María Janer - Pasiones romanas

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En lugar de subir al avión que debe llevarlo de vuelta a su hogar, un hombre decide en el último momento desafiar al destino y emprender una travesía muy diferente. ¿Podrá recuperar en Roma a la mujer que dejó marchar años atrás? Ignacio no puede saber cuánto queda en Dana de la pasión que los arrebató y se truncó tan injustamente, pero prefiere el vértigo de esta decisión irreflexiva a la atonía en la que ha entrado su vida. Con esta inolvidable historia sobre la fascinación y el infortunio del amor, sobre los golpes ocultos del destino, María de la Pau Janer nos ofrece una magnífica novela, llena de sensualidad, de emociones y de personajes que alcanzan nuestra fibra más íntima.

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Fingió que leía. Se refugió en el disimulo, porque no sabía cómo tenía que reaccionar. Era incapaz de mirarle, mientras él la miraba. Aguantar la insistencia de aquellos ojos le pareció un esfuerzo inútil. ¿De qué le habría servido? No se trataba de un reto ni de un desafío. Miró la página sin saber lo que ponía. Intentó pasar un par de hojas, con un gesto torpe. No estaba nerviosa como una adolescente que comprueba que un joven atractivo la observa. Se sentía confundida, una mujer que no sabe muy bien lo que sucede. Una situación vivida antes puede parecer nueva: un hombre la miraba y ella lo notaba. ¿Cuántas veces debía de haberle pasado lo mismo en otros tiempos y en otros lugares? Probablemente muchas, pero no importaban. Hay experiencias que volvemos a vivir como si fueran inéditas en nuestra vida. Una hoja en blanco, sin anotaciones ni pies de página que nos guíen la lectura de lo que todavía se tiene que escribir.

Gabriele se levantó y se acercó a su mesa. Le preguntó:

– ¿Te puedo invitar a tomar otra infusión? Creo que se te ha enfriado… ese libro debe de gustarte mucho.

– Sí, estaba distraída. ¿Nos conocemos? No recuerdo haberte visto antes por aquí.

– No vengo demasiado. Ahora veo que es una lástima. -Le sonrió-. ¿Tú eres una cliente asidua?

– Suelo venir con cierta frecuencia. Es un lugar agradable.

– Sí, lo es. La verdad es que no me había dado cuenta hasta hoy. Discúlpame, no me he presentado. Me llamo Gabriele, pero no querría molestarte.

– No, en absoluto. Yo me llamo Dana. Y vivo en Roma desde hace algunos meses. ¿Quieres sentarte?

– Encantado, gracias. ¿Te gusta mi ciudad?

– Mucho. Nunca me habría imaginado que llegaría a vivir aquí. Antes había venido alguna vez; ya sabes, los típicos viajes turísticos. Desde que me instalé, soy una experta en callejones y plazas romanas.

– ¿Eres capaz de diferenciar nuestras plazas? En Roma debe de haber muchísimas. Tengo que reconocer que cada una tiene su gracia.

– Es un encanto difícil de describir. ¿Sabes? Pensaba que quería vivir en un piso que diera a una plaza. Nunca me habría imaginado que el problema sería elegir en qué plaza.

– ¿Ya la has encontrado?

– ¿Qué?

– ¿Si has encontrado la plaza y el piso que querías?

– No, todavía no. Mi vida en Roma ha transcurrido con unos ritmos extraños. Los primeros tiempos los dediqué a andar por la ciudad. No hacía nada más. Hace pocas semanas que he empezado a buscar. No tengo prisa, pero creo que ha llegado la hora de decidirse. De momento, vivo en una pensión. Estoy bien. He encontrado buena gente y el ambiente es tranquilo. Aun así, tengo ganas de encontrar mi refugio.

– ¿Por qué elegiste Roma para vivir?

– No había ninguna razón concreta. Si tengo que ser sincera, al principio me daba igual. Sólo quería cambiar de aires. Fue casi por azar. Llegué, y me enamoré del Trastevere. Poco a poco, fui descubriendo el resto.

– Hay mucho por descubrir. Yo nací aquí, aunque he pasado temporadas lejos. ¿No sientes nostalgia de tu tierra?

– A menudo pienso en ella, en Mallorca. Me acuerdo más de los lugares que de la gente. Es curioso.

– ¿Y tu familia?

– No tengo demasiados vínculos familiares. Mis padres son el único nexo importante. No acabaron de entender que me marchara. Hablamos a menudo por teléfono y saben que estoy bien; con eso tienen suficiente. Nunca me han hecho demasiadas preguntas. Son respetuosos y pacientes. Los pobres quizá se cuestionen qué extraño personaje han traído al mundo. No tengo hermanos ni parientes próximos. Es lo que te decía: añoro más los espacios que a las personas.

– Todos tenemos lugares que consideramos nuestros en la ciudad donde nacimos.

– Nunca lo habría imaginado antes de marcharme. Te aseguro que los lugares que añoro no salen en ninguna guía turística. Son espacios pequeños, que no tienen una belleza objetiva, pero que guardo en el corazón. Me acuerdo de una calle, de una plaza… -Sonrió-. Pensarás que soy la mujer de las plazas. Me acuerdo de los arcos del instituto donde estudié, cuando era adolescente, del pueblo de mi infancia, de un banco donde me gustaba sentarme, de un rincón del paseo Marítimo.

– ¿Volverás algún día?

– No lo he pensado. No hago planes a largo plazo. Me importa mi presente romano: instalarme aquí. En el fondo, la pensión tiene un aire de provisionalidad que me cansa.

Dejó de hablar, sorprendida de sí misma. ¿Dónde estaba su habitual prudencia? Tuvo la impresión de haber contado demasiado. El intuyó cierta incomodidad en su silencio.

– No querría parecer indiscreto. Te hago preguntas inconvenientes, precipitadas. Es como si te conociera de toda la vida. -Se rió-. Puede parecer un tópico, pero es la verdad.

Entró un grupo de personas en la sala. Eran sus antiguos compañeros de facultad. Parecían muy contentos de reencontrarse. Manifestaban su afecto, se abrazaban, se reían. Llevaban abrigos, bufandas, gorros. Era como si vinieran del frío, pero a Gabriele le dio la impresión de que lo traían. La pereza que sentía de unirse al grupo se había multiplicado por cien, por mil, por un número infinito de sensaciones de pérdida de tiempo, de ganas de quedarse donde estaba, en aquel lugar del mundo, cerca de la mujer que acababa de descubrir. Su pensamiento, acostumbrado a buscar soluciones rápidas, se apresuraba en buscar una excusa que justificase su marcha. Le dijo:

– ¿Ves aquel ruidoso ejército? Iban a clase conmigo hace una eternidad. Se supone que hemos quedado para ir a cenar. Los conozco de toda la vida y no tengo nada que decirles. Acabo de conocerte y me da la sensación de que tengo muchas cosas que contarte. Apenas hemos podido hablar.

– La vida es sorprendente. -Sonreía ella.

– ¿Puedo hacerte una confesión?

– ¿Cuál?

– No quiero irme con ellos.

– Pareces un niño que se niega a ir a la escuela. Me haces gracia. -Era cierto, inexplicablemente. Aquel hombre la divertía, pero también le inspiraba una ternura que habría sido incapaz de justificar-. Has quedado con ellos y estás aquí. No es lógico que seas grosero con ellos. Además, fíjate: creo que ya te han visto. Te están saludando y te llaman.

– Tendré que ir. -La expresión de su rostro se había transformado-. ¿Y si me invento una excusa creíble y continuamos hablando?

– En esta situación, no hay excusas creíbles.

– Escucha, ¿cuándo podremos vernos de nuevo? Si quieres, me encantaría.

– No sé. Quizá la semana que viene. Te puedo dar mi teléfono.

– ¿Y mañana? ¿Por qué no mañana?

– Es domingo. No tenía planes, pero no sé qué decirte. Es un poco precipitado.

– ¿Te gusta la ópera?

– Mucho.

– Tengo dos entradas para ir. Sería feliz si quisieras acompañarme.

Hacía tiempo que no iba a un espectáculo. Los teatros, los conciertos, el cine formaban parte de una época pasada. La vida anterior a los viajes en tren, a los pasos perdidos por Roma. Ni siquiera se había planteado la posibilidad de recuperar aquello, de recobrar el placer de contemplar una buena obra, sentada en un patio de butacas, en la penumbra que favorece el juego de ficciones del escenario. Le ilusionó ir a la ópera: era una nueva sensación que recuperaba. Darse cuenta no dejaba de sorprenderla. Constataba que la vida está llena de logros que podemos rescatar cuando el tiempo hace que sean como la fruta madura. Se dejó aconsejar por Matilde y se puso un vestido negro, ceñido a la cintura, que le marcaba las formas del cuerpo. Los cabellos sueltos, los labios pintados. En su mano, el pintalabios se convertía en un objeto raro; un cachivache que tenía que aprender a utilizar de nuevo; el símbolo de todo lo que se había negado a sí misma, en un extraño exilio del que iniciaba el retorno.

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