrysler Building, torre perfecta e insuperable de aquella catedral gigantesca, aunque no sea su cota más alta. Era esa hora en que los edificios empiezan a cambiar de color y en que su masa gana la máxima solidez, para desvanecerse gradualmente hasta la oscuridad punteada de luces eléctricas. Era esa hora en que Manhattan parece un ensueño que no habita nadie y que sólo sirve para el placer de quien lo contempla, una desmesura emprendida y construida por puro amor al arte o con un propósito que ya se ha olvidado.
Después de aquella tarde he recorrido la isla de un extremo a otro, aventurándome, aunque sin buscarlo, por lugares rudos y desaconsejables, como los Projects o Alphabet City. Incluso he vivido y trabajado en ella. Pero nunca he conseguido deshacerme del anonadamiento del extranjero que se encuentra de pronto en mitad del puente de Brooklyn, mirando de frente el prodigio, esa imagen tantas veces fotografiada y filmada y que a pesar de ello se resiste a quedar contenida en fotografía alguna. Siempre que miro Manhattan desde el East River vuelve a embargarme esa sensación de sometimiento y misterio, signo y síntoma de la imprevista atadura que me rindió a esta ciudad y habría de resistir incólume, aunque yo no pudiera saberlo aún, cualquier tentativa de conocerla o de devaluarla.
La ruta que el taxista tomó una vez que estuvimos en Manhattan no la recuerdo con demasiada exactitud. Debimos ir por la autopista que discurre junto al Hudson, porque llegamos bastante rápidamente al edificio en que vivía mi amigo. Después de un malentendido acerca de la propina, imputable a mi inexperiencia (todavía hoy me cuesta multiplicar todo por uno coma quince) y saldado con un exabrupto por parte del taxista y una excusa insolvente por la mía, me quedé con mi maleta ante el portal. Era una casa mediana para Nueva York, de unos veinte pisos, con marquesina a la entrada y conserje uniformado. Raúl me había dicho que pronunciara su apellido vasco de la forma más americana posible, porque sólo así cabía alguna probabilidad de que me comprendiesen. Hice mis mejores esfuerzos, pero hube de intentarlo tres veces antes de que el conserje cayera en la cuenta, me informara de que mi amigo no estaba en casa y me entregara la llave que le había dejado para mí.
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