– ¿ es que amas a husayn?
– no amo a nadie, señor.
estaba claro como el sol. y, sin embargo, para mí no lo estaba.
– ¿ amí tampoco?
– si quieres, te amaré. tú eres quien manda.
– es que no deseo que me ames porque yo sea quien manda.
– ¿ cómo entonces, señor?
– como yo te amo a ti.
lo acariciaba con tanto ímpetu como si lo golpease. lo estrechaba furioso entre mis brazos, a los que él, sin resistencia, se abandonaba.
una sombra cruzó sus ojos, que me parecían lo más precioso que había visto en mi vida.
– ¿ me amas, y eres duro conmigo?
– ¿ no te das cuenta de que, si dejase escapar una sola palabra benévola, te inundaría con mi amor?
he de estarme ante ti con las manos delante de la boca, para evitar que por ella salga mi alma y te asuste.
envuelto en mi ofuscación, no comprendía yo que él, ausente de granada, no me habría recordado siquiera. hirviendo en el jugo de mi amor y de mi desamor, no echaba yo de ver que nuestros caminos, durante los meses en que no lo vi, habían lógicamente divergido. ypretendía, en un instante, ponerlo al tanto de lo que ni yo mismo comprendía.
– tú eres mi pan de egipto.
– ¿ qué es eso?
– un pan por el que se pasa la noche entera en vela, y no puede comerse.
se echó a reír con sencillez:
– pues cómeme, señor.
– no así, no así. yo quiero ser también tu pan de egipto.
– el pan hay que amasarlo antes, y echarle levadura, y cocerlo, y esperar que se enfríe.
tenía razón. el que no ama siempre tiene razón: es lo único que tiene. me despedí de él aparentando haberle gastado una broma, y me prometí apartarlo de mi corazón y de mi mente. fui incapaz de cumplir mi promesa.
nada hay más sencillo que poseer un cuerpo, y nada tan complicado como poseer un alma: un alma que ni siquiera se niega a ser poseída, sino que simplemente está mirando hacia otra parte, o no mirando nada. el enamorado es igual que un faquir de los que vienen desde la india a exhibir sus artes en el zoco: se acuestan sobre clavos, devoran fuego, se traspasan con espadas puntiagudas y, en apariencia, continúan ilesos. yo continuaba en apariencia ileso, pero me hallaba moribundo.
el día en que me acosté con jalib por vez primera había visto a mi padre acariciar en público a soraya; encendido por ella, sus ojos incandescían de lubricidad.
se retiraron antes de que la fiesta concluyera, porque a mi padre le urgió la posesión de aquel cuerpo que se le ofrecía, pero que no correspondía a su deseo. sentí pena de él, y de mí. busqué a jalib con desesperación. lo hallé en la casa de husayn, al que no le ligaba más relación que la de la servidumbre, aunque los celos no cesaban de martirizarme. lo llevé conmigo sin decir una palabra. ylo tuve. ¿ lo tuve? él respondió con cariño y docilidad a mis caricias. me entregó cuanto podía entregarme. como lo de soraya, lo suyo no era amor, y no lo iba a ser nunca. era dejarse poseer por mi ansia, igual que se deja comer el pan. pero para mí sería siempre el pan de egipto.
apartir de esa noche se materializaron mis tormentos. la soledad del que está solo no es la peor, porque aún le queda la esperanza; pero a la soledad del que está acompañado por quien no le corresponde, sólo le queda la desesperación. no es posible conquistar a quien ya es nuestro, a quien nos obedece con sumisión y afecto, pero con un afecto que no es equiparable al que nosotros requerimos. el amor seguramente no es más que un deseo, y el placer seguramente no es más que un alivio del dolor que ese deseo nos produce; pero cuando el deseo no se sacia, sino que se multiplica, el dolor, en lugar de calmarse, crece hasta hacerse irresistible. es una hidropesía en la que el agua da más sed; en la que se bebe a conciencia de que es en vano todo, y de que el mal está dentro del hidrópico mismo, y de que hasta el beber es ya también un daño, quizá sólo inferior al que nos produciría el no beber.
“ maravíllate” -dice el poeta- “del que siente que le arden las entrañas y se queja de sed, teniendo el agua fresca en la garganta.”
pero otro dijo:
“ la mano del amor nos ensartó para la alegría: nosotros éramos las perlas, y el deseo era el hilo”.
aeso aspiraba yo. pero cuando el hilo se rompe, ruedan las perlas separadas sin cumplir su rutilante destino de collar. yo supe, en cada momento, durante los agotadores meses que siguieron, hasta qué punto el hombre disfruta de un espejismo de libertad y de enajenación. nada podía yo contra la inmovilidad del sentimiento de jalib. saber que a él le habría complacido enamorarse de mí, saber que le habría complacido complacerme, no me consolaba, porque le era imposible. ¿ en eso consistía su libertad? ¿ en eso, la mía? el hombre jamás alcanza aquello que más quiere: nunca se toca el horizonte. yallí estábamos, frente a frente los dos, o lado a lado, o yo dentro de él, y tan distantes como el sol y la luna.
me sobrevino una especie de vesania. tenía que vengarme del daño que me hacía, aunque sin intención; tenía que vengarme de necesitarlo de tal modo. le prohibí cantar en público; le prohibí servir a nadie. le exigí, por el contrario, cantar y cantar y cantar para mí sólo; cantarme con su voz ligeramente agria, de la que dependía mi felicidad momentánea y mi larga desdicha. ‘ déjame ver tu cuerpo en medio de tus palabras’, le suplicaba. yél se despojaba con naturalidad de sus vestidos, y seguía cantando:
“ tus ojos no han dejado en todo mi corazón sitio sin agujeros: como un dedal lo tengo.
mi dolor es la almunia donde tú te diviertes; mis ojos, las albercas; una acequia es mi cara.
mientras la fiesta es tuya, mi corazón se rompe”.
lo amaba y lo odiaba con igual fuerza al mismo tiempo. á día y noche traté de acabar con aquel sentimiento mío sin respuesta, aquel sentimiento impar y manco, que jamás encontraría su necesario eco, a pesar de que en mis manos estaba matar la vida de quien me lo inspiraba, o exaltarla hasta el cielo. en el fondo, lo que deseaba era hacer trizas aquello que se me resistía sin oponerse ni al menor de mis deseos. una tarde, en los alijares, deslumbrado por su sonrisa imperturbable, cogí una piedra y le golpeé el rostro. quise destruir aquella sonrisa que me destruía, aquella hermosura que nunca iba a ser mía, y que, por otra parte, ni siquiera me parecía la mayor de este mundo… sus ojos, entre la sangre, me miraban aterrados, y yo me eché a llorar sobre aquel rostro, el más amado de los rostros, destrozado por mí. ‘ el oficio del hombre -pensaba- no es el dolor; su oficio es la alegría, pero qué mal lo ejerce’.
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