pero el otro partido no permaneció ocioso. subrepticiamente, para no provocar las iras de nuestros simpatizantes -de acuerdo con la doblez del visir benegas, que era la norma en la política de la alhambra-, mi madre, mi hermano yusuf y yo fuimos puestos en prisión relativa. en un principio, como por protección, nos vedaron salir del recinto amurallado; pero, poco a poco, los límites de nuestra libertad se estrecharon. dado que yo entonces me hallaba cautivo de más recias cadenas y envuelto en mi desdicha, no echaba de ver -o no me afligía- tal acoso. pero mi madre, no sin causa, suponía que el propósito de mi padre era que el pueblo nos olvidara a fuerza de no vernos; y, más tarde, simulando un motín o con cualquier otra artimaña, eliminarnos y dejar en el poder sola a soraya. sin embargo, el destino se empeñó de momento en protegernos: aún no había resuelto nuestra destrucción, proyectada con mimo para más adelante. la pérdida de alhama fue su treta.
la conquistó, repentina y dolorosamente, ponce de león ayudado por otros capitanes, antes sus enemigos; el cambio de las actitudes individualistas por las solidarias era un feroz presagio. mi perdición, tramada por mi padre, se detuvo ante la perdición común, más visible e impuesta. durante cuatro días mi padre enloqueció: lloraba, rugía, caminaba sin descanso por los adarves, daba órdenes incoherentes y rompía nuevamente a llorar. el golpe recibido era tan fuerte que hubiese resucitado a un muerto: alhama era decisiva en las comunicaciones entre granada y málaga, y la clave hasta ronda.
( para mí era además el lugar sosegado donde transcurrieron muchos meses de mi infancia y de mi adolescencia.) pasados esos cuatro días, mi padre se dirigió a alhama y la sitió. trataba de impedir su avituallamiento de agua y leña con la pretensión de que se rindieran los cristianos, más necesitados cuanto más numerosos, pues parece que no bajaban de dos mil quinientos caballeros y de tres mil infantes. yo permanecí en la alhambra con el alma enlutada y el cuerpo enfermo por una muerte que me afectó tanto como si hubiese muerto el mundo entero. ( lo que ahora narro lo supe luego, porque en aquellos días no tuve oídos sino para mi desesperación.) mi padre mandó en busca de soraya cuando vio que el sitio de alhama se prolongaba. soraya se había ingeniado para hacerle creer que corría peligro, desprovista de su protección, en la alhambra, donde se la odiaba. quizá estaba en lo cierto; quizá hubo de elegir entre el riesgo de su vida, más o menos ficticio, y el de ser, en su ausencia, sustituida por mi madre.
sin embargo, mi madre no contó con la reacción del pueblo, que, transtornado por la gran pérdida, comprendió no obstante que comenzaba una agonía acaso larga, pero encaminada a la muerte; lo comprendió con todo fundamento. en consecuencia, se apiñó otra vez junto al único capaz de preservarlo de mayores y muy próximos reveses, es decir, mi padre, a quien absolvió de sus pecados.
desfallecido nuestro ejército por su empobrecimiento y por su falta de ejercicio, el primer sitio de alhama hubo de levantarse a los veinticinco días. el sultán pronunció la orden sollozando. el hostigamiento corrió a cargo de las mesnadas del duque de medina sidonia -a despecho de su visceral enemistad con ponce de león, lo que para nosotros significaba un pésimo augurio- y del conde de cabra, cuya familia tenía fama de ser aliada nuestra. el tiempo de los señores levantiscos e independientes había concluido.
mi tío, aprovechando la concentración de las fuerzas cristianas en alhama, corría algaradas por las tierras contiguas, esquilmándolas para que no pudieran prestarle a los sitiados auxilio alguno, y los rondeños se apropiaban de cuantiosos ganados del enemigo y destruían sus cosechas. pero también otra cuestión quedaba clara: que la guerra de escaramuzas y guerrillas, en la que los andaluces éramos invencibles, había evolucionado hacia la guerra de sitios.
primero, porque se ha reducido la extensión del reino; segundo, por el choque moral que supone la conquista de las grandes ciudades; y tercero, porque la técnica es ya otra, y la artillería empieza a relevar a la secular preeminencia de la caballería.
el 14 de abril mi padre sitió de nuevo alhama. ( yo me recuperaba después de mi enfermedad, que, originada por una pasión menos física que ella, me había tenido cerca de dos meses contemplando los almocárabes del techo, casi extraviada mi razón y extraviada sin casi mi razón de vivir.) pero el rey fernando le obligó a levantar también ese segundo sitio, como le ha obligado a levantar el tercero, que comenzó en los primeros días de junio, muy poco antes del día en que esto escribo. con este tira y afloja, el desánimo ha cundido en granada. si soy sincero, no porque los granadinos se preocupen por la desventura de sus hermanos de alhama, cuya esclavitud o mortandad han sido totales, sino porque se ven retratados a sí mismos con antelación en aquellos acontecimientos, y porque temen que, ante tales quebrantos, aumente la exacción de prestaciones y de impuestos. y, en definitiva, porque comprueban la ineptitud de un ejército cuya decadencia se les presenta como irrevocable.
ha transcurrido casi un año desde la última vez que escribí en estos papeles carmesíes: un año denso y concluyente, que ha mudado a su antojo las posiciones de todos los personajes de esta historia.
escribo en el anochecer del día 20 de abril de 1483. mañana saldré al frente de una expedición que nos dará gloria -me cuesta aún escribir que me dará gloria, pero a eso se dirige- amén de un gran botín. aún estoy boquiabierto, y no niego que instruido por la prisa con que los hechos -que jamás dependen de los hombres, aunque ellos así prefieran creerlo- se han atropellado. cuando más honda era la desmoralización de los andaluces, dios vino a alzar su ánimo, y a proclamar cuál era su voluntad más cierta. ( me figuro que mis enemigos opinarán exactamente lo contrario.)
envanecido el rey fernando por su éxito en alhama, y asegurada la sumisión de la nobleza, tomó dos transcendentales resoluciones: sitiar loja -porque si alcalá es la puerta de la vega por la sierra de parapanda, loja lo es por el valle del genil- y cortar los posibles auxilios africanos, situando una flota en el estrecho.
alertado por nuestros espías, pero debilitado ante sus propios ojos, mi padre envió a aliatar a defender loja. él, entretanto, se sirvió de la distracción de las fuerzas cristianas para hacer una algara por tierras de tarifa (que finalizó con la captura de un rebaño de tres mil bueyes, lo cual divirtió a los granadinos, porque las vacas, por muchas que sean, no ennoblecen la aureola de un sultán). pero antes de salir de granada, fija su mente en el tema que le traía sin sueño, fue a la prisión en la que me encontraba con mi madre y mi hermano, y me pidió que nos perdonásemos mutuamente en aras del peligro común, y que colaborara como príncipe heredero y yerno de aliatar. lo que me propuso -y yo acepté- era que esa misma noche saliese al frente de una tropa que trataría de romper el cerco de loja de acuerdo con mi suegro, que estaba dentro de ella.
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