María Janer - Pasiones romanas

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En lugar de subir al avión que debe llevarlo de vuelta a su hogar, un hombre decide en el último momento desafiar al destino y emprender una travesía muy diferente. ¿Podrá recuperar en Roma a la mujer que dejó marchar años atrás? Ignacio no puede saber cuánto queda en Dana de la pasión que los arrebató y se truncó tan injustamente, pero prefiere el vértigo de esta decisión irreflexiva a la atonía en la que ha entrado su vida. Con esta inolvidable historia sobre la fascinación y el infortunio del amor, sobre los golpes ocultos del destino, María de la Pau Janer nos ofrece una magnífica novela, llena de sensualidad, de emociones y de personajes que alcanzan nuestra fibra más íntima.

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Hacía frío cuando regresaron a casa. Un aire ligero se metía a través de la ropa. Cogidos de la mano, desanduvieron las calles. Caminaban sin decirse nada, con una sensación de descanso que les daba alas. El día nacía en Roma. Una luz incipiente se posaba sobre todas las cosas; era un alegre amanecer. Marcos la miraba con una sonrisa. Ella sonreía también. No tenía la sensación de haberse pasado la noche sin dormir. No estaba cansada, ni tenía ninguna prisa. Como todavía faltaban unas horas para ir a la librería, se sentaron en un café y pidieron un capuchino. Dana le dijo:

– Gracias, nunca lo olvidaré.

– Mal hecho. -Sonreía-. Quiero que lo olvides. El Pasquino será un pacto entre los dos. No volveremos a hablar de ello nunca más.

– Aunque no lo mencionemos, sabremos que nos ha cambiado la vida.

– Nos ha servido para poner en claro ciertas ideas. Sobre todo a ti, que te sentías muy perdida. Vivir desconcertado siempre es un mal negocio.

– Mi vida ha cambiado: una ciudad nueva, un piso al que he tenido que adaptarme, un trabajo que no tiene nada que ver con el que hacía antes. Quizá son demasiados cambios.

– Recuerda que tú los buscaste.

– Sí, tenía que encontrar un lugar donde poder empezar de nuevo. Los espacios de toda la vida pueden convertirse en enemigos.

– Nuestros peores enemigos somos nosotros mismos.

– Es cierto. Creía estar escapando de los viejos fantasmas, pero los llevaba conmigo.

– Arrastrabas su carga.

– Los tenía pegados a mi piel. Ahora me siento más ligera.

– Pasquino se los quedó. Es lo que tienes que recordar siempre.

– Sí.

– ¿Qué harás? ¿Has tomado alguna decisión?

– Hay decisiones que hace tiempo que tendría que haber tomado. He ido retrasándolas, como se aplaza la vida cuando nos resulta incómoda. No sé si ya es demasiado tarde.

– ¿Demasiado tarde para la conversación que tienes pendiente?

– No sé si Gabriele querrá escucharme.

– Tienes que intentar hablar con él.

– Lo sé.

Aquella misma mañana marcó el número de su teléfono. Le dijo que tenía ganas de verle, que hacía un tímido sol en la piazza della Pigna. Le habló con voz insegura, porque hay reencuentros difíciles. Aunque no se habían dejado de ver, era como si se descubrieran de nuevo. Recuperar a quien hemos tenido siempre a nuestro lado resulta extraño: quiere decir mirarle con otros ojos. Significa permitir que el otro nos mire de forma distinta. Es ofrecernos sin excusas ni antifaces.

Dana se puso un vestido rojo. Lo había comprado en una tienda que anunciaba el buen tiempo. Tenía las mangas anchas y un escote de barco. Se pintó los labios con un toque de luz. En el espejo, veía reflejada la imagen de una mujer joven. Preparó una cena de pasta fresca y vino tinto. Puso un mantel de hilo blanco en la mesa del comedor. Colocó con esmero las copas, los platos con las cenefas de color dorado viejo, los cubiertos. En el centro de la mesa, dos rosas del mercado de las flores. Le recordaban los primeros paseos romanos, la sonrisa de Matilde, la vida que se estrena. A pesar de la noche en vela, se encontraba bien. Una serenidad nueva le hacía observarlo todo sin impaciencia.

Gabriele la miraba con curiosidad desde el umbral de la puerta. Se abrazaron. Desaparecieron los recelos antes de que pronunciasen una sola palabra. Los viejos fantasmas, que habían poblado el mundo, se marchaban lejos. Las nieblas, las dudas, la incertidumbre, todo ello convertido en un rastro imperceptible de polvo. Cuando la besó, ella fue consciente por primera vez de la intensidad del beso. No había las comparaciones absurdas que se imponen en la mente y que borran el instante convirtiéndolo en un calco de lo que se vivió en otro lugar y con otra piel. Ella se rió, mientras él recorría su cuerpo. Exploraba las cumbres y los valles. Hizo volar la camisa y los pantalones de Gabriele, mientras se sumergía en el descubrimiento de su cuerpo. Respiró su olor, y no apareció el de ningún otro interponiéndose. Rodaron por la cama, deshaciéndola, olvidada la cena sobre la mesa. Se amaron sin prisas, más allá del tiempo. A partir de esa noche, nunca hubo relojes en aquella casa. Intuían que les esperaban días felices. Él le dijo:

– Creía que nunca regresarías.

– ¿Regresar? ¿De dónde?

– No lo sé. Estabas cerca de mí, pero leía la ausencia en tus ojos.

– Nunca me marcharé, si tú no lo quieres.

– Te quiero. Te quise desde el momento en que te vi. Más que a nadie, más que a nada.

– Yo también te quiero.

Empezaron días venturosos. Un tiempo de complicidad, de vida intensa junto al otro. Gabriele se trasladó al piso. Llevó su ropa y sus libros, los cuadros, algunos muebles antiguos. Se repartieron el espacio mientras compartían la existencia. Todo el mundo se alegró: Marcos y Matilde, los compañeros de la librería, los amigos de él. Ella no se preguntó qué pensaría el hombre de la camisa amarilla. Desde lejos, oía su música. La fiesta de las marionetas se había transformado en un simple decorado de la piazza Navona. La vida real era otra cosa. Se levantaban temprano todas las mañanas. A veces, iban al mercado. Compraban fruta y verduras de muchos colores, porque Gabriele decía que la comida tiene que entrar por los ojos, además de por la boca. Trabajaban con energía. Él entre antigüedades, y ella rodeada de libros, cada vez más vinculada a las actividades literarias del Instituto Cervantes. Cuando volvían a encontrarse al atardecer, se contaban historias. Le telefoneaba para decirle que la amaba. Recorrían las calles de siempre. Se perdían por las plazas. Comían pasta y bebían vino en un restaurante que les gustara. Se dormían junto al cuerpo del otro. Notaban su respiración, se acariciaban la piel, guardaban los sueños. Fueron pasando los años. Hubo días de sol, días de lluvia. Proyectos que se cumplieron; otros que les enseñaron a vivir la derrota. Se amaron mil y una veces, lo que, según ciertas creencias, quiere decir hasta el infinito.

QUINTA PARTE

XXV

Han transcurrido diez años desde que llegó al Trastevere. El abrigo que llevaba cuando recorría las calles con una maleta es hoy un andrajo que no se pone nunca. Todavía debe de tener los bajos manchados de aquel barro que ningún producto podía limpiar por completo; un rastro de lluvia y de tristeza que se niega a recordar. Pertenece a otra vida e ignora por dónde anda. No sabe a quién se lo regaló en un momento que queda muy lejano. El piso ha perdido el aire de provisionalidad de los primeros tiempos. Se ha convertido en la casa que comparte una pareja que tiene buen gusto y ganas de vivir. Los muebles del salón muestran la solidez de las piezas escogidas con esmero. Hay buenos cuadros en las paredes, esculturas situadas en puntos estratégicos. El encanto que nace de la improvisación se ha transformado en armonía de formas. El conjunto es un reflejo de sus personalidades. Se respira el afán de orden de ella y el gusto por las proporciones de él. Comparten la devoción por los objetos antiguos, que han sabido combinar con acierto. Es una casa confortable. El diseño está presente en la cocina, en los complementos, en las luces. Se sienten bien, contentos de vivir en ese refugio romano. Ella ya no trabaja en la Librería Española. Se dedica a coordinar las actividades culturales que organiza el Instituto Cervantes de Roma. Es un trabajo intenso, que realiza con entusiasmo. El esfuerzo y la creatividad son las herramientas que usa para llevar adelante los proyectos que imagina.

Esta noche, Gabriele acaba de volver de un viaje de negocios a Barcelona. Está cansado, pero tiene el mismo aspecto jovial que a ella tanto le gusta. Ha tenido que estar mucho tiempo en el aeropuerto antes de coger el avión. Aunque está acostumbrado, las esperas cansan. Los aeropuertos le dan una impresión de inútil puente que se apresura en dejar atrás. Nunca le ha interesado observar el trasiego, de modo que se centra en sus pensamientos. En el momento en que termina las gestiones, le gusta volver a casa para encontrarse con ella. Cuando bajó del coche, descubrió que había perdido la cartera. Se lo tomó con sentido del humor, porque es difícil que algo pueda ponerle nervioso. Está acostumbrado a los imprevistos, a salir airoso de situaciones que parecen complicadas, a dar a las dificultades su justa medida. Se divirtió cuando ella le instó a que anulase las tarjetas de crédito, a que llamara por teléfono. Ha tomado las medidas oportunas, con esa sensación de calma que sabe transmitir, de confianza en sí mismo.

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