Fernando Schwartz - Al sur de Cartago
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– No se preocupe por mí… Me pregunto si el comandante Ernesto ha logrado averiguar dónde están los misiles, aunque Aspiner no tuviera tiempo de contárselo…
– Eso es lo malo. Sí le dio tiempo. -Apretó los labios-. Cuando llegué a Nueva York, ya lo había hecho. Me enteré al volver a Costa Rica… No me dio tiempo a detenerle -añadió con desesperanza.
Chasqueé la lengua.
– Vaya por Dios… O sea que el comandante está listo y lo único que espera es a que le llegue el técnico libio, ¿no?
– Sí.
– ¿Y cómo va a conquistar el emplazamiento de los misiles? Imagino que están bien protegidos.
– ¡Qué va! No olvide usted que Costa Rica no sabe nada de todo esto. Los gringos tampoco pueden tener aquí un regimiento. No… Son sólo unos cuantos. No será difícil.
– Humm. ¿Ha pensado cómo voy a llegar hasta el comandante Ernesto? Quiero decir, ¿cómo me va a llevar usted hasta él sin que me detengan antes sus hombres?
– Nada más fácil. Ya le he hecho saber que está aquí Christopher Rodríguez, un periodista del New York Times y que le quiere entrevistar. El mensaje de contestación es que esperemos aquí hasta que nos vengan a buscar. -Se puso de pie y se estiró-. Me voy a dar un baño.
Estuvimos en el bungalow algo más de veinticuatro horas, durante las cuales me dediqué a la vagancia más absoluta. Hablábamos poco, alguna vez coincidíamos en la playa, incluso en una ocasión, como dos buenos compañeros, nos desafiamos para ver quién nadaba más deprisa hasta la punta de la barra.
Paola era buena compañía. Buena compañera de silencio, como le había dicho la noche antes. Me hubiera gustado que Marta la conociera. Se habrían divertido juntas, tomándome el pelo. De vez en cuando, Paola me miraba con una expresión traviesa y me gastaba alguna broma, alegre y desenfadada. Otras veces, yo me iba andando lentamente hasta el fondo de la playa, hasta la línea de palmeras, añorando a Marta con verdadera ansia física, doliéndome de que no estuviera conmigo disfrutando de este paraíso. La primera ocasión en que me di ese paseo, al llegar al final de la playa, oí un chasquido; no era el ruido de una rama rota o de una hoja pisada; fue un sonido ahogado, como el de una lengua moviéndose sobre un palillo de dientes. Me volví hacia el arbusto más próximo.
– ¿Estás ahí? -pregunté.
– Aquí estoy -contestó, en voz baja, Staines -. Hace un calor del carajo. ¿No tendrás una cerveza a mano?
– No. ¿Qué pasó en Washington?
– ¡Bueno! -Me hablaba desde detrás de una palmera, sin asomarse, para que nadie pudiera verle. Me había puesto de espaldas a la casa, mirando al mar -. Ni te lo puedes imaginar. No es que seas el hombre más popular del Distrito de Columbia, Chris. Vino Gardner en persona a ver lo que había pasado. No quería creerse que la bomba te estaba destinada y está seguro de que, por alguna razón, la pusiste tú…
– Es idiota…
– Hombre, no me descubres nada nuevo.
– Pobre Nina.
Estuvo un rato en silencio.
– Hice reponer los cristales de tu casa -dijo, por fin-, y me llevé los cuadros a la mía… Cuéntame. ¿Qué pasa aquí?
Le expliqué brevemente lo que había ocurrido desde mi llegada a San José. Staines es más listo que el hambre y no necesita demasiadas explicaciones. En lo que a mí concierne, tiene una virtud fundamental: por razones que ignoro, siente por mí el cariño de un hermano mayor. Siempre ha estado silenciosamente a mi lado en las ocasiones en que, solo y desamparado, necesitaba una presencia amiga. Es de esas personas que hacen que no se sienta la necesidad de mirar por encima del hombro, vigilándose la espalda. Pero, solamente está ahí cuando no hay nadie más. Es un tipo extraño, Staines. No sé nada de su vida, ni si tiene mujer e hijos o amigos. Ni si le gusta la pesa o el baseball. Nada. Un tipo raro.
– El comandante Ernesto, ¿eh? Cuidado con él. -Y desapareció.
Paola y yo pasamos una velada agradable, charlando de mil cosas, de nuestras experiencias, de lo que habíamos hecho cada uno en la vida. Le conté algunas aventuras, el porqué de mi obsesión con la fotografía, mis teorías sobre el periodismo y los espías. Qué sé yo. Dudando un poco, con mucho cuidado, me preguntó por Marta, por cómo la había conocido, por lo que habíamos hecho juntos. Y, por una vez, no me importó nada rememorar en alta voz mi añoranza. Así es Paola de sencilla y directa. Una noche apacible y absolutamente memorable. Muy tarde ya, se levantó y anunció que se iba a la cama.
– Su habitación está en el fondo del pasillo, a la izquierda. En el baño hay cosas para afeitarse. No será la mejor cuchilla que haya utilizado en su vida, pero bueno… Son de mi padre. ¿Quiere un cepillo de dientes?
– Asentí.
– Le presto uno. -Entró en su habitación y, a los pocos segundos, salió con un cepillo en la mano-. Tome… Buenas noches.
Dormí como un lirón, sin despertarme y sin soñar.
Muy temprano por la mañana, sonó un teléfono en alguna parte de la casa. Oí que Paola hablaba pero no pude distinguir lo que decía. Me levanté y me puse el traje de baño que había encontrado la tarde antes en un cajón. Salí al pasillo.
– Buenos días -dije.
– Hola -me contestó Paola, desde la cocina-. ¿Qué tal ha dormido?
Fui hasta allí.
– Como una marmota. Me voy a dar un baño.
– No tarde mucho… Prepararé café. Nos tenemos que ir en seguida. -Le brillaban los ojos de excitación. Tenía puestos un pantalón largo y una camisa.
– ¿Ah?
– Me han telefoneado. El comandante Ernesto nos espera… ¿Ya ha pensado en lo que va a hacer?
– No.
CAPITULO XXII
Pues, después de todo, acabé haciendo mi excursión al volcán Irazú aquella mañana.
Paola me explicó que el comandante Ernesto nos esperaba en la cima y que allí podríamos hablar. Muy dramático. Me sentí vagamente inquieto, porque no llevaba mi pistola; me la había dejado en el hotel el día anterior. De todos modos, no me veía yo desenfundando el revólver como en el oeste. El comandante debía estar tan protegido, que un gesto mío desencadenaría, con toda seguridad, varias ráfagas de ametralladora desde todos los puntos cardinales. Adiós, Christopher Rodríguez.
Al Irazú se asciende por una carretera pintoresca que arranca desde Cartago. Pasamos por la vieja capital colonial sin detenernos. Lo cierto es que tiene poco que ver; unas calles, casas de pueblo, tejados de cinc color ladrillo, y, en el centro, las ruinas de la antigua catedral. Son lo único que queda de la ciudad española de otrora; el resto lo destruyó un terremoto. A través de las ventanas ojivales de la derruida iglesia, se ve un patio interior, lleno de plantas y de verdura. Por las heridas de la piedra, han crecido buganvillas de todos los colores y los hules y las palmas lucen grandes hojas de un verde jugoso e intenso.
Después de dejar Cartago atrás, durante un buen rato bordea la carretera una vegetación tropical y húmeda que, poco a poco, se va transformando en un paisaje casi alpino, con vacas pastando y pinos en la lontananza. Y, repentinamente, tras una revuelta del camino, la vegetación desaparece y todo lo invade una tierra marrón oscuro, salpicada de grandes rocas de lava; no queda ni un arbusto.
Cuando alcanzamos la explanada final, no eran ni las nueve de la mañana. El sol lucía con fuerza y unas cuantas nubes muy blancas empañaban el azul del cielo. Paola detuvo el coche.
– Aquí es -dijo-. Ahora tenemos que subir un poco. ¿Qué tal el pie?
Levanté mi bastón con una sonrisa.
– Tengo un fiel aliado. ¿Vamos?
Suspiró. Nos bajamos del automóvil y nos pusimos a andar lentamente por un camino, que se distinguía del resto del paisaje sólo porque las pisadas de la gente tenían más aplastada la tierra. Miré hacia arriba. No se veía un alma y tampoco me parecía que hubiera mucho sitio para esconderse.
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