Fernando Schwartz - Al sur de Cartago

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Un Famoso Fotógrafo Bélico Intenta Descubrir Las Claves De Una Gigantesca Conspiración A Escala Internacional.

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Después de andar un centenar de metros, finalmente, coronamos un repecho de lava. Frente a nosotros había una gran extensión llana y, al fondo, cortado abruptamente, podía distinguirse el enorme boquete del cráter. Más allá, a lo lejos, se veía el valle de San José, estrecho y verde, y, en el horizonte, una cadena de montañas azules.

Una sola figura estaba inmóvil, de espaldas a nosotros, al borde del cráter. No se le veía muy bien porque nos separaban unos doscientos metros de él, pero era evidente que iba vestido con un uniforme de campaña verde y marrón.

Siguiendo el camino, nos bajamos del repecho y empezamos a andar por la explanada.

A medida que nos acercábamos, empezó a latirme el corazón más deprisa. Aquella figura, alta y poderosa, me resultaba vagamente familiar y, de repente, supe, sin lugar a dudas, con absoluta y terrible certeza, de quién se trataba. Noté que se me hinchaban las venas del cuello. Agarré el bastón con más fuerza y, por un momento, cerré los ojos sin dejar de andar.

Hacía viento. Lo notaba silbar en mis oídos y levantar a lo lejos torbellinos de polvo. Vi que Paola me miraba con curiosidad.

Como si nos hubiera oído a pesar del viento, el hombre del cráter se volvió de golpe. Siempre le había gustado demostrar que tenía un sentido felino de la anticipación.

Pedro.

Juro que vi rojo, como si una nube de sangre me hubiera enturbiado las pupilas. Creí que iba a ahogarme y, durante unos segundos, fui incapaz de respirar. Me latían las sienes y me dolía la nuca. Sentí que jadeaba.

Me parece que di un grito salvaje, como el de una fiera herida.

Paola empalideció, comprendiendo de repente quién era su comandante Ernesto. Levanté la mano izquierda y la empujé por el hombro, apartándola de mi lado.

Se me llenó la boca de bilis.

Pedro estalló en una carcajada estentórea y levantó los dos brazos; en el derecho llevaba su machete.

– ¡Mi amigo Christopher! -exclamó, riendo -. Mi amigo Christopher, el traidor. Te he estado esperando… Sabía que me acabarías encontrando. -Se pasó la lengua por los labios -. Te he estado esperando.

Di unos pasos más y me detuve frente a él, a unos metros, al borde del cráter. Miré hacia abajo y, muy al fondo, podían verse unas grietas de lava incandescente, de las que estallaban burbujas parduzcas y humeantes. Hasta nuestros oídos subía un ruido, como un rugido, tenebroso y bronco.

– Te espera el infierno allá abajo, traidor -gritó.

No dije nada.

Respiré hondo y noté que me invadía un frío de hielo. Dejé de temblar y se me apaciguó la respiración. Había llegado mi hora.

– Sigues sin hablar, ¿eh? -Enarboló el machete y amagó dos grandes cortes en el aire-. Da igual. Vamos a terminar lo que empezamos en el wadi, ¿eh?

Dio dos pasos hacia mí y se detuvo, riendo. Muy despacio, levantó el brazo en ángulo recto. La punta del machete estaba apenas a un metro de mi estómago.

Me quedé totalmente inmóvil. Oí la voz de Dennis gritándome que doblara las piernas, que ése no era modo de esquivar, que lanzara el cuerpo hacia adelante, más, más, más, ¡más!

Miré a Pedro a los ojos y esperé a que se le entrecerraran, anticipando la decisión de echarse sobre mí.

Iba a ser cuestión de una décima de segundo.

¡Ahora!

Hice dos cosas simultáneamente: separé mi pierna izquierda y, doblando la rodilla hacia el suelo, incliné todo el cuerpo sobre ella. En el último instante, Pedro intentó corregir la dirección de su machete y el filo me rozó el brazo. Pero ya tenía comprometido el movimiento y perdió el equilibrio. Dio un ligero traspiés, al tiempo que yo apretaba un pequeño botón que había justo debajo de la empuñadura de mi bastón. Todo el fuste saltó, impulsado por un resorte y debajo apareció una finísima hoja de acero, tan fina como la de un florete. Sólo que más rígida. Tenía el brazo doblado y, a unos centímetros de mi pierna derecha, estaba el hombro derecho de Pedro. Estiré el brazo y le di un golpe en la clavícula con el filo de mi arma.

Soltó una exclamación sorprendida. No pude haberle hecho mucho daño porque no había espacio suficiente para imprimir fuerza al golpe, pero le hice perder la estabilidad y tuvo que apoyar una rodilla en tierra.

Con el mismo movimiento de regreso del brazo, le atravesé el hombro. Pedro dio un grito de dolor y cayó de espaldas. Su machete estaba en el suelo, unos metros más allá. La camisa se le llenó de sangre.

Suspiré y sentí que se me agarrotaba el estómago, pero estaba exultante. Me puse a reír y, en el espacio de un segundo, le atravesé el muslo. Dio un rugido de dolor. Intentó levantarse, pero apreté el pomo del bastón contra el suelo y lo removí. Se retorció de dolor y, echando la cabeza hacia atrás, aulló como una bestia agonizante.

– ¿Qué dices ahora? -pregunté riendo-. ¿Qué dices ahora? jAhora vas a pagar! -Saqué la hoja de su muslo y se le desbocó un chorro de sangre-. ¡No te mueras aún! -Levanté el brazo y, cuando me disponía a clavarle el bastón en el pecho, sonó un disparo.

El cuello de Pedro se abrió como un florón y dejó de moverse.

Me volví de un salto, con el bastón en ristre, dispuesto a atacar a quien me estaba robando mi venganza.

Staines, con las piernas separadas, aún sujetaba su pistola con las dos manos. Varió la dirección del arma y me apuntó. Bajé el bastón.

Unos metros más allá, Paola estaba quieta, con los ojos muy abiertos y las dos manos tapándole la boca.

Staines bajó la pistola y se acercó hasta donde estaba Pedro, caído al borde del cráter. Le miró y, luego, metió la punta de su zapato entre el cuerpo y el suelo. Con un esfuerzo, empujó y le hizo rodar sobre sí mismo, hasta que, muy lentamente, empezó a deslizarse por la ladera del cráter. Sin un ruido, Pedro desapareció en el vacío. En la arena quedó un gran charco de sangre.

– Ya has tenido tu venganza -dijo Staines -. No eres una bestia. No te pongas a su altura. -Me miró y chasqueó la lengua.

Solté el bastón y me acerqué a Paola. No sé por qué lo hice, pero me abracé a ella. Empecé a temblar y la garganta se me rompió en un sollozo.

Como si fuera un niño pequeño, Paola se puso a acariciarme suavemente la nuca.

Me hubiera gustado preguntarle a Pedro cómo había sabido en el wadi Ramm que yo le había traicionado.

Nadie nos molestó. Nadie nos disparó ráfagas de ametralladora desde los cuatro puntos cardinales. Pedro había sido tan fatuo que había acudido solo a la cita.

CAPITULO XXIII

Separándola con las dos manos apoyadas en sus hombros, miré fijamente a Paola. Había en sus ojos una especie de ternura y miedo y creo que, en ese momento, comprendió lo que habían sido mis dos años sin Marta, mi búsqueda de Pedro, el hervor de mi sangre con el ansia de venganza. No me parece que mi semblante fuera una visión agradable. Meneó la cabeza de derecha a izquierda varias veces y la mata de pelo le cayó sobre la frente. Apartó mi brazo de su hombro y, con el dorso de la mano, se empujó el pelo hacia atrás.

– ¿Quién es? -preguntó, señalando a Staines con la barbilla.

– ¿Larry? Larry es mi ángel de la guarda.

Staines chasqueó la lengua sobre el palillo y, avanzando prudentemente un pie, se asomó al cráter y miró hacia abajo. Sacudió la cabeza y, luego, se dio la vuelta y echó a andar hacia el repecho. Paola miró a su alrededor y, cuando los hubo localizado, se inclinó y recogió el fuste y el espadín, con exagerado cuidado de no tocar la sangre; encajó el uno en el otro y me entregó el bastón reconstituido.

Nos pusimos a andar en pos de Staines. A medida que avanzábamos, me iba sintiendo físicamente peor; la retirada de la adrenalina siempre tiene el mismo efecto.

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