María Janer - Pasiones romanas

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En lugar de subir al avión que debe llevarlo de vuelta a su hogar, un hombre decide en el último momento desafiar al destino y emprender una travesía muy diferente. ¿Podrá recuperar en Roma a la mujer que dejó marchar años atrás? Ignacio no puede saber cuánto queda en Dana de la pasión que los arrebató y se truncó tan injustamente, pero prefiere el vértigo de esta decisión irreflexiva a la atonía en la que ha entrado su vida. Con esta inolvidable historia sobre la fascinación y el infortunio del amor, sobre los golpes ocultos del destino, María de la Pau Janer nos ofrece una magnífica novela, llena de sensualidad, de emociones y de personajes que alcanzan nuestra fibra más íntima.

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– ¿Te encuentras mejor?

– Estoy preocupada.

– ¿Qué le pasa a María?

– Su marido la ha dejado por otra mujer. Se hizo un silencio. Dana pensó que la vida es complicada, que se parece a un caballo salvaje. Las embestidas y los galopes, las caídas. Nadie puede escaparse. Miró a la gente que pasaba por la calle. Seguir el movimiento de los demás resultaba tranquilizador. Ellas permanecían quietas, calladas, mientras el mundo iba de prisa. Un poco más lejos, al otro extremo de la plaza, adivinaba una camisa amarilla.

Tuvo la tentación de ir hasta allí. Dejar a Matilde en el bar y ponerse frente al titiritero. Observar cómo movía los dedos, con la determinación que había envidiado antes, cuando ella no podía hacer un solo movimiento sin sentir un peso infinito en los brazos, en las piernas, en el corazón.

María había sido una mujer satisfecha de la vida. Habitaba un plácido universo que de pronto se rompió. «¿Debe de ser que sólo nos corresponden unas dosis de felicidad?», se preguntó Matilde, furiosa, al leer la carta. María había tenido la osadía de vivir contenta. Quién sabe si había agotado las horas felices que le habían asignado, en un extraño reparto. Disfrutaba con las cosas pequeñas, con la cotidianeidad conocida: el trabajo en el puesto de frutas del mercado, las conversaciones con la gente. Amaba a su marido, a quien había dedicado su existencia. Le echaba de menos todas las noches, cuando todavía no había regresado a casa. Le esperaba impaciente, mirando por la ventana de la cocina, mientras preparaba la cena. Un plato de legumbres o de verduras, un trozo de carne o de pescado. Por la noche, se dormía mirándole. Le velaba el sueño. Elegía sus camisas, y se las planchaba con esmero. Le compraba una colonia que olía a verano.

Fueron los olores. Descubrió que la engañaba a través del olfato. En la piel de su marido se produjo un proceso de transformación. El perfume conocido se mezclaba con un aroma nuevo que no conseguía identificar. Aireaba las sábanas, metía flores secas en los armarios, le lavaba la ropa. Intentaba imponer los propios olores a aquellos otros extraños. Emprendió una batalla que intuía difícil, pero que no quería perder. El olor al otro cuerpo fue ocupando un lugar en la cama, en la casa. Mucho antes de que se lo dijera, ella lo había sabido. No se puede cerrar los ojos a los olores, ignorarlos. Se despertaba y se dormía con la percepción de aquella presencia. Cuando el marido entraba en la casa, no llegaba solo; con él llegaba el olor a una mujer que María imaginaba. Inventaba rostros, nombres. No le hizo ninguna pregunta, pero su carácter cambió. Se volvió desconfiada. Le vigilaba, con la tristeza en la mirada. En el mercado, se acabaron las tertulias. Vivía esperando una señal, un indicio de lo que iba a suceder. Cuando él se marchó, el mundo se oscureció. Habría preferido morirse. Pasaron seis meses hasta que Matilde recibió la carta. Mucho tiempo sin respuesta, un largo silencio. Le pedía que volviera a Mallorca. En la piazza Navona, Matilde comentó:

– Es como si la hubieran abandonado dos veces: el marido y la amiga.

– No es cierto. ¿Has hablado con ella?

– He intentado comunicarme, inútilmente.

– ¿Inútilmente?

– Sí, nadie me coge el teléfono.

Los primeros meses en el piso de la piazza della Pigna significaron un proceso de adaptación. Superada la euforia inicial, la satisfacción de tener un espacio propio, llegaron las dudas, los cambios en su estado de ánimo. No había descubierto hasta qué punto el ambiente de la pensión le hacía compañía. Acostumbrada a la presencia de personas que vivían allí sin importunarla, ahora le costaba acostumbrarse a la soledad. Algunas mañanas se despertaba de buen humor. Pensaba en todo lo que había encontrado en Roma. Estaba contenta porque tenía un trabajo que le gustaba, una amiga como Matilde, un enamorado paciente. Otros días, los pensamientos tristes le amargaban la vida. No era sencillo aprender a estar sola. La calma parecía una meta difícil de alcanzar, que exigía esfuerzos.

Si se levantaba contenta, iba al mercado de la piazza delle Coppelle. Era un espacio entre edificios de ladrillo gris volcánico. Llegaba andando, porque estaba a pocos minutos de su casa. En un ángulo, la imagen de una Virgen María con un niño en la falda, sentado sobre un cojín, se escondía tras el manto de la Madonna. Cerca de las dos figuras, una mesa pintada con fruta y verdura. Había ruido de conversaciones, ajetreo de gente. Dana llenaba una cesta de huevos, de patatas, de alcachofas. Elegía los mejores quesos. Hablaba con los vendedores, que le preguntaban de dónde era. Les respondía que había llegado de lejos. Volvía a casa llena de palabras y vaciaba la bolsa en la mesa de la cocina. Después se iba en seguida, porque no quería llegar tarde al trabajo.

Cuando estaba triste, era incapaz de abandonar las sábanas. Con las persianas bajadas, hundía la cabeza en la almohada. La pereza se apoderaba de su cuerpo. Sentía el peso de las piernas. Pensaba que habría sido agradable desaparecer del mundo, irse a un lugar donde nadie pudiera encontrarla. Pasaban los minutos, lentísimos. La claridad que intuía por las rendijas de la ventana la advertía: era la hora de partir. Haciendo un esfuerzo, se duchaba y se vestía. Iba a trabajar como quien va a cumplir una condena. Al principio, los días grises se superponían a los días luminosos. Poco a poco, los segundos fueron ganando la partida. A medida que pasaban las semanas, se hacían más frecuentes las visitas al mercado.

Una noche, cuando todavía no había conciliado el sueño, sonó el timbre de la puerta. Como no esperaba visitas, se extrañó. Era tarde y no había movimiento en la plaza. Desde la ventana de su habitación, podía percibir la calma de fuera. Se levantó de la cama, descalza. Se puso un batín, mientras observaba de reojo su rostro adormilado en un espejo. Al día siguiente tenía que trabajar. Se había acostado temprano para vencer la pereza de madrugar. Se preguntaba quién podía ser. ¿Algún vecino que necesitaba ayuda? No se relacionaba con demasiadas personas del edificio, pero siempre tenía una palabra amable para todo el mundo. No se paraba a contar su vida, ni a interesarse por la de los demás. Era celosa de su propia intimidad, del pequeño muro que había sabido construirse. Aun así, mantenía las formas.

Era Gabriele. Sonreía, apoyado en el marco de la puerta. Le sonrió ella también, contagiada por la felicidad que él expresaba. No pudo evitar la pregunta:

– ¿Qué haces aquí, a estas horas? Creía que mañana tenías que madrugar, que te marchabas a Londres.

– Sí. Voy a una subasta. Te lo había dicho.

– Me encanta verte, pero no te esperaba. Pasa, hombre. ¿Quieres tomar algo?

– ¿Dormías?

– Casi.

– Lo siento, pero tenía que verte esta noche.

– ¿Tienes algún problema?

– Sí. Necesitaba verte, porque tengo que hacerte un regalo.

– ¿Un regalo?

– Hoy hace seis meses que nos conocimos.

– ¿Seis meses? ¿Cómo puede pasar el tiempo tan de prisa?

– Quería celebrarlo.

– ¿A estas horas? -Se rió.

– Sí. Traigo una botella de champán y un paquete que tendrás que abrir.

– ¡Estás loco! -Volvió a reírse.

Llenaron las copas y brindaron por la vida que olía a sol, aunque fuera de noche. Dana era una figura frágil, con el camisón que la envolvía, los pies desnudos, los cabellos sueltos. Estaban sentados en el sofá, uno junto al otro, muy cerca. Se besaron. Después, él le pidió que cerrara los ojos. Tres paquetes dibujaron una línea horizontal en la pared. Antes de abrirlos, adivinó lo que eran. No se lo podía creer. Intentó hablar, pero las palabras no acudían a sus labios. El mundo y ella misma se habían paralizado. Volvieron a temblarle las manos, como en la ópera. Se abrazaron y ella no habría querido abandonar nunca el refugio de aquel cuerpo. Al fin, murmuró:

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