Fernando Schwartz - Al sur de Cartago
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– Muy fácil. Tengo el computador de Aspiner. Es toda la prueba que necesito.
– Perfecto. Usted cuenta al mundo que al sur de Cartago hay un racimo de misiles y la avalancha por el oro de California va a parecer un juego de niños. ¿No lo entiende? Todos, ¡todos!, acudirían como abejas a un panal de miel: guerrilleros, policías, nicaragüenses, la ONU, los mercaderes de armas y, sobre todo, los Estados Unidos. Los Estados Unidos tendrían que intervenir y no dejarían piedra sobre piedra. Desde luego, la suya sería una venganza sonada. Usted salvaría su honor y morirían centenares de miles de personas. Moriríamos todos, pero su ego quedaría satisfecho…
Me encogí de hombros
– Y el suyo -respondí-. Tendrían ustedes su revolución, ¿no?
– ¿Usted no me escucha cuando hablo? -preguntó con voz casi estridente -. No queremos que arrasen al país. Queremos salvarlo… queremos… queremos un país pacífico y próspero…
– ¿Eso quieren los comunistas… Moscú? ¡Venga ya! -Hice un gesto despectivo con la mano.
– ¡Sí! Y los costarricenses. -Sacudió la cabeza. Hubo un largo silencio.
– ¿Por qué lo hace? -preguntó Paola, por fin, con voz tranquila.
– Es una cuestión de moral… pura cuestión moral.
– Me encantan las cuestiones de moral en las que acaba muriendo hasta el apuntador -dijo Staines.
Paola le señaló con el dedo.
– ¿Oye usted a su amigo? Saboreará usted su triunfo sentado sobre una pila de cadáveres.
– Una cuestión de moral -repetí tercamente -. No se les puede dejar que se salgan con la suya.
Con un tono de voz casi inaudible pero melodramático, Paola dijo:
– No se saldrá usted con la suya, señor Rodríguez.
Se levantó del sofá y, muy pausadamente, fue al aparador. Dándonos la espalda, abrió un cajón. Como si fuera la cosa más natural del mundo, se dio la vuelta sujetando en su mano un enorme revólver. Últimamente, todos los revólveres que estaba viendo eran enormes. El cañón me apuntaba directamente a la cabeza. Casi me reí, pero luego me lo pensé mejor y no moví un músculo. Moverse, en estos casos, suele ser fatal. Paola sujetó el arma con las dos manos y dobló ligeramente las rodillas, poniéndose en perfecta posición de disparo.
Staines no había cambiado de postura y, cuando habló, lo hizo en tono neutral y tranquilo.
– No haga tonterías y deje la pistola, ande. Esas cosas suelen dispararse, ¿sabe?
No se había movido y, sin embargo, en sus palabras había una amenaza tan clara que el ambiente se cargó de electricidad. Paola vaciló y, en ese momento, supe que no iba a disparar. Habíamos estado bien cerca de la tragedia, sin embargo; estas situaciones de histeria tienden a irse de las manos. Respiré profundamente y la tensión se relajó de golpe, como si de pronto hubiéramos abierto una válvula de aire.
– No me dé esos sustos, Paola… -dije.
Bajó la cabeza y se mordió los labios. Miró el revólver con curiosidad, casi como si le sorprendiera verlo en sus manos. Puso el seguro y, con mucho cuidado, lo colocó encima del aparador. Juntó las manos, dio dos pasos y volvió a sentarse. Todo había ocurrido en unos segundos, pero me había parecido una eternidad. Paola, sintiéndose en ridículo, enrojeció violentamente.
Staines chasqueó la lengua. Conociéndole como le conocía, estuve seguro de que había estado apuntando a Paola todo el rato.
– Chris, hombre -prosiguió como si no hubiera pasado nada -, tus amigos del Club se van a salir con la suya de todos modos. ¿Tú sólito contra ellos? ¡Vamos, hombre! Te aplastarán como a una hormiga. Y, además, al final de todo, habrán conseguido lo que quieren. Tendrán a una Centroamérica arrasada, que es lo que deseaban para empezar. ¿Y crees tú que los Estados Unidos van a permitir que se hundan todos los poderosos? ¿Todos los que enriquecen al país? -Soltó una carcajada-. Venga, hombre. Y, además, te dejarán en ridículo.
Me levanté de golpe.
– ¿Pretendéis que me vaya de aquí con un amigo menos, con una amiga muerta y con un enemigo asesinado, y que quede todo igual?
– Al menos, habrás tenido tu venganza. ¿No era lo que querías? ¿No querías vengarte de Pedro?
– Tom Perkins me dijo que no había quién pudiera con ellos -murmuré. Les miré a los dos -. ¿No os dais cuenta de que no puedo aceptar esta clase de derrota? No voy a poder vivir sabiendo que el Club campa por sus respetos tan ricamente.
– Pues vete a otro sitio, amigo mío, a vivir como te dé la gana, sin pensar en ellos, porque esta batalla la has perdido.
– No tiene remedio -dijo Paola-, pero, por lo menos, vamos a quedarnos como estábamos.
– Hasta la siguiente vez, ¿no?
– Pues sí, señor Rodríguez. Hasta la siguiente vez. Eso es lo que habremos ganado: unos meses de tiempo, unos años de respiro. No podemos pedir más.
– Siempre puedes volver a Nueva York y borrar la memoria del computador que hay en el dúplex de Aspiner -interrumpió Larry -. Es un modo como otro de hacerles la pascua…
– … Humm… y de evitar que den la información del emplazamiento de los misiles a otro guerrillero -concluyó Paola.
– Lo harán en cuanto se enteren de que te has cargado a Pedro.
– Sí… hay que darse prisa, aunque durante días, Pedro, simplemente, habrá desaparecido. Ni saben que el señor Rodríguez está en Costa Rica.
No dije nada. Me di la vuelta y salí del salón al porche. Hacía mucho calor. Empujé la puerta de rejilla y me dirigí al camino que bajaba al mar.
Cuando llegué a la playa, me senté en la arena, agarrándome las rodillas con los brazos, y me puse a contemplar el mar que, con la anochecida, empezaba a volverse de color índigo.
Estuve así mucho tiempo, mirando a lo lejos, pensando en mi velero, añorando el golpe del viento en las velas, la sal sobre la piel, el balanceo rítmico y poderoso del casco sobre el agua. Suspiré profundamente y volví la cabeza.
A dos metros de mí, de pie e inmóvil, mirándome, estaba Paola, totalmente desnuda. Tenía una pierna levemente adelantada y los brazos le colgaban a lo largo de los costados. La armonía de aquel cuerpo, la belleza y sensualidad de sus líneas, me dejaron sin habla. Las clavículas se le dibujaban finamente bajo la piel tersa de los hombros. Los pechos, firmes y más grandes de lo que me había parecido entrever el día antes, los muslos, largos y musculosos, toda su anatomía daba una sensación de poder y elasticidad.
Me levanté.
– No le iba a matar, ¿sabe? Pero, estaba furiosa y…
Se interrumpió. Di un paso hacia adelante y, sin quererlo realmente, alargué mi brazo derecho.
No recuerdo muy bien cómo ocurrió, pero, de pronto, me encontré abrazándola y sorprendiéndome de la increíble suavidad de su piel. Aparté la cara para mirarla; tenía en su semblante una expresión de ansiedad. Frunció el ceño. Muy despacio, me incliné y la besé.
Sentí que un viejo fuego olvidado se me reavivaba en el estómago y, de manera completamente natural, apareció delante de mí la imagen de Marta. ¡Dios! ¡Era a Marta a quien añoraba, era su cintura la que quería estrechar, eran sus labios los que quería tener sobre los míos! De un golpe, se me heló la sangre y noté que todos mis músculos se tensaban.
Me separé de Paola y estuve un rato mirándola sin verla. Bajé la cabeza con una violenta sacudida.
Cuando alcé de nuevo la vista, en su cara había una mezcla de dolor y de sorpresa. Estaba sorprendida consigo misma, me parece.
– Lo siento -dijo en voz baja -. Lo siento. Usted… usted me llena de confusión, me desestabiliza mi mundo… No sé…
Lentamente, se dio la vuelta y entró en el agua.
A la mañana siguiente, Staines había desaparecido.
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