Fernando Schwartz - Al sur de Cartago
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– En recuerdo del sur de Cartago…
– ¿Encontró usted su venganza?
Asentí.
– Es un plato bien frío, ¿verdad?
– Adiós, Vladimir.
– Adiós, mi joven amigo. -Salió apresuradamente del lavabo.
Suspiré. Bajé nuevamente a la calle y descolgué el auricular de uno de los teléfonos públicos. Marqué el número directo de Masters en Langley.
– Masters. -La misma voz seca y cortante de siempre.
– Señor, le habla Christopher Rodríguez.
– Me han dicho que está usted en Washington y que ha pedido volver.
– Sí, señor.
– Venga ahora mismo.
Me entró la vaga aprensión de estarme metiendo en la boca del lobo. Pero no había más remedio.
Masters debía haber avisado, porque me subieron a su despacho inmediatamente. Levantó la vista de sus papeles y me miró con curiosidad.
– Siéntese. Y ahora, cuénteme.
Estuve hablando sin interrupción durante una hora. Una vez, cuando le conté la rocambolesca historia de nuestro asalto de la noche anterior al dúplex de Aspiner y la sorpresa de Lattimer, sonrió. El resto del tiempo estuvo serio e inmóvil, mirándome casi sin pestañear.
Sonó un teléfono. Lo descolgó y dijo:
– Masters. -Repentinamente, soltó el lápiz que había tenido en la mano y se enderezó en su asiento. Cerró los ojos. Sin añadir palabra, colgó el auricular.
– ¿Le pasa algo, señor?
– Nada… -Tosió-. Siga.
– Queda poco más, señor. Teníamos un traidor, un topo. Como ha visto usted, no es un topo soviético, como habíamos pensado al principio. Es nuestro agente del Club. La verdad es que no sé cómo calificarle, si de traidor o de patriota. Lo ha podido usted comprobar por mi relato; ése es el verdadero fondo del asunto. David Gardner nos traicionó por patriotismo… -Meneé la cabeza -. ¿Qué va usted a hacer con los misiles, señor?
– Ahora que, gracias a usted, ya no están en peligro, probablemente nada.
– Ya.
Guardó silencio durante unos segundos. Miró hacia la ventana y, después, fijó la vista en mí nuevamente.
– David Gardner ha muerto, Christopher.
Me pareció oportuno dar un brinco en mi silla.
– ¿Qué?
– Ha muerto. La llamada de hace un momento… -añadió, señalando el teléfono.
– ¿Cómo ha sido?
– Un disparo en la cabeza.
– Pero, ¿dónde le cazaron?
Me miró con severidad: no se caza a la gente. Cuestión de semántica.
– Ya sabe usted que visitaba regularmente a su madre… Hice un gesto de frustración, levantando bruscamente la barbilla.
– ¡Siempre dije que me parecía una locura que lo hiciera sin protección, señor!
– Pues, ya ve usted -dijo Masters. Se mordió el labio inferior.
– ¿Se sabe quién ha sido?
– Juran que tiene que haber sido Markoff.
Me levanté de un golpe.
– Voy a por él.
El director de la CÍA alzó una mano.
– Siéntese -dijo con voz cansada-. Son las reglas del juego… En el fondo, Gardner ha pagado ahora por la operación del Midwest americano, ¿no le parece? Lo que son las cosas de la justicia retributiva: los soviéticos nos han acabado haciendo un favor y, de un plumazo, nos han quitado de encima el problema de Gardner. -Asintió con la cabeza y se quedó pensativo-. Ya nos ocuparemos de Markoff. -Apretó los labios y, durante unos segundos, estuvo dudando. Finalmente, arrugó el entrecejo y dijo-: En… Christopher…
– ¿Señor?
– Eh… tengo una proposición que hacerle.
– Usted dirá.
¿Qué diablos me iba a contar ahora?
– Quiero que tome el puesto de Gardner.
Me quedé de hielo. La ironía tan increíblemente cruel, el sarcasmo absoluto de aquella proposición, me cortaron el habla. Miré a Masters con asombro, pero, por la seriedad de su semblante, vi que me había hablado con total honradez. Me estaba ofreciendo el puesto de Gardner. ¡A mí!
Poco me faltó para soltar una carcajada. Por pura histeria, ¿eh?, no porque la situación me hiciera gracia.
– Bueno… yo… esto… -balbuceé-… no sé qué decirle, señor. Yo… no sé que decirle -concluí, bajando la cabeza.
Masters tenía la mirada clavada en mi rostro. Asintió varias veces mudamente, volvió a coger el lápiz y empezó a batir con él un ligero ritmo sobre la mesa.
– Piénseselo, Christopher. No me conteste ahora. Piénselo hasta mañana. -Sonrió con angustia.
Apreté las mandíbulas. Después de unos segundos, dije: -Sí, señor. Muchas gracias. Mañana tendrá usted la contestación. -Me puse de pie, le hice una breve inclinación de cabeza, me di la vuelta y salí de su despacho.
Iba como un sonámbulo. Sabía que me tenía que detener a pensar un poco en todo esto, a reflexionar sobre una situación que me resultaba tan increíblemente ridícula, que me parecía hasta ofensiva.
Eso es lo que era la oferta de Masters: un insulto personal.
Miré hacia atrás, contemplando por unos segundos la imponente mole de Langley. Luego me di la vuelta y seguí andando.
La idea de que yo fuera a sustituir al bueno de Gardner al frente de aquella pandilla de asesinos me parecía obscena. ¡Pero si le había matado yo! De modo que no es que yo fuera una virgen sin mancha. Y, por otra parte, ¿quién era yo, quién era cualquiera, para tirar la primera piedra contra aquella institución? ¿Quién era yo para dudar de la necesidad de su existencia? Yo había sido su instrumento, ¿no?
En este mundo, además, todo es necesario: el espionaje, las muertes, las operaciones de desestabilización. Todo se hace en nombre de la defensa del supremo bien de la patria.
Yo no discutía el concepto. Las he visto de todos los colores en mi vida y mis baremos de tolerancia tienen el diámetro del cráter del volcán Irazú.
Lo que me producía repugnancia, sin embargo, era pensar que yo podía meterme aún más en esa espiral maloliente, hundirme sin remedio y sin salida posible en ese fango.
No señor. No sería yo.
Me quedaba aún un resto de individualidad, un mínimo de libertad. Durante unas horas más, tenía libertad de movimientos. Me quedaban unas horas, apenas unas horas, para volver a ser lo que siempre había querido ser: un hombre solo.
¿Enemigos? ¿Amigos? ¿Había sido Gardner mi amigo? ¿Es Dennis, el que me salvó la vida, el que mimó mi regreso a la existencia, mi enemigo? ¿Es Markoff, el que compartió mi pan y mis canciones y mi barco, mi enemigo? ¿Y Marta? ¿Valía la vida de Marta haber conseguido una pequeña ventaja táctica en la lucha diaria entre Oriente y Occidente? Santo Dios.
Volví a casa en un coche oficial.
– No me espere -dije.
Hice un par de llamadas y subí a mi habitación. Recogí unas cuantas cosas, miré a mi alrededor y salí del cuarto. Cerré cuidadosamente la puerta y bajé las escaleras.
El Marta se mecía apaciblemente en el agua y su casco blanquísimo resplandecía en la primera sombra del atardecer. Una estrella había aparecido sobre el horizonte.
Miré a mi alrededor, buscando al marinero para que me llevara hasta el barco. No estaba.
De las sombras en que estaba inmerso el pequeño astillero que hay en el muelle, se apartó una silueta. Al principio, no supe quién era, pero después que dio unos pasos en dirección a mí la reconocí. Llevaba puestos unos jeans azules y viejos y, debajo de un anorak verde, asomaba un grueso jersey de lana. Su larga melena le caía sobre la cintura. En la mano, traía un bolsón de plástico.
– ¿Qué hace usted aquí? -pregunté.
Paola se encogió de hombros. Estaba guapísima.
– He venido a buscarle.
– ¿Cómo sabía dónde encontrarme?
– Me temo que se lo dije yo -contestó Staines desde detrás de mí.
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