Fernando Schwartz - Al sur de Cartago

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Un Famoso Fotógrafo Bélico Intenta Descubrir Las Claves De Una Gigantesca Conspiración A Escala Internacional.

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Regresamos a San José en silencio. Paola me llevó al hotel para que recogiera mis cosas, y en el ascensor, guiñé un ojo a Rene.

– Sí, señor -dijo.

Al llegar al aeropuerto, Paola detuvo el motor y se quedó quieta, con las dos manos apoyadas en el volante. Me incliné contra la portezuela y levanté la mirada.

– Gracias -dije. No me contestó.

Abrí la puerta del coche y salí a la acera. Recogí mi bolsa del asiento trasero.

– Siento no haber sacado fotos.

Volvió la cabeza hacia mí y me miró largamente, sin decir nada.

CAPITULO XXIV

En Nueva York hacía frío. Probablemente, aquella misma mañana, había caído una buena nevada. Parecía como si los automóviles aparcados se hubieran empotrado en los enormes montones de nieve apilada al borde de las aceras. Las calzadas estaban más o menos limpias tras el paso de las máquinas y, sin embargo, las ruedas de los coches, al circular, dejaban regueros de barro dibujándose de mil maneras en el asfalto y levantaban una nube de agüilla parduzca que acababa manchando los parabrisas de los que les seguían. Mi taxista no iba muy contento y mascullaba blasfemias y amenazaba con la determinación con que lo hacen los neoyorquinos, siempre empeñados en una áspera pelea contra sí mismos.

La casa de Pat en Brooklyn Heights tenía luz en cada una de sus ventanas. Seguramente, mis sobrinos andaban corriendo de un sitio para otro y las habían encendido para evitar los sustos que solían dar los mayores a los pequeños.

Tina abrió la puerta con la brusquedad de la persona que, siempre ocupada, hace las cosas deprisa y con total ahorro de movimientos. Su mirada inquisitiva se volvió, de golpe, tierna, al reconocerme.

– ¡Chris! -exclamó. Y se abalanzó a mis brazos -. ¡Por Dios, qué miedo hemos pasado!… No sabíamos dónde estabas… tu coche saltó por los aires… Pat tuvo que ir a Washington, ¿sabes? Ay, Dios mío. ¡Pero, pasa, hombre! Que te vas a helar. -Se apartó de mí y tiró de mi brazo, arrastrándome hacia el interior de la casa. Cerró la puerta de la calle, me sonrió y, poniéndose de puntillas, me plantó un beso en la boca-. ¡Qué alegría!… ¡Pat! -gritó, volviéndose hacia el salón.

– ¿Qué pasa? -Con un periódico en la mano, Patrick se asomó desde el cuarto de estar. Bajó el periódico, se apoyó en el quicio de la puerta y se quedó callado, sonriendo.

Repentinamente, mis cuatro sobrinos entraron en tromba en el vestíbulo y se lanzaron sobre mí. Mi ahijada llevaba puesto el corpiño de baile que le había regalado unos días antes.

– ¡Eh! -exclamó, riendo, Tina-. ¿Queréis dejar en paz al tío Chris?

– ¿Te vas a quedar? ¿Te vas a quedar? -preguntaron todos a coro.

– Claro que sí. Me voy a quedar. Luego, me daré un baño bien caliente y, mientras me lo doy, os contaré mi última aventura.

– ¡Uy! -dijo Marta-. ¿Vas a estar desnudo? -Y se llevó una mano a la boca.

– Claro, pero, como me lo voy a dar con espuma, no me veréis… Hale, a trotar por ahí -dije, empujándoles suavemente.

– Ven para acá -dijo mi hermano-. Siéntate y cuenta, que nos has tenido sobre ascuas.

– No hay mucho tiempo, Pat. Estamos en una carrera contra reloj… -Me puse serio-. Encontré a Pedro, ¿sabes?

Me miró fijamente y no dijo nada. Luego, me dio una palmada en la rodilla. Tina, sentada a mi derecha, suspiró y dijo:

– ¿Quieres tomar algo?

– Dame un whisky con agua, anda…

Se levantó a servirme la bebida y, desde la cocina, gritó:

– ¡No habléis de nada hasta que yo vuelva!

Sonreí. Cuando finalmente tuve el vaso en la mano, dije:

– ¿Sabes, Pat? También averigüé quién mató a Alcom Aspiner.

– La chica, ¿eh? -Mi hermano levantó la barbilla.

– La chica -contesté, asintiendo con la cabeza-. Fue tal y como lo imaginaste. Está en Costa Rica. Cogió un avión de vuelta desde Nueva York la noche en…

– ¿Que has estado en Costa Rica? -interrumpió Tina.

– Sí, señor, allí he estado.

– ¿A buscar a la chica?

– No, mujer… Todo ha sido una casualidad, un lío de coincidencias en el que me ha metido precisamente éste -dije, señalando a Pat.

Y les conté toda la historia, tal y como yo la conocía. Apenas omití un detalle o dos. No me interrumpieron. Sólo al terminar, Tina dio un silbido y dijo:

– Caray, Chris, parece como de novelón de la tele. Menudo jaleo.

– Desde luego -dijo Pat-. Y ahora te faltan dos cosas por hacer, ¿eh?

– ¿Dos? -pregunté.

– Humm. Primero, tienes que localizar al traidor de Washington.

Asentí.

– ¿Y segundo?

– Y segundo, tienes que impedir que el Club siga haciendo el bestia, oye, que estos tíos acaban con nosotros.

– ¡Hombre, Pat! Eres la primera persona sensata con que me encuentro en los últimos tiempos.

Puso cara de sorpresa.

– Tú, igual que yo, eres partidario de castigar al Club. Todos los demás, incluidos Tom Perkins…

– ¿El senador? -preguntó Tina.

– El senador… Johnny Mazzini y Larry Staines opinan que es una locura y que no se puede hacer.

– ¿Por qué?

– Porque son demasiado fuertes y porque dicen que no serviría de nada. Larry dice que se reirían de mí…

– ¡Sí, seguro! Con unos artículos tuyos en el New York Times se iban a reír seguro.

– Un momento -dijo Tina-. Eso que dice Larry no me parece una tontería. Esta gentuza parece muy fuerte, ¿cómo os diría?, dan miedo, ¿no?… Son capaces de… de cualquier cosa. Oye, que os matarían… Y además, seguro que tienen recursos para reírse de vosotros.

Pat y yo nos miramos en silencio. Levanté la cabeza y saqué el paquete de cigarrillos de mi bolsillo. Encendí uno y, con él en los labios, dije:

– ¿Sabéis lo que dice del Club Tom Perkins?

– ¿Qué?

– Que no se les puede derrotar porque ellos son los Estados Unidos. -Eché el humo por la nariz.

– Por lo menos, podrías hacerles la pascua, ¿no?

– ¿Por ejemplo?

– Por ejemplo, borrando la memoria del computador de Aspiner.

– Eres un sabio, Pat. Lo mismo dice Larry. Pero, ¿cómo entramos en la cámara acorazada?

– Lo tengo pensado, Chris. No es muy legal y cuesta subir veintiún pisos a pie, pero se puede hacer.

– ¿Ah?

– Sí hombre, no me mires así. Se puede hacer. Tú déjame a mí. Sólo tenemos que esperar a la señal.

– ¿La señal? ¿Qué señal?

La Abuela.

Levanté una ceja y me quedé callado. Tina se frotó las manos.

– ¿Queréis cenar?

– Estoy hambriento -dije-. Mira, mientras preparas la cena, me voy a dar un baño.

Estaba escrito que no cenaríamos esa noche ni que yo me iba a dar un baño. Sonó el teléfono. Pat alargó el brazo y descolgó el auricular. Escuchó durante un momento sin hablar, mirándome fijamente, y, finalmente, colgó.

– Vamos -dijo.

– ¿La Abuela opera por transmisión de pensamiento o qué?

– No, la Abuela me llama cada vez que entra Nick Lattimer en el dúplex de Aspiner… Le dije que esperaríamos a que volvieras tú.

– Pues vamonos.

– ¿Llevas la pistola?

– En mi bolsa de viaje está.

Tardamos quince minutos en llegar al rascacielos de la calle 51. Aparcamos el coche de Pat en la esquina de la Primera Avenida y nos acercamos andando hasta donde estaba una camioneta azul, detenida en frente de la puerta de entrada del edificio. La camioneta no tenía más ventanillas que las del asiento del conductor; el resto estaba herméticamente cerrado a las miradas de curiosos. Pat dio tres golpes en la portezuela trasera e, inmediatamente, ésta se abrió.

En el interior, a la luz difusa de una bombilla azul, podía distinguirse una repisa metálica que ocupaba todo un costado de la camioneta. Sobre ella había un considerable número de aparatos electrónicos, monitores e, incluso, un pequeño receptor de televisión.

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