mi boda con moraima me ayudó a separarme de las fiestas y me concentró en ella. yo me di por curado; canté victoria demasiado pronto. mi madre se desesperaba entre las ‘locuras sexuales’ de mi padre y las mías.
– si alcanzo a saber hasta qué punto ibas a enamorarte de moraima, nunca hubiese consentido en tal boda. los nazaríes de granada tienen que pasarse la vida mirando al enemigo. ya que tu padre ha perdido la vergüenza, hazte tú con el trono. nuestros súbditos quieren ser protegidos, no desdeñados.
sus espías le traían noticias muy graves, algunas de las cuales pasaban al dominio común. la tregua llegó a su fin, y se avecinaban los peores años desde hacía mucho tiempo. el poder de los cristianos se afirmaba: la guerra con portugal terminó con el tratado de alca &obas por el que se reconoció a isabel reina de castilla; murió el padre de don fernando, lo que le convirtió en rey de aragón; sus fuerzas, reunidas, eran capaces de producirnos un daño irreparable; y los nobles dueños de las tierras que nos rodean, al percibir la autoridad creciente de la corona, se sometieron y se vincularon a ella. había terminado, pues, el tiempo en que los señores, divididos, nos permitían hacernos ilusiones. nada tenía remedio, y todos lo sabíamos.
los informes recibidos por mi madre ennegrecían aún más la situación. según ellos, el papa de roma, supremo poder de los cristianos, había remitido a los reyes de castilla y de aragón la orden de terminar con nosotros. agobiado por el poder amenazador del gran turco al otro lado del mediterráneo, quería que acabase de una vez la amenaza continua -tan débil, no obstante- de granada, que, aliada con los africanos, podía constituir otro peligro en el extremo occidental.
‘ no me da la gana verme como una nuez dentro de un cascanueces’, les había dicho.
por otra parte, el designio del rey fernando y el procedimiento que iba a emplear quedaron al descubierto. años atrás, cuando él era aún heredero de aragón, prometió ayuda para conquistar el trono de granada al príncipe de almería ibn salim ben ibrahim al nagar que, por ser hijo de yusuf iv tenía a mi rama por usurpadora. era un pleito latente, que la astucia del cristiano pretendía resucitar para salir ganancioso de nuestras disidencias. con la ayuda cristiana, los señores de almería, padre e hijo -el príncipe yaya-, se comprometían a reverdecer sus aspiraciones al trono de granada y a lanzarse a una lucha fratricida contra nosotros. en cambio, se reconocerían vasallos de castilla, y, como contraprestación a los recursos suministrados, entregaban la ciudad de almería.
para cubrir las apariencias ante sus súbditos, los reyes cristianos habían de simular un bloqueo por mar y un ataque por tierra a la ciudad. no sé por qué, de lo que me contaba mi madre deduje que husayn no era ajeno a este enredo.
ignoraba -y no quería aclararlosi estaba del lado de ibn salim o del nuestro, o acaso del de nadie que no fuese él mismo; pero presumía que era él quien le suministró la noticia de estos pactos secretos a mi madre, que parecía tenerlo en gran estima y que continuamente me recomendaba su amistad y su ejemplo. supongo que yo, para ella, resultaba demasiado poco ambicioso y demasiado desentendido de lo que en torno mío se fraguaba. yasí era: yo veía la vida como desde el centro de un torrente, distorsionada y girando a mi alrededor; absorto en lo mío, sin que me quedaran ojos para lo que, lejos de mí, ocurría. yo era el protagonista de mi vida (o eso juzgaba, lo fuese o no; ahora pienso que no lo era en absoluto, como nadie lo es), y no veía a los demás -ni siquiera a jalib, para mi desgracia-, ni sus ideas, ni sus preocupaciones, sino a través de las mías. es decir, me hallaba separado del mundo por un cristal oscuro, que era mi obsesión enfermiza por jalib.
aún hoy me cuesta trabajo convencerme de que una y otra cosa fueron reales: yo era la diana de las ilusiones y los odios ajenos, y se me erigía en la esperanza del reino, siendo así que perdía, cada vez con mayor celeridad, mi propia esperanza.
– la situación está planteada con mayor evidencia que nunca -repetía mi madre-. en la historia de la dinastía nunca se ha alcanzado tal límite. tu padre se enreda más y más en los brazos de la ramera; ella da por descontado que un hijo suyo lo heredará; en granada se respira el aire de la sublevación: yo tengo muy hecha a ese olor la nariz. el trono lo tendrá que ocupar alguien que pese de veras sobre él. olo ocupas tú ahora, o lo conquistarán los de almería. oacaso se anticipe, contra ti y contra ellos y contra los cristianos, tu tío abu abdalá.
– eso es quizá lo mejor que podría sucederle a granada. tú misma has dicho que sería un buen rey.
– lo sería; pero aquí estoy yo para impedirlo. es mi sangre la que tiene que reinar en granada.
no quiero volver a oírte, ni en broma, esa majadería.
no sabía ella hasta qué punto hablaba en serio yo.
finalmente, una noche, entre los asistentes a una zambra, descubrí a jalib. había crecido.
estaba más moreno que la última vez. retrocedí de pronto todo lo que por la senda del olvido había adelantado. hube de ocultar un temblor que me sacudió de arriba abajo. me castañeteaban los dientes. cuando me serené, me hice el encontradizo con él.
– hace tiempo que no te veía.
¿ ome equivoco?
– estuve en almería, señor.
– con husayn.
– sí, señor.
– ¿ qué tienes tú con él?
– nada, señor; pero, como te disgusto, él me invitó a su casa.
– ¿ me disgustas? -pregunté en un sollozo-. tengo que verte a solas.
– ¿ para qué, señor? -me sonreía-. ¿ para continuar riñéndome?
lo llevé cerca de un quiosco en medio del jardín. sin darle explicaciones, lo besé apasionadamente. todos los besos que había imaginado darle en mi soledad se los traté de dar en uno solo.
jalib, sorprendido, respondió con la misma lejana condescendencia con que correspondía a los cariñosos besos de los otros.
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