Ángeles Caso - Contra El Viento

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Premio Planeta 2009.
La niña São, nacida para trabajar, como todas en su aldea, decide construirse una vida mejor en Europa. Tras aprender a levantarse una y otra vez encontrará una amistad nueva con una mujer española que se ahoga en sus inseguridades. São le devolverá las ganas de vivir y juntas construirán un vínculo indestructible, que las hará fuertes. Conmovedora historia de amistad entre dos mujeres que viven en mundos opuestos narrada con la belleza de la realidad. Una novela llena de sensibilidad para lectores ávidos de aventura y emoción. Ángeles Caso vuelve a cautivar con una historia imprescindible para leer y compartir.

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Por las tardes, cuando el calor comenzaba a suavizarse lentamente, solía subir hasta la ermita del Monte Pelado y se sentaba allí a leer. Doña Natercia le había dejado algunos de los libros que aún conservaba de su propia infancia, recopilaciones de cuentos y leyendas, vidas de santos y una Biblia adaptada para niños. Durante un buen rato permanecía allí, apartada del mundo, oyendo a lo lejos el graznido de los grandes pájaros que sobrevolaban la montaña y el leve chasquido de las piedrecillas de lava que se desprendían de las rocas y caían rodando hasta el suelo. El sol iba descendiendo poco a poco, enrojeciendo aún más la tierra roja que por unos instantes parecía reflejarse en el cielo, mientras ella leía despacio, tratando de estirar al máximo aquel breve tiempo de placer, emocionándose con el amor desdichado de la Bestia, compadeciendo a santa Genoveva cuando se veía obligada a cabalgar desnuda sobre su caballo o maravillándose mientras la zarza ardía y Dios se presentaba ante Moisés con sus rotundas Tablas de la Ley.

Lo que ya no hacía era mirar el mar. No había vuelto a encaramarse a ningún montículo y a dejar que su mente volara hacia las costas de Europa. No quería torturarse imaginando lo que ahora le parecía que era tal vez inalcanzable. Observar aquella inmensa extensión gris que conducía hacia el otro mundo tan ansiado removía dentro de ella sensaciones en las que no quería detenerse, tristezas y miedos del futuro que prefería mantener alejados, como se apartan los sucios mosquitos que contagian enfermedades. Así pues, se sentaba de espaldas a la costa, apoyándose contra el muro caliente de la iglesia, dejando que el edificio la separase del viejo sueño. Y leía como leen los niños, sintiéndose cobijada en un espacio mágico en el que cualquier cosa puede suceder. ¿Sería así también la vida?, se preguntaba a veces. ¿Era posible alcanzar de puro deseo lo que más ansiabas? La Sirenita había tenido que pagar un precio muy alto a cambio de formar parte del mundo de los humanos, perdiendo la voz y sufriendo fuertes dolores en las piernas. También Elisa se había destrozado los brazos con las ortigas para lograr rescatar a sus hermanos convertidos en cisnes. Y el sol-dadito de plomo y la bailarina habían estado a punto de arder entre las llamas antes de estar juntos para siempre. Pero a todos les había valido la pena el esfuerzo. Ella estaba igualmente dispuesta a sacrificarse por obtener lo que quería: sí, haría lo que fuese con tal de poder seguir estudiando y llegar a ser médica. Dejaría de dormir, se alimentaría sólo de maíz, trabajaría como una burra, pero lo lograría. Resurgía así de la lectura animada y contenta, como si hubiera recibido en todo el cuerpo una lluvia fresca y lenta caída en medio del calor más desolador. Entonces se levantaba para volver a Queimada. Y, antes de emprender el camino, echaba una ojeada al mar, una ojeada rápida y un poco amedrentada, y por un instante le parecía que allá al fondo, por detrás del horizonte, allí donde el mar y el cielo se disolvían el uno en el otro, uniéndose en una sola mancha dorada y temblorosa bajo la luz del sol, se perfilaba la línea oscura de una sombra que tenía que ser la de Europa.

Fue el padre Virgilio quien finalmente le facilitó un empleo a São. Un día se presentó en casa de Jovita con una carta que había recibido desde Praia. Era de Joana, una mujer de la aldea que se había ido años atrás a la capital del país. Joana reclamaba alguna muchacha que pudiese ayudarla en la casa donde trabajaba como interna. Se trataba de limpiar y cocinar, por supuesto, pero sobre todo de cuidar de cuatro niños pequeños, cuyos | padres viajaban mucho. La señora quería una chica cariñosa, ordenada y lista, alguien que además hubiese ido a la escuela y pudiera leerles cuentos a los críos y ayudarlos con las primeras letras. Al cura le pareció que São cumplía los requisitos. Hubo un breve intercambio de cartas y, quince días después, São se ponía en camino hacia Tarrafal para coger allí el barco que la llevaría hasta la isla de Santiago.

Los seiscientos escudos del pasaje se los prestó Jovita, con la condición de que se los devolviese en cuanto cobrara su primer sueldo. La vieja se sentía triste, aunque no estaba dispuesta a demostrarlo. El último día le preparó a la niña unas empanadillas, junto con un buen puñado de fruta, para que pudiese comer durante su viaje. También le regaló trescientos escudos, por si necesitaba algo. Ésos no tenía que devolvérselos, le dijo. Mientras se los entregaba a la puerta de la casa, casi avergonzada de su generosidad, notó una punzada en el corazón y a punto estuvo de que los ojos se le llenaran de lágrimas: aquellas monedas eran probablemente lo último que le daba a esa criatura a la que había cuidado desde pequeña, la última vez que extendía hacia ella la mano para otorgarle algo que hiciese que su vida fuera un poco mejor, comida, un trapo para jugar, una pastilla de jabón… Y ahora el dinero, un regalo de persona adulta, aquello que se le da a quien ya tiene su propia vida y debe responsabilizarse de lo que posee. El último gesto generoso. Jovita tragó saliva para no echarse a llorar. São se abrazó fuertemente a ella, y le dio un beso rotundo y largo en la mejilla. Sólo pudo musitar:

– Gracias. Gracias por todo.

Y se dio la vuelta, fingiendo que le buscaba acomodo al pequeño hatillo en el que había metido todo lo que tenía, tres vestidos, una chaqueta, algo de ropa interior y un par de zapatos. Luego, mordiéndose los labios y sintiendo cómo la cara se le mojaba con las lágrimas, se alejó hacia Faja, donde se despediría de doña Natercia y cogería la furgoneta que cada mañana bajaba hasta el puerto de Tarrafal. Acababa de amanecer. Había algunas pequeñas nubes blancas, y a través de ellas la luz se volvía rosada y parecía envolver las cosas en un velo, como si el mundo se meciera durante un rato en una suavidad engañosa, que terminaría en cuanto el sol se abalanzase inclemente sobre la tierra, aguzando las puntiagudas aristas de cada roca, haciendo arder el polvo que se pegaría a los pies como ascuas punzantes, silenciando a los pájaros que permanecerían ocultos entre las ramas de los frutales de las huertas, empujando a los duros lagartos a buscar enfebrecidos el menor atisbo de sombra, obligando a cada criatura a mantener una feroz lucha por la supervivencia.

São caminó a toda prisa. Jovita apartó de un manotazo violento las moscas que se arremolinaban a su alrededor como si percibiesen su repentina indefensión. Soltó una maldición -¡Malditos bichos del demonio, id a pudriros en el infierno!-, echó un vistazo a su mecedora y luego, sintiéndose incapaz de respetar su propia costumbre, entró en la casa y se tumbó en el catre. Y se quedó allí muchas horas, con los ojos penosamente secos, viendo cómo poco a poco el calor iba entrando a través de la ventana abierta e inundaba cada grieta de la pared, cada resquicio de los muebles, cada poro de su piel sudorosa y de pronto maloliente. Un calor que aquel día, quizá por primera vez en su vida, le pareció insoportable.

Durante los siguientes tres años, São cuidó de la familia Monteiro. Los Monteiro vivían en una casa grande en el mejor barrio de la ciudad. Había un jardín lleno de arbustos y ñores, en el que permanecía mucho tiempo jugando con los niños, pues su tarea fundamental era la de ocuparse de ellos. También los llevaba a menudo a la playa, aunque esa parte del trabajo no le gustaba: tenía que vigilar todo el tiempo para que los críos, que eran de piel muy clara, no se quemasen, y también para que no entrasen en el mar, cuyas olas feroces podían englutirlos en un minuto. Y no era fácil mantener bajo control a cuatro niños tan pequeños. A veces São llegaba a pasar verdadero miedo, y sentía cómo el corazón se le ponía en la garganta cuando alguno de ellos se le escapaba y aparecía de repente en la orilla, rebozado en arena y gritando porque una ola lo había tirado al suelo. Un día se le perdió Zezé, la niñita de tres años. Ella estaba haciendo un gran castillo con Sebastião y Jorge, mientras Zezé y Loreto dormían. De pronto alzó la vista, y se dio cuenta de que la cría no estaba allí, arrebujada entre las toallas bajo la sombrilla, donde la había visto unos minutos antes. Miró hacia todas partes, a la orilla del agua y a lo largo de la playa, pero no la vio por ningún lado. Sintió cómo el pánico la invadía, y comenzó a dar voces llamándola y agitando los brazos en el aire como si hubiera enloquecido repentinamente. Enseguida se arremolinaron otras mujeres a su alrededor, y también algunos muchachos que jugaban al fútbol y acudieron al ver el revuelo. Nadie la había visto. Los niños empezaron a llorar. Una mujer mayor, criada de una casa vecina de la de los Monteiro, organizó rápidamente la busca. Los grupos se repartieron por la zona. São recorrió la orilla de la playa en todas las direcciones, mirando desesperadamente el mar, aterrada ante la idea de que pudiese llegar a divisar un pequeño bulto flotando en el agua. Sentía las piernas rígidas, como si fuesen de piedra, y tenía que luchar contra su inflexibilidad para seguir caminando, metiéndose entre las olas hasta la cintura y observando una y otra vez las crestas blancas, los pequeños remansos tranquilos que formaban por un instante al retirarse. Al fin, alguien fue a buscarla y la arrastró hasta la arena. La niña había aparecido. La habían encontrado junto al faro, sentada sobre las rocas, al borde del acantilado, sollozando.

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