José Santos - La Amante Francesa
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Cook asintió con la cabeza.
– Ustedes tienen que ser sustituidos, no me cabe la menor duda. Ni a mí ni al Alto Comando. Además, ésa es la recomendación que le he hecho a mi boss. -Bebió de un trago el resto del té y se incorporó-. Look, Afonso, tengo que irme ya para hacer mi report. Si tengo alguna novedad, te la comunico, ¿vale? -Hizo una venia-. Cheerio, old chap.
Comenzó siendo solamente un rumor, alguien que dijo que alguien oyó decir, y la palabra fue circulando de boca en boca, revoloteando por las trincheras, saltando de refugio en refugio.
En el puesto de señaleros, sin embargo, el rumor se transformó en certidumbre.
– Sí, mi capitán, los boches han lanzado una gran ofensiva -confirmó el oficial de guardia en el servicio de comunicación, un teniente.
– ¿Dónde? -quiso saber Afonso.
– Entre Arras y Saint Quentin, mi capitán.
Afonso se dirigió al mapa.
– Hum, eso está enfrente de Amiens -comprobó, midiendo la distancia con respecto a Armentières y con respecto a París-. ¿Y cómo están las cosas?
– Creo que mal, mi capitán. Tenemos pocas informaciones, pero dicen que es el mayor bombardeo que haya habido y que una marea de boches avanza sobre los gringos.
– ¿ Hasta dónde han avanzado los enemigos? -quiso saber Afonso, siempre con los ojos fijos en el mapa.
– Eso no lo sé, mi capitán.
Afonso sintió que sus hombros se liberaban de un gran peso. Era el día 21 de marzo y aquella era seguramente la gran ofensiva de la primavera. Los alemanes daban el todo por el todo para quebrar las líneas aliadas y, más importante que todo lo demás, no habían elegido el sector del río Lys para hacerlo. El capitán casi sonrió de contento: el peor escenario, aquel que más había temido y que más lo había consumido, no se había confirmado. Tim tenía razón cuando decía tener informaciones seguras de que los alemanes avanzarían antes hacia el sector de Arras.
Tras reforzar la convicción de que ya no había motivos para temer una gran operación alemana contra el CEP, la actividad del enemigo sobre las posiciones portuguesas disminuyó drásticamente de intensidad durante los días que siguieron al gran ataque del día 21. Las patrullas siguieron registrando un enorme movimiento de vehículos en la retaguardia de las líneas enemigas, pero a partir del día 25 se restauró la tranquilidad.
Afonso suspiró con alivio.
Capítulo 16
– ¿Qué? ¿Atacas con el triunfo? -preguntó Afonso, que miró sorprendido el siete de copas puesto sobre la mesa de madera tosca.
– Es el comodín. Anda, fíjate a ver si puedes con eso, anda -desafió el teniente Pinto con expresión burlona.
El capitán sacó una carta de las suyas y la echó sobre la mesa. Era el as de copas.
El teniente sonrió.
– Ya sabía yo que tenías el as.
– Claro -dijo Afonso, recogiendo las cartas-. Tenía el as y me quedé con el comodín.
Pinto miró su juego. Sin levantar los ojos de las cartas, volvió al asunto que le interesaba.
– No entiendo cómo han planeado la ofensiva. -Sacudió la cabeza-. No lo entiendo.
– ¿Quiénes? ¿Los boches? -preguntó Afonso, sabiendo muy bien que el teniente hablaba de los alemanes-. Tal vez nuestros hombres también han contribuido; al fin y al cabo, no íbamos a dejarlos andar por ahí de paseo, ¿no?
– Aun así.
Los dos oficiales jugaban a las cartas al comenzar la tarde del 3 de abril, sentados sobre sacos de tierra junto a uno de los puestos de ametralladora de Picantin Post, comentando el fin de la ofensiva alemana. El enemigo había llegado a tomar Ham y Bapaume, y se había acercado peligrosamente a Amiens y Arras. Habían sembrado el pánico entre los aliados. Pero una muralla improvisada, constituida incluso por artillería proveniente del sector del CEP, consiguió frenar el avance de los alemanes y la ofensiva se agotó.
Afonso se preparaba para echar el tres de copas y, de ese modo, hacer que su adversario descartase más triunfos, cuando llegó un mensajero en bicicleta y sacó un sobre de un bolso que llevaba en bandolera. El capitán firmó el papel acusando recibo, cogió el sobre, lo abrió por un extremo, sacó la hoja que había dentro y la desdobló. Era la Orden R.O./23. Comenzó a leerla y una sonrisa afloró en sus labios.
– ¿Qué hay, Afonso? -quiso saber Pinto, a quien no le pasó inadvertida la reacción de su amigo.
– Zanahoria, amigo, intuyo que dentro de poco iremos a pasear a París.
– Me estás tomando el pelo -se excitó el teniente, que se inclinó hacia delante y extendió la mano para coger la orden-. Muéstrame eso.
El capitán soltó una carcajada y echó el brazo hacia atrás, manteniendo la hoja fuera del alcance de su amigo, que se estiraba para poder cogerla.
– Calma -dijo con una sonrisa-. Calma.
– Eres un indecente. Muéstramela…
Pinto volvió a sentarse, aunque a regañadientes, y Afonso leyó de nuevo la orden.
– Así son las cosas -dijo ante la expectativa del teniente-. Mañana por la noche, la 1 aBrigada sale de la línea, va a descansar y la sustituye la 2 aBrigada. Pasado mañana, la 3 aBrigada sale de la línea y las que se quedan aquí reparten sus fuerzas para ocupar el espacio que aquélla ha dejado. La 2 aDivisión, reforzada por la 1 aBrigada, se encargará de todo el sector, mientras que la 1 aDivisión se irá finalmente a descansar. Y dentro de tres días nos integraremos en el XI Cuerpo de los gringos.
El teniente vaciló.
– No entiendo por qué estás tan contento -intervino, decepcionado-. La que va a descansar es la 1 aDivisión, ésos deben de estar saltando de alegría. Nosotros nos quedamos aquí encerrados: ¿dónde está la gracia?
– La gracia, querido Zanahoria, es que esto significa que también nos iremos en breve a descansar. ¿ No te das cuenta de que la 2 aDivisión, aun reforzada por una brigada de la 1 aDivisión, no puede quedarse eternamente aguantando un sector que antes defendían dos divisiones? Los gringos no van por ahí.
Cuando pasemos a integrar el XI Cuerpo, ellos se quedan controlándonos y, ¡zas!, nos sustituyen enseguida. -Hizo un gesto rápido con la mano, acompañando el «zas»-. Ellos saben que estamos en las últimas.
Esta vez fue Pinto quien sonrió.
– Sí, tal vez tengas razón -admitió-. ¿Y dónde queda nuestra brigada?
– Esa, amigo Zanahoria, es la guinda del pastel. La 2 aBrigada va a Ferme du Bois, la 6 aa Neuve Chapelle y la 5 aa Fauquissart. ¡ Y la Brigada del Miño, amigo, nuestra Brigada del Miño sale de Fauquissart y se queda gloriosamente de reserva!
El teniente se dio una entusiasta palmada en el muslo y se rio.
– ¡Bien, bien! ¡Buenas decisiones! ¡Realmente es así! Adiós, Brigada del Miño, viva la Barrigada del Miño.
Una hora después, la Orden R.O./23 se completó con la Orden de Operaciones n.° 19, emitida por la Brigada del Miño con instrucciones detalladas sobre el proceso de retirada de fuerzas. Este segundo documento, firmado por el comandante interino de la brigada, el teniente coronel Mardel, establecía que la retirada se completaría en tres días, con la Infantería 8 en situación de apoyo y, a continuación, de reserva. El ambiente entre los nativos del Miño se despejó considerablemente. Afonso podía contener apenas la ansiedad por volver a ver a Agnès. El día siguiente, 4 de abril, volvió a ser tranquilo. Los hombres hablaban casi solamente de las retiradas que se anunciaban, presintiendo en ellas el preludio de un descanso más prolongado, quizás el regreso a casa. Se veían soldados sonriendo, bromeando, la pesadilla se acercaba a su fin.
En la mañana del día 5, convocaron al capitán a Laventie para una reunión con el teniente coronel Mardel. Los comandantes de los cuatro batallones del Miño y los demás comandantes de compañías se reunieron en la sala de conferencias del cuartel general, había muchas sonrisas, algunas carcajadas en medio del murmullo animado de la conversación, los oficiales se apegaban relajadamente a sus cigarrillos, se vivía un ambiente festivo, alegre, aliviado.
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