hasta que dios, compadecido de ella y de sus moradores, abrió paso a las aguas destructoras por cauces, calles y puentes, y las forzó a salir fuera de las murallas. al día siguiente, amainadas las asesinas, se contaron los daños incontables. la avenida sobrepasó los tejados de las casas de la ribera. miles de familias habían perdido padres, hijos, hogares y parientes. la riada y la lluvia habían inundado y destruido cuanto se interponía en su camino, y anegado la gran mezquita, las calles del comercio, la alcaicería, los zocos de los herreros, de los silleros, de los joyeros, de los alcorqueros. el río había asolado almunias, alquerías y almazaras.
todo se había perdido. todo era desolación y escombros. la ciudad aparecía engullida y hecha trizas por la catástrofe; el luto se había instalado como un sultán siniestro sobre ella. en los aires ya límpidos se cernían, formando negras coronas, las aves carroñeras.
yo, sin embargo, guardo de aquel día un recuerdo muy especial.
cegado por las cortinas de agua, después de haber tratado de localizar a mi tío y a mis hermanastros, separado a empellones de yusuf, desperdigada toda la familia real como un terrón de azúcar que se deslíe en un vaso de líquido, corrí sin saber hacia dónde, y, en lugar de introducirme como hicieron los otros en el recinto de la alhambra a través de la puerta de los pozos, me forzaron a descender camino de la explanada, y, presionado por la gente que chocaba entre sí, fui conducido hacia el barrio de los mauritanos, o quizá hacia el de los antequeranos.
avanzaba sin poner los pies en el suelo, y, en un momento en que se descongestionó algo la multitud, me vi extraviado por unas callejuelas tortuosas que nunca había recorrido antes. escuchaba los alaridos del pueblo que, desdichado y anónimo, tropezaba conmigo sin hacerme caso, y, al volverme para tratar de orientarme por las torres de la alhambra, que desde aquel lugar no divisaba, choqué contra alguien que me pareció una muchacha muy joven.
el cielo estaba de color alquitrán, y era como de noche. vi su cara a la luz de un relámpago, o vi sus ojos sólo. el trueno que siguió fue tan aterrador que la muchacha se lanzó a mis brazos. yo la apreté contra mí porque era el primer ser humano no hostil, el primer ser individualizado que sentía desde que comenzó el diluvio. permanecimos unos instantes -los interminables que duró el trueno- abrazados. el agua, que nos llegaba hasta las rodillas, nos empujaba calle abajo. ella tiró de mí. me hizo entrar en una casa unos pasos más allá, en la misma dirección de la corriente. yo, descalzo, deduje que atravesaba un zaguán terrizo, un patio oscuro hacia la izquierda y el arranque de una escalera muy pina y muy estrecha, por la que subimos. llegamos a un mirador, o a un palomar.
no se veía: la falta de luz y las aguas torrenciales lo impedían. la mujer se dejó caer al suelo, y yo, tanto por agotamiento cuanto por no estar de pie en la tiniebla, también. casi caí sobre ella. olía a especias y despedía calor. imaginé que de sus ropas brotaba un vapor tenue. se oyó un aleteo de palomas azoradas. yo pensé: ‘ todos somos palomas azoradas’. la muchacha, temblorosa, me oprimió con fuerza, o mejor, se oprimió contra mí, y luego inesperadamente me besó con voracidad, como si le fuera en ello la vida. los labios, las mejillas, los ojos, la nuca. sus manos recorrían mi cuerpo; se clavaban en mi carne sus dedos. tuve la intención de levantarme y huir, pero ¿adónde? el agua chapoteaba en el tejado; se vertía igual que una cascada entre los postes que lo sostenían. la muchacha se incorporó, desbarató lo poco que sin desbaratar quedaba de mis vestidos, metió mi pene dentro de su boca, y, con un gesto brusco, colocó mis manos sobre sus pechos, que eran menudos y duros. yo pensé: ‘ son como palomas azoradas’. entendí que su actitud era una rabiosa reconciliación con la vida, o acaso un adiós, en medio de la catástrofe cuyas verdaderas proporciones ignorábamos. y, al entenderlo, me pareció que todo el descabalo de fuera pudo haber sido provocado para producir aquel encuentro. la muchacha y yo no habíamos hablado.
yo desconocía su condición, su raza, su nombre, sus facciones y su voz. desconocía en qué casa estábamos, y si saldríamos vivos de ella. de momento, la vida se desperezaba y abultaba entre mis piernas. ydejé de pensar. cuando entré en la muchacha -no había entrado en ninguna mujer hasta entonces- ella gritó. su grito me hizo recuperar la conciencia y retroceder; pero ella, con un golpe de caderas, se confundió conmigo.
después de haber poseído el suyo, se abandonó mi cuerpo al cansancio no sé por cuánto tiempo. escuché, como si fuese lejos, un crujir de maderas. el extremo más distante del tejado se desbarató, y la lluvia inundó el lugar en el que yacíamos. ala muchacha y a mí nada nos importaba. yo me hallaba en la más ardiente de las vigilias, y soñoliento, no obstante. todo me resultaba irreal y tangible. giré mi cuerpo, que en cierta forma parecía haberse desprendido de mí, y volví a poseerla. oía su jadeo, ¿o era mi jadeo el que oía? me había desinteresado del mundo, de las calamidades, de los gritos que se elevaban mojados desde la calle.
cuanto hasta entonces me definía era improbable, remoto y sin sentido; me había olvidado de todo -padre, madre, alarde, ejércitos, granada-, menos de aquel presente, apremiante y cálido, reducido al cuerpo de una muchacha que se bebía y devoraba el mío una vez y otra vez. era como si estuviésemos solos en una barca en medio de la mar. amenazados por la desaparición y por la muerte, nos había asaltado la recíproca urgencia de gozar. no éramos sino dos náufragos que se amparaban uno en otro, y se reconocían dándose placer. por las gateras quizá, o por las piqueras bajas de las palomas, se achicaba el agua casi insensiblemente. una luminosidad amarillenta comenzó a dejar ver aquel lugar inverosímil. adiviné el cuerpo que acezaba junto al mío. me pareció el de una niña, pero, sin saber por qué, comprendí que no lo era. casi con crueldad, lo poseí de nuevo.
después, exhausto, debí quedarme un momento dormido. entre sueños seguí oyendo el furor de la lluvia.
luego, en un duermevela, percibí que amainaba. la disminución del estruendo casi me despertó. alargué la mano para acariciar el suave cuerpo de la mujer, pero no estaba.
su ausencia me despertó del todo.
me senté en el suelo y no vi a nadie. por un instante, dudé de que alguien hubiese estado allí conmigo. más tarde, muchas veces, he pensado que no. me levanté tambaleándome. la lluvia había cesado.
Читать дальше