Fernando Schwartz - Al sur de Cartago
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Paola arrancó lentamente, tomando las primeras curvas con cuidado. Conducía sin decir nada y Staines nos seguía en su coche alquilado. Sentado en el asiento del pasajero, me encontraba francamente mal. Estaba seguro de que tenía fiebre. Alternativamente, rompía a sudar o tiritaba de frío y, entonces, el sudor se me helaba en la frente y mi cuerpo temblaba con violentos escalofríos. Me dolía el hombro derecho, supongo que por esfuerzo del primer golpe asestado a Pedro. Era curioso: no me había dado cuenta de la furia con que le había pegado.
Iba hecho una pena.
De vez en cuando, Paola torcía la cabeza y me miraba con aire preocupado. Cuando, por fin, llegamos al bungalow, me bajé del automóvil sin esperar siquiera a que estuviera completamente parado. Me dirigí al camino que baja a la playa y, al llegar a ella, sin detenerme, entré en el agua, vestido como estaba. Durante muchos segundos, estuve boca abajo, dejando que se me rizaran sobre la cabeza las pequeñas olas que rompían en la arena con un murmullo apacible. Después, me di la vuelta y estuve tiempo meciéndome en el mar.
Poco a poco, me fui tranquilizando y los latidos de mi corazón se serenaron. Me sentía mejor. Me puse de pie y volví a la arena seca. El agua me chapoteaba en los zapatos; me los quité y, con ellos en la mano, subí por el camino hacia la casa.
Staines, sentado en un sofá del salón, mordisqueando su palillo, ni me miró. Paola, en cambio, se puso de pie de un salto y vino hacia mí, con expresión angustiada.
– ¿Ve lo que le dije? -preguntó Staines con indiferencia-. No le pasa nada. Un baño en el mar y… como nuevo.
– ¿Cómo se encuentra? -preguntó Paola.
– Bah… Bien… Ya se me ha pasado.
– Hay un traje de baño seco en la habitación donde durmió usted. Póngaselo y venga aquí a tumbarse. -Señaló uno de los largos divanes -. ¿Quiere tomar algo?
– Hombre -contesté-. ¿Sabe lo que de verdad me apetece en este preciso instante?
– ¿Qué?
– Darme una ducha y tomarme un gigantesco jaibol. Staines chasqueó la lengua.
El primer whisky me lo bebí de un trago, sin sentarme. Con el segundo en la mano, me tumbé en el diván. Miré, primero, a Paola y, después, a Staines y levanté mi copa.
– Por los amigos muertos -dije con sarcasmo.
– No seas macabro. Me encogí de hombros.
– Qué más da.
– Bueno, asunto terminado -dijo Paola, juntando las manos. En su voz había una nota de satisfacción final. Separó las manos y apoyó la derecha en el asiento, pegada a su muslo-. Como dice Markoff, es usted peligroso y rápido. -Sonreí.
– Hombre… terminado… -interrumpió Staines-…, lo que se dice terminado… No sé qué decirle. -Estaba en su posición favorita: recostado contra el respaldo de su sofá, casi tumbado sobre él-. Chris, los misiles siguen ahí, al alcance del mejor postor… Los costarricenses siguen sin saber lo que tienen debajo del culo… Estamos como al principio y, un día de éstos…
– … va a llegar un técnico libio con la intención de corregir la puntería de esos cacharros -dije. Staines me miró con sorpresa.
– Gadafi, ¿eh? Asentí solemnemente.
– Gadafi, sí, señor.
– Vaya, ya me parecía a mí que no podía faltar éste… Bueno, pues más a mi favor.
– Ya me ocuparé del libio, no se preocupen -aseguró Paola. A juzgar por lo que había hecho con Aspiner, el técnico libio corría grave peligro. Paola hablaba con seguridad, como si fuera una directora de empresa y estuviera decidiendo, no de la vida de una persona, sino de la suerte que iba a correr un cargamento de tubos de acero. Era una fuente permanente de sorpresas, lo eran sus bruscos cambios de dureza a suavidad, de crueldad a preocupación…
– Lo que yo digo -insistió Staines -. No hay nada resuelto.
– Bueno, Larry, al menos no hay un guerrillero dispuesto a robar los misiles… -Me quedé pensativo-. A menos de que le hubiera comunicado su plan a alguno de sus lugartenientes.
– Miré a Paola inquisitivamente.
– No -contestó-, me consta que no. El comandante… -se interrumpió-. ¿Cómo se llamaba de verdad?
– Pedro Ortega.
– Pedro… Siempre le conocí como Ernesto… bueno, pues, Pedro nunca contaba sus planes a nadie. No quería delaciones.
– Carraspeó y añadió en voz baja-: Sólo a mí… este…
Por un momento no dije nada, esperando a que terminara la frase. A veces soy muy perverso.
– Bueno, pues entonces, como dice Larry, estamos como al principio de toda esta historia: nadie en Costa Rica sabe que hay misiles de cabeza atómica plantados al sur de Cartago; la CÍA tiene intención de desarmarlos a la primera ocasión que se le presente y yo… -sonreí-…, no tengo ninguna intención de dejarles que lo hagan.
Paola se enderezó con un sobresalto y Staines volvió la cabeza hacia mí, con una expresión de cortés curiosidad.
– ¿Qué quiere decir?
– Nada especial. Simplemente que no voy a dejar que se salgan con la suya.
Abrió mucho los ojos. Staines preguntó:
– ¿Quiénes?
– El Club, Larry, el Club. ¿O es que ya no te acuerdas? Oye, tenemos un traidor en Washington, una persona que se ha vendido a un misterioso Club, que está decidido a nacerle la pascua a esta pobre gente. -Señalé a Paola con el pulgar-. Esa gentuza ha causado demasiadas muertes. Nos han tenido… nos tienen, nos tienen, ¿eh?, al borde de una catástrofe. Lo intentarán de nuevo, Larry. No sé de qué os sorprendéis… Lo intentarán de nuevo. Sólo que no voy a dejar que lo hagan.
Paola se había puesto muy pálida y me miraba fijamente.
– ¿Y cómo lo vas a impedir? -preguntó Staines-, ¿Tú, el caballero de la blanca armadura, solo con tu lanza?
Hice un gesto negativo con la cabeza. -Con mi lanza, no, Larry. Con mi pluma… sólo con mi pluma.
Paola se revolvió furiosamente contra mí.
– ¡No puede usted hacer eso! -gritó.
– ¿Que no puedo? Ya verá usted si puedo -dije con irritación. No parecían entender nada; parecían querer ignorar la clase de personas con las que nos estábamos enfrentando-. Mire usted, Paola, a mí me acabará costando la vida… no me cabe la menor duda de que acabarán conmigo. Probablemente lo harán, pase lo que pase. Pero, al menos, a ellos les costará la ruina…
– ¿Y cómo vas a hacerlo?
– Vine a Costa Rica a escribir unos artículos… Pues, van a tener sus artículos. Voy a escribir una serie que recordarán para siempre.
– ¿Sobre el Club y su maldad? -preguntó Staines con socarronería.
– Sobre el Club y su maldad, sobre lo que pretenden, sobre…
– ¡No puede usted hacer eso! -repitió Paola, casi desesperadamente. Se había inclinado hacia adelante en su sofá, con el semblante tenso y los ojos despavoridos -. ¿No lo entiende? Eso sería el fin de Costa Rica. -Había una nota de súplica en su voz-. ¿No lo entiende? ¿No comprende que el escándalo provocaría la intervención de los Estados Unidos en Centroamérica?
– … Sobre sus métodos -continué obstinadamente, como si no hubiera oído. Me había ido poniendo progresivamente furioso y sentía un deseo imparable de destrucción; quería acabar con todo-. ¿Es tolerable que esa gente pueda campar por sus respetos, haciendo y deshaciendo vidas y haciendas y países? No señor. A poco que pueda, no voy a dejar títere con cabeza.
– ¿Títeres? No va usted a dejar a nadie, por Dios. ¿No comprende lo que pasará en cuanto usted revele que hay misiles en la cordillera de Talamanca? ¿Cómo es la historia?… El Club controla los Estados Unidos, los Estados Unidos quieren destruir Centroamérica, el Club entrega misiles a las guerrillas, las guerrillas destruyen Centroamérica. Muy bonito -dijo con ironía. Había decidido intentarlo por otro lado -. ¿Y me quiere usted decir cómo va a demostrar todo eso?
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