Mira a Marcos buscando respuesta, pero no la hay. Parece concentrado en la copa que sostiene entre las manos. «No puede ser -se dice-. Hace muchos años que murió, me lo contó él mismo, cuando compartíamos la desesperanza. ¡Qué broma más absurda!»
En ese momento, siente rabia contra Antonia, un sentimiento que sube del estómago hasta la boca. Está segura de que delira. Es una mujer exagerada, capaz de mentir para llamar la atención. Piensa que tiene que decir alguna frase contundente que sirva para poner las cosas en su lugar, que cierre el tema. Respira honda y exclama:
– Eso es imposible: los muertos están muertos. No quieras hacernos creer historias absurdas. -Hay un punto de terquedad en sus palabras, una voluntad inconsciente de proteger a Marcos, de salvarle de la posibilidad de que el pasado vuelva a abrirse como un abismo.
En ese momento, Gabriele interviene en la conversación. Es el único que no ha perdido la calma:
– ¿Es cierto? ¿Mónica no está muerta?
Los minutos transcurren con lentitud. Dana se da cuenta de que le tiemblan las manos. Hacía años que no percibía ese temblor, leve como el aleteo de un pájaro, imperceptible a los ojos de los demás, presente para recordarle su propia vulnerabilidad.
– Sí, es cierto. -La respuesta de Marcos es un murmullo.
– ¿Y qué piensas hacer? -Gabriele pregunta con suavidad, mientras Dana tiene la impresión de que el mundo se tambalea.
– Nada. No liare nada. Para mí, todo continúa como antes: hace nueve años, ocho meses y siete días que mi mujer se murió.
Se hace el silencio, pero hay muchas maneras de callar. Alguien puede enmudecer debido a la sorpresa. Es el caso de Gabriele, que no sabe qué puede decir, pero que mantiene las ideas claras, el pensamiento frío. También nos puede acallar el pánico. Dana tiene miedo. El miedo que creía vencido, abandonado en un papel en el Pasquino, vuelve para demostrarle que todo es incierto. La rabia a menudo deja sin palabras: Antonia siente que cien diablos le golpean el pecho. La ausencia va de la mano de la mudez. Como Marcos está lejos, no dice ni una palabra.
Podría haber sido una noche como otra cualquiera, una cena con vino y conversaciones. Se habrían divertido con los comentarios inteligentes de Marcos, con la mordacidad algo malévola de Antonia. Se habrían reído con las anécdotas de Gabriele y los chismes de Dana. Hubiera habido un breve espacio para las confidencias, cuando el alcohol les hubiera hecho efecto, porque ninguno de ellos es demasiado aficionado a confesar las debilidades del corazón. La sobremesa habría sido plácida. Una repetición de otras muchas escenas que constituían la vida cotidiana, la existencia alejada de inesperados sobresaltos. Se miran sin decir una sola frase que les sirva de consuelo. Cada uno interroga a los demás con la mirada, como si esperase unas palabras para aligerar el ambiente de tensión, pero no son capaces de mantener la compostura. El silencio es una forma de protección. Si hablaran, las emociones podrían desbordarse. Temen los llantos, los gritos, los reproches.
Cuando suena el teléfono, respiran casi al unísono. El sonido del timbre, que les resulta familiar, aporta un aire de normalidad. Gabriele se apresura a contestar. Satisfecho de tener una excusa para abandonar la compañía de los otros, sale al pasillo. Sus palabras, pronunciadas en un tono discreto, no los distraen. Están demasiado concentrados en sus propias obsesiones. Antonia mantiene el rostro oculto entre los brazos, incapaz de resistir los nervios. Dana pone una mano sobre el hombro de Marcos, que no reacciona. No se dan cuenta del cambio de actitud de Gabriele. Se ha apoyado en la pared, como si las piernas le fallaran. El rostro que no ven está lívido; tiene una tonalidad grisácea. Las palabras le salen entrecortadas; hace preguntas rápidas que alguien responde desde el otro extremo del hilo telefónico. El tampoco cuenta nada cuando entra en el salón. Los mira. No son necesarias las explicaciones, porque no hay preguntas. No les dice que era Matilde, que los llama desde la pensión para advertirles de que Ignacio está en Roma.
Hay ciudades que son escondrijos donde meternos cuando soplan malos vientos. Cuando Marcos y Antonia se van, Dana se queda sentada en el sofá, incapaz de decir nada. No ha asimilado la noticia que acaban de recibir. Tiene una sensación de fragilidad que resulta incómoda. Hace años que vive una existencia en la que cada pieza encaja en el lugar que le corresponde. No hay espacio para las sorpresas que transforman el esquema de su vida. En la puerta, mientras despedía a Marcos y a Antonia, ha intentado mostrar una sonrisa conciliadora. Pretendía transmitirles que no tenían que preocuparse, porque probablemente hubiera una confusión de identidad. Deben de ser víctimas de un absurdo malentendido. Mónica se fue muriendo muy lentamente en el corazón de Marcos. No era posible resucitarla cuando su amigo había aprendido a vivir con su ausencia. Una burla del destino para Antonia, para el hombre que querría proteger, incluso para sí misma. El olvido de su propio pasado va unido al olvido de Marcos. Los dos protagonizaron junto al Pasquino un ritual para borrarlo, una noche que parece muy lejana.
Mientras tanto, Gabriele se mueve por el piso. Deshace su equipaje, cuelga la americana en el armario. El hombre seguro de sí mismo se siente indeciso. Cuesta mucho reconocer que las cosas no son como quisiéramos. Se pregunta si tiene que decirle a Dana que Ignacio está en Roma. Quizá ella tiene derecho a saberlo. Pero ¿y él? ¿No es suya la responsabilidad de protegerla, de salvarla de un personaje que la destruyó? Tiene buena memoria. Se acuerda de la mujer que conoció hace diez años, desvalida. La ama con una pasión que nunca podría haber imaginado. Son felices en un mundo que tienen que preservar de estúpidos intrusos. Ignacio ha venido a despertar viejos fantasmas, pero él no se lo permitirá. Desde la habitación, levanta la voz y pregunta:
– ¿Recuerdas mi próximo viaje?
– Sí. -Ella hace un esfuerzo para controlar su mente-. Te vas pasado mañana.
– Se me acaba de ocurrir una idea.
– ¿Una buena idea?
– Estamos agobiados. No creo que te convenga soportar las histerias de Antonia durante los próximos días. Además, te noto cansada. ¿Por qué no adelanto la partida y salimos mañana mismo?
– Es cierto, he trabajado mucho estos últimos meses. Me convendría un viaje.
– Ferrara es una ciudad deliciosa. Nos podemos perder por sus calles tres o cuatro días, amor mío.
– Sí. -Dana vuelve a sonreír como antes-. Has tenido una gran idea. Llamaré al trabajo.
A la mañana siguiente cogen un vuelo con destino a Venecia. Después, un taxi hacia Ferrara. A la ciudad de la tierra y del agua, que nació en el delta del río Po, se llega tras recorrer un centenar de kilómetros. El campo tiene unas tonalidades verdes que le recuerdan las de Mallorca. Es un paisaje agrícola, con casas bajas, tierras de cultivo. De vez en cuando, el rojo de las amapolas. Es una ciudad tranquila, con calles adoquinadas. Nueve kilómetros de murallas renacentistas rodean su perímetro. Han reservado habitación en el hotel Duchessa Isabella. Lleva el nombre de Isabella d'Este, la hermana de Alfonso I, casado con Lucrecia Borgia. Los dos hermanos, refinados y cultos, competían por el arte. Eran grandes coleccionistas de pintura, mecenas de los mejores artistas de la época. El encanto de ese lugar quizá esté en la mezcla de arquitectura medieval y renacentista. El palazzo Massari tiene los jardines más bellos de Ferrara, el palazzo dei Diamanti está recubierto de piedras talladas como diamantes. Cuenta la leyenda que, entre los miles de diamantes de piedra, hay uno auténtico. Tiene las aristas relucientes y un valor incalculable. Está oculto en medio de las otras piedras, en un saliente de la fachada. Al obrero que lo escondió le sacaron los ojos para que no pudiera desvelar el secreto:
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