jalib me tomó miedo. procuraba evitar las ocasiones de quedarse a solas conmigo. inventaba para ello los más inverosímiles pretextos.
no consiguió más que transformarse para mí en un ofuscamiento que no me permitía pensar en otra cosa.
lo echaba de menos como al aire mismo, y, cuando lo tenía junto a mí, lo detestaba y lo echaba de menos más aún. la gente de mi entorno me observaba con la medrosa atención con que se observa a quien está perdiendo la cabeza; con frecuencia sorprendí murmullos que se acallaban al aparecer yo. los ojos y los oídos de mi madre eran demasiado perceptivos como para ignorarlo. ninguno de sus emisarios, cada vez portadores de más oscuras nuevas, lograban distraerme de mi tema. moraima, respetuosa, aguardaba a que pasase la tempestad -a su entender, tan intensa que no podía ser larga-, sin referirse a mi mudanza ni a mi desolación. aveces agradecía su mano sobre mi mano; a veces me repugnaba porque su amor no era capaz de sustituir al de jalib. yentretanto jalib, a quien hubiese atado a mí con cadenas de acero, cantaba, me servía de beber, me brindaba su adorable carne, me era fiel, y sonreía: impenetrablemente sonreía. cuanto yo deseaba me era concedido por él, menos lo único que de verdad deseaba: eso no estaba en su poder, ni dependía del mío.
una noche fui al albayzín a casa de mi madre, resuelto a participar en la conspiración contra el sultán. pero mi proyecto nada tenía en común con el de ella: yo había llegado a la conclusión de que, siendo sultán, acaso podría lograr que jalib me amara; el corazón humano se defiende con su propia insensatez. mi madre me recibió con severidad y menosprecio. en sus ojos no descubrí piedad alguna; y yo me estaba muriendo, sin embargo. yo anhelaba abalanzarme a sus brazos, volver a ser un niño en ellos, o desaparecer; ella, como si lo hubiese adivinado, cruzó sus brazos frente a mí.
– no hay nada en este mundo, ni en el otro, que valga lo suficiente como para apartar a un hombre de su destino. preferiría verte muerto a saber que algo te arrastra a semejante violación. ya lo has oído: muerto. yharé todo lo que esté en mi mano para impedirlo. no lo olvides.
ala mañana siguiente un polvoriento mensajero trajo la desastrosa noticia. cundió por la ciudad como un relámpago: se había perdido alhama, que era nuestra antesala. fue el primer aldabonazo que el destino del que mi madre hablaba dio contra nuestra puerta.
la tarde de aquel mismo día busqué a jalib por todas partes. no apareció. mandé que lo buscaran, alarmado por la sospecha de que definitivamente había huido de mí y de mis insaciables exigencias. me propuse, si volvía, pedirle perdón por tantos sufrimientos; me propuse postrarme de rodillas ante él cuando volviera; me propuse ordenar su muerte; me propuse alcanzar el trono y abdicar en él; me propuse incorporarlo, sin la menor prerrogativa, al ejército que ya se convocaba para la reconquista de alhama; me propuse pensar que todo se había perdido para siempre, y era mejor así; me propuse matarme para descansar un poco.
en las primeras horas de la noche de aquel 1 de marzo, en que la primavera, indiferente a todo, se insinuaba, moraima pidió verme.
– prefiero que lo sepas por mí: el cuerpo de jalib, el hijo del herrero, ha sido hallado. esta madrugada, según dicen, se despeñó en la sierra.
la primavera, la alta noche, el palacio, mi vida, todo se echó a rodar. una calima… no, demasiado tarde para tanta calima, demasiada oscuridad: eran mis ojos.
– ¿ él mismo? quiero decir, ¿por propia voluntad?
– no lo sé. al parecer, tiene en el pecho una gran puñalada…
una puñalada anterior a la caída.
‘ llorar, no’, me dije. me flaqueaban las piernas. se me acercó moraima y me sostuvo. valía más no pensar; hundirse. me dobló el cuerpo una arcada. ‘ no’.
un vacío en el estómago, como si la muerte se fuese haciendo un sitio. ‘ respira hondo’, me decía.
¿ oera moraima? ‘ no, no’. no podía contener el temblor de mi barba. oía crujir mis dientes.
con un brusco gesto la aparté.
– ¿ qué es lo que sabías tú?
– todo. lo sabía todo -bajó sus dulces ojos-. ytu madre también.
‘ llorar, no’, me repetí. yno lloré. pero, con todas las fuerzas de mi alma, me puse a odiar al mundo entero, y a mi madre en el centro del mundo, con la certidumbre de que la iba a odiar siempre.
á como un vestigio de aquella época, dejo aquí unos poemas. no expresan, ni por lo más remoto, lo mucho que sufrí y que gocé. el enamorado necesita engañarse para seguir sufriendo, y necesita sufrir para seguir engañándose. como prueba, aquí están estos restos de mi naufragio. sobre una playa ajena quedan, mancillando la arena, incapaces de describir cuánta era la gallardía y cuánto el esplendor del alto barco del que formaron parte. sano está quien olvida.
“ la noche era indecible y era nuestra pero, como me habías besado a mí al llegar, tú besabas, copero, a todo el mundo.
tú besas en la boca, copero, traidor mío…
la noche se volvió en mi contra como una oscura espada.
la noche, ardiente y casta, lo mismo que una espada puesta al fuego.”
“ acaso yo elegí la frialdad pensativa, y no era de pensar de lo que se trataba, sino de sentir sin presentir; de darse, ay, de darse, con los ojos cerrados a la esperanza.
porque todos somos hermanos en la fiesta, y podemos besarnos sin temor en la boca.
la historia va despacio: va mucho más despacio que la noche.
nada de todo esto ha ocurrido todavía jamás.”
“ mientras borracho el viejo maestresala baila y se cimbrea, la mano en la cintura y la servilleta tremolando en el aire, nos miramos.
el placer que los jóvenes amantes encuentran uno en otro se instaló entre tú y yo como un nuevo invitado.
yo era tan joven como tú; quizá algo menos joven.
¿ oquizá yo era igual que el anciano maestresala, que danza con el rostro y el corazón marcados por el tiempo?”
“ en la canción que entonas, lo mismo que en la vida, la alegría y la tristeza son una sola cosa, la desesperación despierta el hambre, y también el deseo despierta el hambre del pan que no lo sacia.
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