“ los secretos del amor sólo están en la mirada.
unos bellos ojos ves que un hechicero creó, y, cuando se van, se llevan tu razón y tu dominio.
tu corazón has de ver maniatado y en prisión”.
cantaba un muchacho, al que el bozo aún no le sombreaba las mejillas. me sonreía desde el otro lado de la alberca. inclinó la cabeza en una reverencia, y, cuando iba a dejar de verlo porque continuaba mi camino, cortó un tallo de jazmín y se lo puso entre los dientes. no pasó nada más.
el empobrecimiento y la agitación del reino aumentaban sin cesar. se recibían noticias de que los abencerrajes se conjuraban contra mi padre en los territorios cristianos. no había tarde en que mi madre no me enviara, desde su casa del albayzín, alguna queja contra la favorita.
– tu herencia está en el aire.
si no obras con rapidez y audacia, el trono lo ocupará un hijo de esa renegada. no puedes tolerarlo. y, en el caso de que puedas tú, yo no lo haré.
subía hasta la alhambra -incluso yo, absorto en mis lecturas, lo escuchaba- un desasosegado rumor de algarada. pero, como siempre que sucede algo culminante en mi vida, yo estaba distraído en otra cosa; esa vez, como quien ha enfermado sin saberlo. tardé bastante en reparar con cuánta frecuencia venían a mi memoria los ojos del muchacho cantor y su gesto al morder el tallo del jazmín.
comencé a escribir poemas que -eso creía yo- lo tomaban sólo como pretexto. escribía encima las cansinas falsillas de los versos académicos y nada humanos de nuestra poesía, en la que los poetas se manifiestan desentendidos de lo que hacen, igual que rutinarias bordadoras. ‘ grandes sucesos -pensaba yo- ocurren a su alrededor (asesinatos, adulterios, muertes de amor, guerras, espantosas venganzas), y los poetas se limitan a hablar de narcisos, de jacintos y rosas’. eincurriendo en el mismo defecto que ellos, mientras crujían los cimientos del trono, inspirado por un pobre muchacho, yo escribía poemas.
sólo pasado el tiempo me di cuenta de que los escribía con el jugo agridulce de mi corazón.
durante el mes de junio vino de almería husayn. desde aquella noche en su casa, tan desigual para los dos, había mantenido con él un trato muy somero. ahora ascendía en una rápida carrera de secretario. dio una fiesta para yusuf y para mí. yo comprendí que nos halagaba como hijos del sultán, y que sus atenciones eran bastardas; pero fui. en aquella zambra cantó, entre otros, el muchacho al que yo dedicaba mis versos; sin embargo, me pareció inferior al objeto de ellos, como les acaece a menudo a los poetas vanidosos. lo encontré vulgar y gris. ni sus ojos eran tan grandes, ni su mejilla tan florida. no cesaba de sonreír, y al parecer contaba con la simpatía de todos. comprobé que su voz había perdido la nitidez de las voces infantiles, y aún no estaba afirmada. sin duda, eso fue lo que me produjo la impresión de falta de limpieza cuando lo oí junto a la alberca.
– canta como una gallina clueca -comenté-. ¿ quién es?
– ya lo conoces -me repuso husayn-. es jalib, el que cantó la noche en que se inició nuestra amistad. entonces era un niño.
ahora ha abandonado la fragua de su padre, y canta por las fiestas de la corte. me extraña que no hayáis coincidido -y, con cierta malicia, agregó-, ¿o sí habéis coincidido? parece que te mira de un modo algo especial.
– ni he coincidido -contesté heladamente-, ni me gustaría coincidir. ¿ cómo has dicho que se llama?
– jalib.
– pues dile a jalib que se calle. mejor hará llenando nuestras copas. - sentía una sorda e injustificada irritación contra el muchacho que iba de fiesta en fiesta, y no logré disimularla-.
es provocativo y engreído. ala gente que sólo sirve para divertirnos hay que ponerla en su lugar.
– ¿ ycuál es su lugar? -me preguntó riendo husayn.
el muchacho concluyó de cantar:
“ si vieras cómo es de guapo el mozuelo que yo quiero.
tiene unas largas pestañas semejantes a saetas, y, en los labios, una rosa; pero no alargues la mano: con la boca hay que cortarla”.
se acercó jovialmente a servirnos con una jarra de cristal.
noté un vacío en el pecho: el aire me faltaba. tendí mi copa mirando hacia otro lado, desdén que cortó la rosa y la sonrisa de su cara.
– para volver a cantar -le advertí-, deja pasar un par de años.
ahora no tienes ya la voz de niño, y todavía no la tienes de hombre.
– como mandes, señor. no volveré a cantar hasta que tú lo mandes.
al verter el vino, había salpicado la mesa.
– has manchado el mantel.
– el vino derramado es presagio de alegría -murmuró, y su sonrisa renació en la comisura de los labios, curvados hacia arriba con delicada gracia.
– un criado ha de servir el vino, no la alegría de los invitados.
‘¿ de qué me estoy defendiendo, y tan mal?’, me preguntaba.
le reclamaron de otro grupo, y se alejó en silencio. bromeaban con él, lo acariciaban. era muy querido por todos, según pude observar. él repartía besos con gentileza, amable y dadivoso de sí mismo. sentí una punzada que no había sentido nunca antes, y una devastadora ira también. no era amor, desde luego. ¿ oera amor?
los días y las noches se acumularon sobre mí sin otro propósito que el inexplicable de encontrarme de nuevo con el joven cantor, o copero, o lo que fuese. se deslizaban en torno mío los acontecimientos sin dejar huella, ni rozarme apenas. yo quería encontrarme con jalib, pero sin provocar el encuentro, sin confesarme siquiera a mí mismo que lo deseaba más que ninguna otra cosa. fingí que me olvidaba de él y de su nombre: qué difícil de engañar es uno mismo; porque iba a todas las fiestas a que se me invitaba con la recóndita intención de verlo. entretanto, mi madre insistía en sus advertencias cada vez más ominosas, y me reprochaba que disipase mi tiempo -’igual que tu padre’- en músicas y zambras. nuestras tropas sufrieron la derrota de montecorto, que ensombreció aún más a los habitantes de granada; sin embargo, los rondeños lo habían recuperado, lo cual alegró a todos menos a mí, que procuraba olvidar a jalib, y por momentos lo conseguía, o al menos de eso intentaba convencerme; pero me recordaba con demasiada frecuencia que debía olvidarlo. pronto el capitán ponce de león se vengó de los rondeños destruyéndoles la torre del mercadillo, cosa que echó por tierra, con la torre, la leyenda de inexpugnabilidad de ronda. lo irrompible ya se resquebrajaba.
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