Alberto Fuguet - Tinta roja

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Uno tras otro, los hechos de sangre que Alfonso, un joven periodista en práctica reporta como en una alucinante secuencia cinematográfica, van configurando el mapa de una ciudad desesperada y violenta, ésa que día a día es recreada en las páginas de la crónica roja. Bajo el sol de verano, la camioneta amarilla del diario El Clamor recorre con sus cuatro ocupantes: Alfonso, Escalona, el Camión y Faúndez, gran seductor de viudas recientes y maestro del sensacionalismo, este otro rostro, sórdido y tragicómico, de un Santiago habitado por personajes siempre al filo del patetismo o el humor negro. Entre suicidios, accidentes, comilonas y asesinatos, el diálogo incesante de los protagonistas de Tinta roja está poblado de anécdotas que mezclan el sexo con la droga, la fatalidad con la nostalgia, la filosofía de la vida diaria con los crímenes más espeluznantes o las pequeñas corrupciones cotidianas. En esta electrizante novela Alberto Fuguet explora nuevos dialectos y territorios, desvelando desde ángulos no habituales los conflictos del aprendizaje, la iniciación, la amistad y la compleja relación padre/hijo.

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– Nunca vayas a comerte las uñas frente a un entrevistado. Creerá que tienes miedo. Son ellos los que tienen que tenerte miedo a ti. Se supone que somos el Cuarto Poder, pero como en este país la justicia no es más que un montón de edificios mal calefaccionados, en el fondo somos el Tercero. Tercero, ¿te queda claro? Y, si nos esforzamos, a veces somos el Segundo.

El Chacal es notoriamente más petiso de lo que el público se imagina. Su prosa quema y duele y su voz, que emana furiosa todos los días a las ocho de la mañana por Radio Libertador, es de barítono popular. Pero lo más impresionante de Ortega Petersen es su pecho, la manera en que su apretadísima polera de lycra verde destaca sus músculos pectorales. Su tórax es tan ancho como el de una paloma y sus brazos son de luchador libre. En el diario dicen que parece una pirámide invertida, la famosa piedra angular de toda crónica periodística: la mayor cantidad de información arriba, donde se ve, para ir bajando hasta desaparecer. Para tener setenta años está claro que, tal como se rumorea, Omar Ortega Petersen hizo un pacto con el diablo.

– Ahora dime, ¿en qué sección te sentirías cómodo?

– En Espectáculos, señor. Me gustan mucho el cine y la música, en especial el Canto Nuevo y siempre estoy al día en…

– De nuevo: ¿eres sordo o me estás agarrando para el hueveo? Te pregunté en qué sección te gustaría trabajar estos cuatro meses… Responde rápido, cabrito, si no, te envío a donde me dé la puta gana… Ya, rápido, mira que tengo pauta.

– No sé… yo había pensado en Espectáculos…

– Tu amiguita ya está ahí. Un solo estudiante en práctica por sección. Uno.

– Disculpe, señor.

– Vas a trabajar en Policía y se acabó el cuento, ¿me entendiste?

– Sí, señor.

– Y no vuelvas a usar ese terno. Este diario será popular, pero no pobre. No podemos vernos iguales a la gente que cubrimos. ¿Te queda claro? Te prefiero de Pecos Bill y camisa que con ese traje lamentable.

– No me lo volverá a ver, señor.

– Ya lo creo que no.

Fernández mira el agua que cae a la inmensa pileta. De pronto se torna roja, espesa. El sol ha comenzado a ponerse.

– Ah, una cosa más, chico. Aquí el que manda soy yo. No es ni el viejo Leónidas ni ese roto comunacho de Tejeda. Yo sé muchas cosas. Lo sé todo, nada se me escapa. ¿Está claro? En este diario no se mueve una hoja sin que yo lo sepa. Para eso me pagan. Para estar informado. Nunca me mientas y nunca escribas una frase que te dé vergüenza ajena. Eso es todo. Y muchas gracias. Que pasen un Feliz Año Nuevo, chiquillos, no tomen demasiado. Nos vemos aquí el día dos, a las ocho y media. Si el Patrón de arriba quiere, claro.

Pagar el piso

Alfonso Fernández toma un ejemplar de El Clamor y se lo coloca bajo el brazo. El calor sigue sofocante a pesar de que la luz ya va en retirada. Las ancianas, muchas de ellas de negro, siguen en fila india afuera de la portería. Los cuatros alumnos en práctica retiran sus carnets de identidad. El chico que quedó en Deportes es bajo y camina como pingüino. Tiene el pelo chuzo, color paja, y más que galán parece líder de scouts. Se llama Juan Enrique Santos y maneja un auto de dos puertas color sandía. En el parabrisas trasero hay pegada una calcomanía que dice Club Deportivo de la Universidad Católica.

La delgadísima chica que quedó en Crónica se llama Alicia Kurth y ella sí que tiene facha de atleta: dura, fría, asexuada, mejillas apenas color rosa. Alicia Kurth se toma en serio y parece decidida a probar que no sólo es capaz de correr rápido sino también de llegar a la meta.

Nadia Solís ya ha entablado amistad con los dos.

– Me voy a ir con ellos.

– ¿En auto?

– Es más rápido.

Cuando Nadia habla, su pelo crespo se mueve. Se acerca a Alfonso, le desanuda la corbata y se despide de él dándole un beso con lengua y todo. Mientras la besa, Alfonso le acaricia el vientre, que está a la vista. Ella le sujeta la mano.

– El Chacal tiene razón. Te ves mejor sin terno.

– Nunca me ha visto sin terno.

– Entonces no sabe lo que se pierde.

Alfonso intenta mirar fijo a Nadia pero ella rehúye su mirada.

– Tú sabías que yo deseaba Espectáculos.

– Espectáculos o Política, donde está la acción.

– Tú deseabas política. Odio la política. Eso lo sabes. Sabes todo de mí.

– Una tiene derecho a cambiar de opinión.

– Uno tiene derecho a que le informen.

– Derechos, querido, ninguno. Obligaciones quizás, pero derechos no. Llámame, ¿ya?

Juan Enrique Santos enciende el motor; Nadia se sube en el asiento de adelante. Alicia Kurth, muy seria, queda atrás.

– La tradición dice que vamos a tener que pagar el piso. Los cuatro. Organizar una fiesta, una comida, no sé. ¿Ustedes qué creen?

– Después de que nos paguen el primer sueldo, eso sí -opina la Kurth.

– Nadia, ustedes organicen la fiesta. Yo acabo de pagar el piso.

– Con esa actitud, Alfonso, no vas a llegar a ninguna parte.

– O llegaré siempre detrás de ti.

Traje de sastre

Alfonso Fernández esconde la corbata en el bolsillo como en su época de escolar, cuando se perdía por el plan de Valparaíso y pasaba las tardes fugitivo en los cines o jugando flippers antes de tomar el tren y regresar a su casa en Chorrillos.

Camina por la Avenida Perú, pero en vez de internarse hacia el vecino barrio Bellavista continúa hasta Patronato y sus alrededores. Pasa frente a los restoranes árabes y a pasos de la inmensa casona de los Facuse. Sigue.

Alfonso no se detiene a mirar las tiendas de baratillos, los bazares que los turcos les cedieron a los coreanos recién llegados. Telas por metro, calzoncillos por kilo, jeans que imitan las marcas que a él le gustaría tener. En una vitrina unos desganados maniquíes sobrevivientes de los años sesenta modelan unos trajes de hombre sin corte, sin caída, sin estilo. Una pareja sale del negocio con un paquete envuelto en papel color verde-agua. Alfonso divisa un basurero tapizado de afiches de un inminente recital de rock. Se saca la chaqueta, se fija en que no tenga nada adentro aparte de esa corbata con caballitos de mar, y la deposita en la basura. Desde una tienda de utensilios plásticos, una huesuda jovencita coreana lo mira con atención.

Los bazares comienzan a cerrar pero Alfonso no tiene apuro. En un almacén árabe compra un pegajoso pastel lleno de nueces y almíbar y se lo va comiendo por la calle. El destino de Alfonso es Diagonal Paraguay y Lira, remodelación San Borja, a pasos del centro y de La Placa, de su Escuela y el Campus Marcoleta. Es la torre de la punta de diamante, la de las terrazas con plástico naranja. De aquí la ve, sobre los árboles. En esa torre con olor a gas y a incinerador vive Alfonso Fernández.

Unas cuadras más allá cruza el escuálido río Mapocho. Decide recorrer las sombras del Parque Forestal. Detrás del Museo de Bellas Artes una muchedumbre aplaude a unos actores que gritan arriba de unos zancos mientras otros, sin camisa y con el cuerpo pintado, practican malabarismo.

Alfonso se sienta en un escaño bañado por la luz cremosa de un farol. El aroma que llega es a pasto regado y maní recién confitado. La música de los actores deja oír campanillas y tambores. Alfonso abre su arrugado ejemplar de El Clamor y comienza a leerlo de principio a fin.

Clamor popular

El Clamor tiene tamaño tabloide, lo que no es casualidad, ya que desde que se fundó, un 18 de septiembre de 1941, durante la presidencia de Pedro Aguirre Cerda, su inspiración fue claramente popular.

«No sólo tenemos el tamaño del tabloide, sino su moral. Queremos que nos lea el pueblo, los obreros, los estudiantes, pero también los profesionales de clase media», dijo en su discurso Leónidas Rolón-Collazo. «Queremos que nos lean arriba de los carros, de los trolles, en los taxis. Queremos que, a la hora del café o la choca, cuando dos seres se encuentren, que su tema de comunión sea El Clamor… Queremos ser la voz de la ciudad… El Clamor será un eco de lo que desea el hombre común que no tiene nada de corriente…»

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