Fernando Schwartz - Al sur de Cartago
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Apuntándole con el revólver, la Abuela se llevó a Lattimer. A los pocos segundos, regresó.
– ¿Me quieres decir de qué carajo estabas hablando? -preguntó-. Sonabas como si fueras un mafioso.
– Un pequeño truco bastante burdo, Abuela. Así le tenemos confuso durante un tiempo. Sugiriéndole que esto es una venganza de mafiosos, a lo mejor, le tenemos dando vueltas en redondo durante un rato y no le da tiempo a avisar al traidor en Washington, antes de que yo llegue hasta él.
– No sé muy bien de qué estás hablando, Chris.
– Verás: tenemos tres sospechosos. Una de tres personas dio la clave a Aspiner. Cada una de las claves es diferente… Vamos a averiguar quién fue.
– Ya. Vas a poner la clave y, uno por uno, los tres nombres. Cuando el ordenador te diga que está preparado para funcionar, será porque ha reconocido el nombre correcto que concuerda con la clave. Y tendrás a tu traidor.
– Exactamente.
Me quité la máscara de malla y me rasqué la nariz. Miré a la pantalla. La palabra "Ready" seguía luciendo tranquilamente.
Leí la clave en el pequeño marco de latón: "Diez espacios." Pulsé diez veces la tecla espaciadora. "Cuatro veces a." Lo hice. "Punto y aparte." Le di a la tecla. "Setenta y dos." Marqué un siete y un dos. "Diez espacios. Punto y aparte."
La pantalla seguía diciendo "Ready".
Muy lentamente, escribí "Henry fulton". Por encima de mi hombro, la Abuela dio un silbido.
La máquina no echó humo, no gritó, no hizo nada.
– Dale a la tecla de enter -dijo la Abuela.
Levanté la mano y acerqué el dedo índice a la tecla. Me quedé en suspenso durante unos segundos y, por fin, bajé la mano y pulsé la tecla.
Inmediatamente, en pantalla, una mano invisible empezó a escribir de izquierda a derecha: "La información no es correcta. No tengo autorización para ejecutar."
Respiré hondo.
La pantalla se apagó.
– ¿Abuela?
Por encima de mi hombro, la Abuela apretó unos interruptores; se encendió la pantalla y escribió "Ready".
Repetí la clave y, rápidamente, escribí "Henry Masters".
"La información no es correcta. No tengo autorización para ejecutar."
Me quedé absolutamente inmóvil.
– Carajo -dije.
– Es el tercero, ¿eh? -preguntó la Abuela, encendiendo nuevamente la pantalla.
Escribí la clave y, a continuación, "David Gardner". La palabra "Ready" desapareció. Una rápida línea de puntos verdes recorrió la pantalla y, finalmente, en su centro, en letras más grandes, apareció nuevamente "Ready".
El ordenador estaba listo para darme la información que quisiera. Toda la información secreta de los Estados Unidos.
Me recliné contra el respaldo de la silla. La Abuela se quitó la careta.
– Abuela, ¿cuánto tardarías en borrar esta memoria?
Me miró y se pasó la lengua por los labios.
– Unos diez segundos.
– ¿Toda entera? -pregunté, sorprendido.
– Sí, señor. Enterita. -Y soltó un graznido. La cara se le arrugó aún más. Estaba riendo.
– Pues, venga. -Me levanté para dejarle que ocupara mi sitio.
Se sentó y se puso a teclear frenéticamente. Un pitido agudo sonó en la sala. Unos segundos después, la pantalla se apagó definitivamente.
– Hala -dijo la Abuela -, a freír puñetas. -Y dio un nuevo graznido. Se levantó de la silla.
Me metí la mano en el bolsillo, saqué la pistola y enderecé el brazo. Apunté a la pantalla. Apreté el gatillo y el disparo sonó en aquella sala hermética y metálica como si hubiera sido el trueno del fin del mundo. La pantalla saltó hecha añicos y unos cuantos cables dieron un chisporroteo alegre y totalmente irrespetuoso.
– Vámonos -dije-. Ponte la máscara.
En el salón, los dos guardaespaldas y Lattimer estaban boca abajo en el suelo. Tenían los tobillos y las muñecas firmemente atados y la boca tapada. Todo artísticamente hecho con esparadrapo. Staines es un genio. Perfectamente inutilizados durante, más o menos, una hora. Justo lo que necesitábamos para desaparecer.
– Llévame al aeropuerto Kennedy -le dije a mi hermano. En la acera del terminal, me bajé del coche y me volví hacia Pat.
– Cuídate. Cuida a los tuyos. Ya te diré dónde estoy, ¿eh, viejo?
Sonrió.
– Le alegras la vida a cualquiera -dijo.
Me metí las manos en los bolsillos y estuve mirando el coche hasta que desapareció en el tráfico de salida. A mi lado, Staines dijo:
– Es un buen tío. ¿Vamos de caza?
CAPITULO XXV
Descolgué el teléfono y marqué el número de Pennsylvania Avenue.
– Diga.
– Soy Christopher Rodríguez.
Silencio. Luego, nuevamente:
– Diga.
– Tengo que volver. -Una tontería, para señalar que estaba en peligro y que necesitaba hablar urgentemente con John Lawrence.
– ¿Clave?
– Shipmaster. -Desde luego, nos inventamos unas cosas totalmente ridículas. -¿Scrambler?
– Está.
Hubo un ruido de conexión e, inmediatamente, al otro lado del hilo telefónico, sonó la voz de John Lawrence.
– Por Dios, Chris, ¿dónde estás?
– En Washington, John. Tengo que volver.
– ¿Necesitas cobertura ahora?
– No. Tengo que ver a Gardner. Es urgente, John.
– Está visitando a su madre.
John Lawrence era inocente. En caso contrario, no me hubiera dicho dónde estaba el bueno de Gardner. Respiré con alivio.
– Gracias, John.
David Gardner, modelo de hijos, tenía una costumbre totalmente atípica: una o dos veces al mes visitaba a su madre, en un hogar de ancianos en el que la tenía alojada. Me había opuesto muchas veces a estas excursiones: aunque eran un secreto bien guardado, me parecía ridículo que acudiera solo. Sus guardaespaldas se quedaban en el pueblo que está justo antes del gran parque del asilo y allí tomaban un café, esperando a que Gardner regresara de su visita. Solía tardar un par de horas.
Marqué el número de la embajada soviética.
– Embajada de la Unión Soviética, dígame.
– ¿Cómo dice? -pregunté, poniendo voz de sorpresa.
– Embajada de la Unión Soviética.
Reí.
– Le va a parecer mentira… Quiero decir que le pido perdón. Me he equivocado de número. Fíjese que quería llamar a la tintorería… -Imaginé los circuitos de la CÍA activándose como locos, los analizadores de voz, los micrófonos…
"Me temo que va a haber que darse prisa", pensé. La embajada me colgó el teléfono. Va quedando poca gente con buenos modales.
Volví a llamar a Pennsylvania Avenue.
– ¿John?
– Chris, ¿qué pasa?
– No puedo entrar en contacto con Gardner. -Puse voz de angustia-. Voy a Langley.
– ¿Masters?
– Masters. -Colgué.
Los lavabos del Club de Prensa de Washington están desgraciadamente tan sucios y destartalados como el resto del edificio, lo que es útil a la hora de tener entrevistas discretas: nadie los utiliza si no es absolutamente indispensable. Markoff se lavó cuidadosamente las manos. Me dio la espalda para secárselas y me miró a través del espejo del lavabo.
– Amigo mío -sonrió secamente-, el truco de la tintorería empieza a estar algo desgastado.
– Ha sido la última vez, Vladimir. -Levantó una ceja; me había comprendido bien -. Tiene usted poco tiempo. Le parecerá raro, pero, en este momento, Gardner está visitando a su madre en un asilo de ancianos en Virginia.
– ¿Sí?
– Hasta que salga del parque del asilo, estará solo.
Le di la dirección. Con total frialdad, acababa de condenar al bueno de Gardner a muerte.
– ¿Por qué me lo dice?
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