– Estoy embarazada -confiesa, por fin-. Me hice el examen de sangre. Me dieron los resultados esta tarde.
Gonzalo calla unos segundos que ella siente eternos, brutales, injustos y finalmente balbucea con una frialdad que lastima a Zoe:
– Te felicito. Por fin conseguiste lo que has buscado tantos años.
Zoe siente rabia y ganas de llorar, pero se controla y dice:
– No me felicites. Es un accidente terrible. No sé qué hacer.
– ¿De verdad no sabes qué hacer?
– No sé. Estoy muy confundida. Ayúdame, por favor, Gonzalo.
Zoe se acerca a él y lo abraza, pero él no corresponde el abrazo y ella se separa en seguida, abochornada de haberse mostrado tan débil.
– Yo tengo muy claro lo que tienes que hacer -dice él.
– ¿Qué? -pregunta ella, temerosa.
– Abortar -responde él, con absoluta seguridad.
Zoe siente un dolor físico en el vientre, como si la hubieran golpeado, apaleado.
– No puedo -dice débilmente, bajando la mirada-. No puedo abortar.
– No puedes tener un hijo conmigo -habla Gonzalo con una frialdad que ella no conocía y le asusta-. Yo no quiero ser padre. No tienes derecho a obligarme a ser padre.
– No te obligaré. Si no quieres ser padre, no lo serás. Pero mi hijo va a nacer. No lo puedo matar. Me sentiría una mujer asquerosa. Terminaría suicidándome.
– ¿Estás segura de que yo soy el padre?
– Claro -dice ella, sin enfadarse-. Por eso estoy acá.
– Pero has seguido haciendo el amor con Ignacio. ¿No podría ser Ignacio el padre?
– Sí, teóricamente, sí, pero tú y yo sabemos que Ignacio no puede tener hijos.
– ¿Y si de pronto algo increíble ha ocurrido y no soy yo sino Ignacio quien te ha embarazado? ¿Admites que esa posibilidad existe?
– Yo estoy segura de que tú eres el padre, Gonzalo. No te engañes.
– Estoy tratando de encontrar una salida. Escúchame bien, no seas tonta, no dejes de pensar porque estás con las hormonas alteradas.
Zoe lo mira a los ojos y cree estar segura de que ese hombre no la quiere, nunca la quiso.
– Yo no quiero ser padre -prosigue Gonzalo-. Tú quieres ser mamá. Ignacio ha hecho el amor contigo recientemente y, si cree tanto que Dios hace milagros, podría ser el padre. Ignacio no sabe que tú y yo nos hemos acostado. Yo sólo veo dos opciones razonables, Zoe: una es abortar y eliminar el problema; la otra es decirle a Ignacio que estás embarazada, que él es el padre y que vas a tener al bebé y hacerle creer toda la vida que él es el padre, lo que puede ser cierto, y negarte a cualquier examen que pueda poner en peligro esa certeza, y confiar en que el bebé se parezca más a él que a mí.
Zoe permanece en silencio, asustada. No sabía que Gonzalo podía ser más cínico que su hermano, piensa. Yo pensé que era un artista romántico, un idealista. Ahora veo que, en el fondo, son bien parecidos: cuando les tocan sus intereses, reaccionan como bestias sin escrúpulos y hacen lo que sea necesario para salir airosos del desafío.
– No hay más alternativas -continúa él-. Yo no voy a ser padre de ese bebé. No me puedes obligar. Sería una inmoralidad. Tú tienes todo el derecho del mundo a ser madre, pero no a forzarme a ser padre.
Ya eres padre, Gonzalo. Esta criatura ya vive.
– No digas necedades, por favor -se enoja él, pero luego hace un esfuerzo por calmarse-. No soy padre. El bebé no ha nacido. Acá sólo estamos vivos tú y yo, y tal vez mis plantas de la terraza. Nadie más.
De nuevo, Zoe siente como si él le hubiera dado una patada en la barriga. Se encoge un poco, baja la mirada y calla.
– ¿Quieres ser mamá?
– Sí.
– Entonces dile a Ignacio que él es el papá y asunto resuelto.
– ¿No te da pena?
– No. Sería un alivio.
– ¡Pero es tu hijo, Gonzalo! ¡Ignacio no puede tener hijos!
– Me da igual. No quiero hijos. Con nadie. No es nada personal contigo, Zoe. No quiero hijos. Punto. No voy a cambiar de opinión.
Eres un cobarde, piensa ella, pero no lo dice.
– Ignacio no me va a creer.
– ¿Por qué? ¿Le has dicho algo de lo nuestro?
– No.
– ¿Sabe por qué te fuiste de tu casa?
– No. No he hablado con él.
– Entonces no es tan difícil convencerlo. Dile que te fuiste porque no te venía la regla, estabas muy nerviosa, querías asegurarte de que estabas embarazada, no sabías cómo reaccionar. Miéntele bien. Dile que ha ocurrido un milagro, que Dios les ha concedido el sueño de tener un hijo. Ignacio es más tonto de lo que crees. No tiene idea de lo nuestro. Miéntele y te va a creer.
Ignacio lo sabe todo, piensa ella, recordando las flores que le llegaron al hotel, la tarjeta con saludos para Gonzalo. Pero no dice nada porque cree que, a esas alturas, sería peor.
– Quizás tengas razón -dice ella.
Gonzalo no dice nada, cruza las piernas, se mantiene firme e imper-turbable.
– Pero lo mejor sin duda sería que abortaras -dice él.
– ¡No puedo, Gonzalo! -dice ella, desesperada-. ¡No insistas, por favor!
– Claro que puedes, Zoe. Si pudiste acostarte conmigo, también puedes ir a un ginecólogo y sacarte al bebé. No me jodas.
– No me voy a sacar al bebé -responde ella, con firmeza. Nadie me lo va a sacar. Es mío y lo voy a tener. No te necesito, Gonzalo. Si no quieres ser padre, te entiendo y me da pena y no te voy a obligar. Pero nadie me va a sacar a mi bebé.
– Entonces, que Ignacio sea el padre.
– ¡No puedo mentirle!
– ¡Claro que puedes!
– ¡No puedo mentirle al bebé! ¡Ignacio no es el padre! ¡Cómo le voy a mentir!
– ¡No me jodas, Zoe! -se pone de pie Gonzalo, que ahora ha perdido la calma-. Si lo que quieres es tener a ese jodido bebé, la única salida sensata es volver con Ignacio y decirle que ha ocurrido un milagro y él es el padre. ¿No te das cuenta? ¿Tan tonta eres, por Dios?
Zoe también se pone de pie, busca nerviosamente su cartera, sabe que debe marcharse. Está llorando. Le ha dolido en el alma que Gonzalo se refiriera con tanto desprecio al «jodido bebé».
– No puedo seguir -musita, llorando-. Esto me hace mucho daño. Me voy.
– El problema es tuyo, Zoe -le advierte él, con una dureza que ella no alcanza a entender-. O abortas, que sería lo mejor, o tienes el bebé por tu cuenta y no le dices a nadie que yo podría ser el papá. Ya es proble-ma tuyo si convences a Ignacio de que él es el papá o si lo tienes sola, pero no cuentes conmigo.
– Lo tengo claro, no me lo tienes que decir una vez más. Zoe se dirige hacia la puerta. Quiere irse de allí cuanto antes.
– Algo más -la interrumpe Gonzalo, y ella se detiene y lo mira a los ojos con menos rabia que lástima.
– ¿Qué? -pregunta, asombrada de haberse enamorado de ese hombre que ahora le parece un extraño, un perfecto hijo de puta.
– Hagas lo que hagas, no quiero verte más.
Zoe respira hondo, evita decir un exabrupto, piensa bien sus palabras:
– ¿Estás seguro, Gonzalo?
– Completamente seguro -dice él-. Has convertido mi vida en una pesa-dilla. Quiero que desaparezcas de ella.
Zoe se estremece cuando escucha esas palabras y por un instante cree que se va a desmayar.
– Buena suerte con el bebé. Buena suerte con tu vida. Te ruego, por favor, que te olvides de mí.
– Eso haré, Gonzalo.
– Y si tienes al bebé, yo no soy el padre, nunca nos hemos acostado, ¿está claro?
– Clarísimo.
Zoe camina hacia la puerta. En pijama, al lado de la ventana, Gonzalo habla:
– ¿Qué vas a hacer?
– No lo sé -voltea ella, y lo mira con desprecio.
– ¿Vas a decir que yo soy el padre?
– No -responde ella, con una firmeza que la sorprende y de la que luego, en el taxi, se sentirá orgullosa-. No diré nunca que tú eres el padre. Me daría vergüenza que mi hijo supiera que tiene un padre tan cobarde como tú.
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