Alguna noche, las voces subidas de tono de la pareja llegaban hasta la habitación de Gabriele y Dana. La distancia amortiguaba las frases. Iba atenuándolas, de modo que Dana y Gabriele no seguían el hilo de las discusiones. Al principio, ella se preocupó. Habría querido saber si tenían problemas.
– El único problema somos nosotros mismos -le decía Marcos con una sonrisa-. No tienes que angustiarte; nosotros, así, nos divertimos.
Era una relación con pocas dosis de ternura, pero con un grado significativo de complicidad. Poco tranquila, pero muy estimulante. Con el tiempo, todos se acostumbraron a las excentricidades de Antonia, a aquella manera suya de ir por la vida que no admitía actitudes inseguras.
– A mí me gustaría que fuera más vulnerable, más real -le comentaba Dana a Gabriele.
– No eres tú quien tiene que quererlo -le respondía él, que nunca sintió demasiada simpatía por la nueva vecina.
Hoy cenan las dos parejas en el piso. Han traído quesos y vino francés. Han improvisado algunas ensaladas y una carne fría. El ambiente es forzadamente distendido. Carece de la naturalidad de movimientos de otras ocasiones. Como si sus invitados ocultaran un hecho importante, manteniendo un rictus de sonrisa en el rostro. Hacen gestos exagerados que no encajan con la calma jovial de los demás. Antonia siempre ha tenido tendencia a teatralizar sus propios comportamientos. Esta noche se supera; actúa con total falta de sincronía entre los gestos y las palabras. Se percibe un nerviosismo que Dana no acaba de entender. El aire está enrarecido, y la conversación no fluye con facilidad. Gabriele no parece darse cuenta. No es tan suspicaz como ella. Tiene el pensamiento distraído. Está orgulloso de las compras realizadas, de las últimas adquisiciones. Piensa en los detalles de los hallazgos que acaba de encontrar, y se felicita por el éxito. Con una copa de vino en la mano, mira a los vecinos desde una cierta distancia. Hace tiempo, decidió no someterse a los cambios de humor de la mujer que, incomprensiblemente, Marcos eligió para vivir.
Dana percibe la tensión en el ambiente. Le resulta incómodo captarla con absoluta precisión. Contribuye a ponerla nerviosa. Se da cuenta de que Antonia está al acecho. Su actitud le recuerda la de un lebrel que recorre el territorio, que husmea el aire. Marcos tiene la expresión contenida, de hombre ausente. No es capaz de sostener la mirada interrogante de Dana, que busca sus ojos para saber qué sucede. La rehúye. Ella repite el intento, pero se le escapa de nuevo. ¿Dónde está el amigo? Intuye una desconfianza que le recuerda los primeros tiempos romanos. Está desorientada. No encuentra palabras que los distraigan sin descubrir intimidades, sin desvelar secretos. Se imagina una botella que alguien está llenando sin mesura. Meten el vino a chorro. Pronto el líquido rojizo se irá esparciendo por la mesa, manchará los manteles y formará un charco en el suelo. Es una situación que se puede intuir, pero que tiene consecuencias imprevisibles. ¿La bebida que se derrama es un signo de fortuna o de desdicha? No sabría decirlo. Mira las expresiones de sus rostros y respira hondo, sin saber cómo tiene que reaccionar. La única certeza es que, esa noche, Marcos y Antonia ocultan una historia que les preocupa, que podría hacer que aparecieran antiguos pesares.
Mantienen la prudencia hasta que llegan a los postres. Mientras Gabriele cuenta las últimas peripecias para conseguir una colección de broches esmaltados de Masriera, todos actúan como si no hubiera en el mundo nada más importante. Se esfuerzan por escucharle con interés. Dana interrumpe la explicación con comentarios puntuales sobre el vino. Como Marcos presume de ser un experto, le gusta que los demás valoren su buen gusto, la capacidad para depurar la cata. Decidida a ponerle de buen humor, hace apreciaciones entusiastas sobre la bebida, alaba el aroma. Las palabras, dichas con la mejor voluntad, no modifican el aire de ausencia de su rostro. Antonia habla con nerviosismo: pasa de una anécdota a otra con una agilidad prodigiosa. Parece una acróbata de las palabras, capaz de dejar a los demás aturdidos, saturados de frases algo inconexas, enlazadas con una rapidez que, de no ser por la práctica ejercitada durante años, podría dejarla sin aliento.
Dana y Gabriele sirven una bandeja de pasteles de crema. La colocan sobre la mesa, con un gesto que pretende ser natural, pero que resulta artificioso. Como si, sin quererlo, estuvieran participando en ese ridículo espectáculo que no pueden entender. Tienen que reprimir las ganas de indagar qué pasa. En un tono de voz amable, Dana les pregunta cuántas porciones quieren. El postre tiene un color amarillo que, de pronto, le resulta molesto. Piensa que tendría que haber comprado otra cosa, una tarta de nata, o unos profiteroles de chocolate. La vida, esa noche, es una cadena de errores; lo constata con desilusión. De pronto, Antonia se dirige a Marcos. Le habla con dureza, como si las palabras formaran un bloque de cemento sin rendijas de aire para respirar:
– ¿Cuándo te decidirás a contarles lo que nos pasa?
– ¿Cómo? -Marcos vuelve de muy lejos y la mira.
– Habíamos quedado que esta noche hablaríamos de las llamadas telefónicas. No has dicho ni una sola palabra. Querría saber interpretarlo.
– No tienes que esforzarte. Si no digo nada, es porque no me apetece. ¿Lo habías pensado?
– ¿Pensar? Hace días que no hago otra cosa. Esa historia nos hace daño. ¿Te das cuenta?
– ¿Podrías servirme un whisky, Gabriele? -Marcos se dirige a él haciendo un gesto de cansancio.
– Naturalmente -contesta el otro, que parece haberse despertado en ese instante. Pone cara de extrañeza y mira a Dana, preguntándole con la mirada de qué están hablando. Tiene la sensación de haberse perdido una parte de la película.
– No cambies de tema. Sabes que no puedo soportar las evasivas -dice Antonia.
– Creo que estás muy tensa. ¿Te apetece una infusión? ¿Tila, quizá? -Dana pretende ser conciliadora.
– No quiero tomar nada. Mis nervios están perfectamente, gracias. No… no estoy bien. -La voz le flaquea-. Queríamos contaros lo que nos pasa. La verdad es que no vivimos un buen momento. Ha sucedido algo que me desborda. Marcos no quiere hablar de ello. Se pasa las horas ausente, sin reaccionar. Querría ayudarle, pero no me lo permite.
– ¿Qué os pasa? -Dana intenta mantener la serenidad-. Creía que estabais bien.
– Lo estábamos -se apresura a responder Antonia-, hasta que Marcos recibió esa llamada. Hará unos quince días. No lo sé con exactitud, porque no me lo contó. ¿Cómo se puede esconder un descubrimiento así a tu pareja?
– ¿Qué descubrió? -pregunta Gabriele, interesado en la historia.
– Le llamó una psicóloga. Le dijo su nombre y le contó que estaba tratando de ayudar a una persona a reconstruir su vida. -Hace una pausa-. ¡Como si eso fuera tan sencillo! Le dijo que necesitaba su ayuda. Él la escuchó y no me dijo ni una palabra.
– No acabo de entender qué significado tiene esa llamada. Si no te habló de ello, no sería muy importante. -Dana se esfuerza en poner paz.
– ¿Era importante? -Hay rabia en la voz de Antonia-. ¡Respóndeme! ¿Lo veis? Calla como un muerto. La segunda vez que llamó, yo estaba en casa. La escuché, sin imaginarme qué iba a decirme.
– ¿Y qué te dijo? ¿Qué puede ser tan terrible? -En la voz de Gabriele, harto de las estridencias de la mujer, se esconde un toque de ironía.
– Me dijo que era la psicóloga de Mónica.
– ¿De quién? -Dana cree que no ha entendido bien el nombre. O, en todo caso, que se refiere a otra persona.
– Mónica está viva. Él lo sabía y no me había dicho nada.
– ¿Viva? -Dana pronuncia la palabra en un tono balbuceante, como el de un niño que no entiende las cosas, que se siente perdido-. ¿Cómo es posible? -se pregunta.
Читать дальше