Ángeles Caso - Contra El Viento

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Premio Planeta 2009.
La niña São, nacida para trabajar, como todas en su aldea, decide construirse una vida mejor en Europa. Tras aprender a levantarse una y otra vez encontrará una amistad nueva con una mujer española que se ahoga en sus inseguridades. São le devolverá las ganas de vivir y juntas construirán un vínculo indestructible, que las hará fuertes. Conmovedora historia de amistad entre dos mujeres que viven en mundos opuestos narrada con la belleza de la realidad. Una novela llena de sensibilidad para lectores ávidos de aventura y emoción. Ángeles Caso vuelve a cautivar con una historia imprescindible para leer y compartir.

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Cada mañana se levantaba sintiendo un vacío profundo. Añoraba desesperadamente la escuela, el largo paseo hasta llegar a Faja en medio del amanecer esplendoroso, el silencio de los otros niños durante las clases y su bullicio en los recreos, el tacto áspero de los libros, el placer de ir rellenando poco a poco su cuaderno, el olor profundo de las tizas, las gomas y los lápices. Añoraba los conocimientos en los que había aprendido a zambullirse como el sediento que busca alivio en el agua fresca. Y la presencia tibia y estimulante de doña Natercia.

A menudo iba a visitarla, caminando hasta la escuela a primera hora de la tarde, para esperar su salida al final de las clases. La maestra solía invitarla a su casa. Se sentaban juntas en el pequeño jardín, rodeadas de buganvillas y grandiosas estrelicias, mientras Homero, el perro, se agazapaba a los pies de São, esperando lleno de ansiedad que se deslizase hasta el suelo alguna gota del delicioso helado de mango, que él se apresuraba a lamer.

Natercia lamentaba mucho la situación de su antigua alumna. Comprendía mejor que ella misma la amplitud de su fracaso y las dramáticas consecuencias que tendría sobre su existencia, condenándola a desempeñar empleos subalternos y mal pagados, a tener que emigrar a países ajenos, tal vez incluso a soportar como tantas otras la presencia de hombres que la dejarían embarazada una y otra vez sin ninguna consideración, que se emborracharían y la maltratarían mientras ella se deslomaba trabajando y cuidando de los hijos, y que la abandonarían luego, cuando se cansasen del sexo demasiado familiar. Tenía miedo de que se convirtiese en una más de las muchas mujeres desprotegidas y esclavizables del mundo.

Después de que São le comunicase la noticia, se pasó un buen puñado de noches sumando y restando, tratando de cuadrar los números para hacerse ella cargo de los estudios de la niña. Pero era imposible: su sueldo de maestra era pequeño. Y hacía años además que se veía obligada a enviar la mitad a sus padres. Su madre había tenido un ataque cerebral, y desde entonces estaba impedida. Con ella en esas condiciones y el padre desanimado y dedicado a cuidarla muchas horas al día, la pensión se había ido viniendo abajo poco a poco, hasta que se vieron obligados a cerrarla. Ahora necesitaban mucho dinero para pagar los médicos y las medicinas de la madre, y, aunque poseían sus propios ahorros, les era también imprescindible la ayuda de su hija. Con lo que le quedaba, Natercia se las arreglaba para pagar el alquiler de su casita y llevar una vida muy austera, sin poder realizar los muchos viajes a Europa con los que siempre había soñado, sin disfrutar apenas de ninguna de las comodidades y pequeños lujos que había conocido en su niñez y su juventud. Tan sólo se permitía dos caprichos: comer carne una vez a la semana y, de vez en cuando, comprarse algún libro, que encargaba por correo a la librería de Vila y que recibía siempre con el corazón agitado como ante la llegada de un amigo querido. Hubiera estado dispuesta a renunciar a esos dos gastos pero, por muchas cuentas que hiciera, aquello no bastaba para pagar matrículas, materiales y alojamiento.

Así pues, lo único que podía hacer por São era apoyarla y aconsejarla. Siempre que se veían, le decía que no se desanimase, que tal vez si encontraba un buen trabajo en la ciudad podría seguir estudiando en los cursos nocturnos. Quería que mantuviese la esperanza, que sintiera deseos de luchar por esa posibilidad y no se dejase atrapar definitivamente por la resignación, peligrosa como un pantano, en la que había visto ahogarse a tantas criaturas a lo largo de sus años como maestra: conformarse con sobrevivir, arreglárselas simplemente para no morirse de hambre. La rutina y la desidia moral, el convencimiento de que era imposible abandonar la desnuda y asfixiante jaula de la pobreza, la aceptación del implacable destino, las confiadas plegarias nocturnas a la espera de que una fiebre vulgar, un agua contaminada o una simple gripe te llevase por delante abriéndote al fin el paso hacia el mundo de las campiñas eternamente verdes, las fuentes imperecederas y el descanso perpetuo.

Sin embargo, Natercia se preguntaba muchas veces si lo que estaba haciendo era justo. Sabía que las posibilidades de que la niña siguiese estudiando eran muy remotas. Aunque encontrase un empleo como criada en una casa, fregona en una taberna o aprendiza en un taller, lo más probable era que su horario de trabajo fuera demasiado extenso como para permitirle asistir a clase y estudiar. Y casi con total seguridad el sueldo no le daría para hacer frente a los gastos imprescindibles. Tendría que tener mucha, muchísima suerte para lograr mantener su empeño. Era algo terriblemente difícil. Y si no lo lograba después de que ella hubiera estado alimentando su esperanza, ¿cómo se sentiría? La frustración y la pena se verían multiplicadas tras un segundo fracaso, arrastrándola tal vez al total abandono de sí misma. Pero ¿y si lo conseguía? ¿Y si alguna divinidad generosa estaba contemplándola y se sentía dispuesta a extender hacia ella sus brazos, colmándola de dones, colocando a sus pies una mullida alfombra que la llevase directamente hasta un porvenir luminoso?

La maestra se debatía en medio de esas dudas. Muchas noches, cuando el sueño ya la estaba atrapando y la mecía en ese estado en el que la realidad se convierte en una neblina vaga, en algún rincón de su mente se activaba su sentido de la responsabilidad, impidiéndole quedarse dormida. A menudo acababa sentándose en el suelo junto a Homero, que colocaba la cabeza sobre sus piernas, esperando que ella se la acariciase distraídamente. Y en esos momentos de incertidumbre, se alegraba de no haber tenido hijos a los que guiar y aconsejar, influyendo para siempre en sus vidas y empujándolos tal vez a la catástrofe.

Cuando el sol empezaba a salir e iluminaba las fotografías que tenía pegadas en la pared, las contemplaba una a una. Eran postales que le habían ido enviando amigos y antiguos alumnos a lo largo de los años desde diversos sitios de Cabo Verde, de África, Europa y hasta América. Reproducían algunos de los lugares hermosos a los que con toda probabilidad ella nunca llegaría. Visto así, en aquel tiempo suspendido y lleno de formas y colores asombrosos -el azul de los cielos, los diferentes grises de los mares, el verde de los bosques, el dorado de las piedras levantadas una a una en tiempos remotos, el blanco de las nieves en las montañas, el rojizo de los tejados que cobijaban la vida de tantos seres-, el mundo parecía un lugar prometedor y emocionante. Entonces volvía a animarse: quizá la niña lo consiguiese por ella y acabara gozando de esas visiones extraordinarias. Debía empujarla a intentarlo. Más tranquila ya, regresaba a la cama y se abalanzaba hacia el breve sueño que aún podía permitirse antes de empezar las clases, pensando que, fuera como fuese, nunca soltaría la mano de São, nunca la dejaría abandonada a su suerte para que caminase sola hacia su destino, como había tenido que hacer con Ilda.

Aparte de sus visitas a doña Natercia, São no hizo gran cosa durante esos meses. Se limitó a dejar que el tiempo fuera pasando, a la espera de un trabajo que la sacase de aquella planicie y, como afirmaba la maestra, le permitiera tal vez regresar a los estudios, continuar el proyecto recién iniciado que se había trazado para su vida y que había quedado interrumpido por las circunstancias. Hacía ya mucho que la aldea había dejado de ser para ella el único lugar en el mundo, y el hecho de verse obligada a permanecer allí durante días y días, estancada en medio de la inactividad como un velero en plena calma, le hacía sentir que vivía en un encierro. La rutina era cada día la misma, unos pocos gestos cotidianos que le resultaban carentes de emoción. Estaba el cuidado de la casa, por supuesto. Jovita le había transferido todas las faenas, y ahora se limitaba a permanecer sentada todo el día en su mecedora, contemplando lo que sucedía a su alrededor y gritando de vez en cuando a los niños por tratar de poner un poco de orden en sus juegos ruidosos. Entretanto, São limpiaba la vivienda minúscula, quitaba el polvo de los escasos muebles, barría minuciosamente el suelo de tierra hasta dejarlo rastrillado, estiraba las sábanas sobre los catres, iba a la fuente a por agua y a lavar la ropa, molía el maíz, encendía el fuego, preparaba el cuscús, guisaba los pescados y las verduras, cocía los garbanzos… También se ocupaba de la huerta, arrancando las malas hierbas, escardando, abonando, atando cañas, podando, cortando chupones y hojas secas. Y cuidaba de los críos pequeños, jugaba con ellos, les contaba cuentos y les enseñaba canciones. Incluso había aprendido a hacerles diminutas trenzas a las niñas, que solían escapársele de entre las manos en las largas sesiones de peinado, dejándola con el peine en al aire y unas disparatadas ganas de reír que se veía obligada a contener para que la respetasen un poco.

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