Jesús Torbado - El peregrino

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Martin de Châtillon ha emprendido un viaje desde su Francia natal hasta la ciudad de Santiago de Compostela. Su camino estará marcado por el encuentro con gentes variopintas y personajes peculiares; conocerá costumbres y usos de los reinos españoles; recorrerá una tierra que vive bajo la sombra de un Dios implacable. Sus aventuras elaboran un retrato crudo y descarnado del mundo medieval en el que transcurren.

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La parte trasera del monasterio, la que daba a los huertos y prados del declive y terminaba en el río, consistía en una doble fila de sencillos muros de adobe y barro. Todavía los monjes no habían reunido dinero suficiente para sustituir aquellas tapias por otras más fuertes de ladrillo. Hacía ya más de sesenta años que el caudillo Almanzor había arrasado los antiguos edificios, había matado o hecho cautivos a los monjes que no habían escapado al aviso de su llegada, había prendido fuego a las ruinas…

No había sido posible desde entonces reconstruirlo todo, a pesar de las muchas donaciones recibidas de reyes y nobles. Claro que, en compensación, la nueva iglesia y las dependencias principales del monasterio, incluyendo el refectorio, la sala capitular y el dormitorio general de los monjes, eran mucho más grandes, sólidas y confortables que las antiguas. De lo cual había que dar gracias a Dios y también al general de los sarracenos, que movió con su furia a las almas de tantos fieles y aflojó sus bolsas, como había explicado durante una sesión del capítulo el monje Adalbero. Él había sido uno de los responsables de conseguir dinero incluso del mismo rey don Fernando.

Todavía furioso con su prior por haberle recordado algo que prefería tener bien olvidado, el cillerero hizo un gesto a los legos y se puso al frente de ellos para dirigirse a la puerta occidental del monasterio. El cocinero debía de estar aguardando los peces para la cena.

Ecta corrió para acompañar al infante hasta la cámara de don Pascual, el maestro de letras de los príncipes y nobles que enviaban a San Facundo, y buscó en el claustro al abad Tructemiro. Estaba leyendo a la sombra de una gran encina que había quedado dentro del cinturón de arcos moriscos construido hacía apenas doce años. Precisamente el rey no había podido acudir a los festejos de la inauguración porque acababa de nacer su tercer hijo, don García.

– Tengo noticias para ti, Ecta -dijo el abad-. Hace un rato llegó un heraldo para decirme que mañana o pasado mañana llegará el rey don Fernando a postrarse ante las sagradas reliquias de san Primitivo y san Facundo. Creo que piensa hacer otro donativo al monasterio a fin de que los santos mártires le ayuden en su campaña contra el rey de Badajoz. Quizá también quiera llevarse consigo al infante. ¿Cómo marcha su herida? ¿Está contento?

– Me ha dicho que le gusta más estar entre nosotros que luchar en la guerra. Claro que no me sorprende, estando con él su hermana doña Urraca… A su padre le ofende mucho que duerman juntos, ya lo sabes, y lo hacen todas las noches bajo nuestro techo. Se burlan mucho los nobles de León de estas raras pasiones de los dos infantes. Y tú sabes que es un gran pecado, Tructemiro.

– Pecado, pecado… -susurró el abad-. No está claro que pueda ser igual la medida para los reyes y para los demás mortales. ¿Acaso no dormían juntos el santo rey Carlomagno y su hermana Berta? Sin embargo, el mismo Papa lo coronó emperador y todos veneramos su memoria. Incluso el mismo Dios les dio por hijo al dignísimo caballero don Roldan… ¿Cómo podemos nosotros juzgar esas cosas, Ecta? Dejémoslo para el Juicio Final y que Nuestro Señor decida…

Tructemiro cerró el libro y miró la luz declinante que se filtraba por entre las hojas de la encina.

– Un día u otro será nuestro rey. Rey de León, de Castilla, de Navarra… Necesitamos que sea nuestro protector, como lo es su padre y lo fue su abuelo. ¿Qué nos importa en realidad con quién duerma?

El abad dejó caer la cabeza. Era un hombre muy viejo, de cráneo blanquecino y lleno de manchas rojas, completamente rapado. Desde hacía al menos cinco años soñaba con llegar a la sede apostólica de León, según le había insinuado el anterior rey, don Bermudo, y Ecta era uno de los escasos confidentes de tal sueño. Pero pasaban los años y se iba consumiendo dentro de su monasterio. En realidad, ya había reconocido que le faltaban fuerzas para manejar la espada y discutir en concilios. Por otra parte, su cenobio se había engrandecido mucho con donaciones diversas y tomas de propiedades baldías.

– Mi encargo -añadió al cabo de un breve sueñecillo durante el cual Ecta aprovechó para sentarse a su lado- es que tú mismo pidas justicia y favor al rey. Varios pastores llevan sus rebaños a los pastos de nuestros campos de Toro y no pagan nada por ello. También uno de nuestros legos ambulantes ha descubierto a muchos pescadores robándonos las anguilas de las lagunas de la Lampreana, e incluso los que deben cuidar de ellas las capturan y las ponen en su mesa, sin darnos por ello nuestras rentas. Con lo cual unos y otros causan grave perjuicio a nuestra comunidad. Díselo al rey y que mande hombres a apresar a esos criminales. También sería bueno convencerlo de que construya junto al monasterio un hospital de peregrinos, que son cada vez más numerosos y más necesita-dos están de albergue. De ese modo crecerá Sahagún hasta que sea ciudad más importante que Cea, y también nuestra casa.

– Te hará más caso a ti, santo abad.

– Pero yo estaré muy entretenido con los oficios, cuidando de las veneradas reliquias y hablando de altas cuestiones con don Fernando. Si no piensa nombrarme para la sede de León, debemos intentar al menos que se cambien los cánones del concilio de Coyanza. ¿Por qué ha de tener poder sobre nuestra abadía el obispo leonés? Los monjes de san Benito siempre hemos poseído independencia plena; sólo ante el Papa debemos responder. Y ante Dios… Diez años han pasado desde aquella absurda decisión y sólo ha servido para que ellos se enriquezcan y nosotros carezcamos de la libertad debida y necesaria a nuestros fines… Te pondré a su lado durante la comida y le explicarás también el asunto. A él le gustará mucho que alabes en su presencia el carácter del infante y su buena salud. En todo el reino se dice que es su preferido.

Ecta también aspiraba en secreto a convertirse en obispo de León, pero ningún rey le había insinuado esa posibilidad. Si sus palabras resultaban placenteras al monarca, quizá pusiera el primer paso en ese camino. Estaba seguro de que el joven don Alfonso le había tomado afecto y un día u otro, si así era la voluntad de Dios, llegaría al trono y tal vez quisiera llamarlo a su lado para que se ocupase de las heridas de su alma como ahora se estaba ocupando de las de su cuerpo.

El prior dibujó una inclinación de respeto al abad Tructemiro y se retiró a su celda. Estaba sobrado de tiempo para recordar alguna ejemplar historia de los antepasados del infante. Y se la contaría más tarde, durante la cena. O los modos de vida que practicaban los reyes moros de más allá de las fronteras, sus vestidos de sedas bordadas, sus princesas bailarinas, los grandes sabios que les adivinaban la suerte en las batallas con sólo mirar el reflejo de las estrellas en los estanques. Debía esforzarse por tenerlo de su parte.

3

Los hombres armados del grupo de los flamencos no envainaron sus espadas durante los días en que estuvieron peregrinando a través de la tierra de los navarros. Tal vez a causa del relato que había hecho el peregrino, o de la visión fugaz del silvestre obispo de Ataun; o incluso porque poseían informaciones y conocimientos previos que él ignoraba. Martín de Châtillon no podía comprender, de todas maneras, el porqué de tantas desconfianzas e inquietudes, siendo como eran verdaderos hombres del Señor.

Después de la primera noche en que durmió a su lado, decidió que se despediría de ellos en cuanto le resultasen más favorables las circunstancias. Y no porque fuesen malas gentes, sino porque en tantas horas juntos no habían cesado de cantar himnos, rezar letanías, practicar penitencias, ensartar loas y repetir plegarias. En cada milla del camino parecían obligados a depositar una ofrenda; en cada paso, a vocear una oración.

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