Jesús Torbado - El peregrino

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Martin de Châtillon ha emprendido un viaje desde su Francia natal hasta la ciudad de Santiago de Compostela. Su camino estará marcado por el encuentro con gentes variopintas y personajes peculiares; conocerá costumbres y usos de los reinos españoles; recorrerá una tierra que vive bajo la sombra de un Dios implacable. Sus aventuras elaboran un retrato crudo y descarnado del mundo medieval en el que transcurren.

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Sin descubrir que los miraba con atención ni reducir el ritmo de su marcha, se situó a un lado del camino para sobrepasarlos. El obispo de las montañas le rozaba el hombro y seguía con la mano firme en la empuñadura del hacha. Las palabras de la canción que cantaban los viajeros estaban dichas en una lengua que él conocía.

– ¡Herru, Santiagu! -dijo alegremente Martín como saludo.

– ¡Got Santiagu! -respondieron los caballeros.

– …Y también me explicó el monje que una vez dentro de la cueva había que ayunar durante tres días y tres noches antes de regresar a la luz del exterior, y dedicar ese tiempo a venerar la sangre de Nuestro Señor que reposa en el Vaso. Y también, que quien tuviese algún pecado dentro de su alma caería fulminado por un rayo. Tú, reverendo obispo, me darás la gracia de la confesión y del perdón antes de que lleguemos al sagrado lugar. Porque soy gran pecador.

– También yo lo soy, muchacho. ¿Quién me dará a mí el perdón de Dios? -respondió verdaderamente compungido su guardián.

– Sin duda vuestro diácono, que por ahí anda. No dudo que tendrá los debidos poderes.

– No, todavía no. Pero le ordenaré sacerdote en cuanto sea preciso.

Llevaban medio centenar de pasos por delante de los peregrinos flamencos. Martín comprobó que el pequeño diácono seguía su rumbo por el otro lado del río. Se inclinó para eliminar una piedra que se le había clavado en una de las botas y decidió aprovechar la pequeña ventaja para retroceder en apresurada carrera. El obispo echó a correr detrás de él agitando el hacha por encima de la cabeza.

– ¡Salvadme, hermanos, salvadme! ¡Herru Santiagu! ¡Este hombre quiere matarme!

Dos de los jinetes espolearon a sus bestias y blandieron las espadas en dirección a ellos. Intuían sólo un repentino y desconocido peligro para su grupo, pero fue suficiente su gesto para que el obispo de Ataun detuviese la persecución. Quedó unos segundos mirando asombrado la carrera de su prisionero y la de los caballos, que amenazaba con un choque violento entre todos ellos, con el hacha todavía girando en su mano. En seguida, sin embargo, la devolvió al cinturón y se lanzó al río, hacia el lugar en que su diácono lo miraba con ojos incrédulos. El hombre se movía con la rapidez y la agilidad de una alimaña.

2

Los barbos saltaban como relámpagos de plata gris y el joven convaleciente movía la cabeza con mucha rapidez, a un lado y a otro, a pesar de la herida en el hombro. Intentaba ser más rápido con los ojos que los peces en sus movimientos súbitos. Las flechas y las azconas eran siempre más veloces: también era necesario verlas antes de que apareciesen.

El prior Ecta se reía y apuntaba con el dedo a las aguas mansas, como si los peces obedecieran el ademán para brotar del agua a su conjuro. El río Cea era muy ancho y perezoso; después de un verano muy seco, las aguas parecían detenidas y tan sólo bajo el puente de troncos simulaban moverse con un brillante cabrilleo por entre los cantos pulidos. Detrás del bosque de espadañas, cuyos extremos superiores empezaban a fructificar como empuñaduras cilíndricas de espadas, los chopos se agitaban blandamente entre los dedos de la brisa. Desde sus altas y alargadas copas y de entre la fronda de las mimbreras llegaba el trino incansable de los jilgueros.

– ¡Mirad, infante, por allí baja Mutarraf con nuestra cena!

– Espero que me permita subir a su balsa…

– Os aguarda don Pascual para vuestras clases de escritura, señor. Seguro que vuestra hermana os está esperando ya. Y luego me culpará a mí de la espera, como siempre.

– Hace mucho que no navego en las balsas de Mutarraf. ¿Por qué no van a esperarme? Mi madre siempre dice que los reyes deben hacer esperar a todo el mundo. Incluso al Papa.

El prior Ecta apartó la vista del río y recogió los ojos en el suelo. Si se oponía a la voluntad del infante, terminaría éste conspirando en su contra ante su padre, cuando apareciera por Sahagún; y nadie podía estar seguro de la rectitud de un rey en lo referente a los caprichos de su heredero. Si aprobaba sus deseos de bañarse, el abad Tructemiro volvería a echarle los perros de su furia y hasta es posible que le impusiera alguna penitencia dolorosa por tan reiteradas faltas a la obediencia, de las que en realidad no era culpable: impedirle presentarse en el refectorio a degustar los peces recién pescados, por ejemplo. Y, lo que era peor, empezaría a meditar hasta qué punto aquel hombre de su confianza iba a ser capaz de gobernar la abadía cuando a él lo llamase el rey para ocupar la sede episcopal de León. Un hombre débil. Por no pensar en lo que ocurriría si se enconase la herida de don Alfonso… Le había correspondido ser el responsable de todo.

Antes de que se presentase cualquiera de tantos peligros, tendría que idear algún remedio.

– El agua está ya fría y no será beneficiosa para vuestra curación -dijo al infante.

– Procuraré no mojarme, don Ecta. Te juro que haré todo lo posible. Por las santas reliquias de san Facundo y san Primitivo. Y también por las de san Tirso y san Mancio.

– No debéis poner los nombres de nuestros santos mártires en vuestra boca para convencerme, mi señor. Sé que pretendéis engañarme. En fin, sea hecha la voluntad de Dios y de Nuestro Señor Jesucristo, amén.

Llamó a gritos a Mutarraf. El pescador navegaba por el centro del río, ayudándose de una larga pértiga, sobre una balsa de carrizos verdes groseramente unidos con cuerdas de esparto. En el centro de la misma parecía estar ordenando la pesca, dentro de un cesto de mimbre, un muchacho de la misma edad del infante Alfonso. Tenía la desnuda piel muy oscura; el pelo, negro como la noche. También el pescador, musculoso y fuerte, era muy moreno. Se cubría tan sólo con un escueto taparrabos verde: los blanquísimos dientes, que mostraba mucho al sonreír, parecían iluminar continuamente su rostro. Hizo un gesto de paciencia al prior con una mano, se tapó la nariz con la otra y se zambulló en el río.

Conocía todas las pozas de su curso entre la ciudad de Cea y el monasterio de San Facundo, incluso hasta mucho más abajo, por donde estaban terminando de levantar la torre de un gran monasterio para dueñas nobles con los dineros de la donación hecha por la antigua reina Sancha, la abuela del infante. Sujetaba la balsa con un gancho de madera a algunas de las raíces que se nutrían del río en su orilla y nadaba por debajo durante tanto tiempo que los campesinos de la comarca, e incluso los mismos monjes, pensaban que había sellado un pacto con el diablo.

Mutarraf era cristiano, ciertamente, y muy buen cristiano; pero se lo habían llevado los moros cuando el general Almanzor destruyó el anterior monasterio, siendo todavía niño de pecho, y a su vuelta había traído sabidurías, lengua y costumbres que no eran muy propias de cristianos. Como navegar semidesnudo y permanecer sin ahogarse bajo las aguas.

Reapareció al cabo de un rato. Entre sus dientes se agitaba un barbo tan grande como la mitad del brazo de un hombre y en cada mano llevaba otro de parecido tamaño. El muchacho se tumbó en la balsa, sacó la cabeza hacia el agua y recogió los peces, primero los que tenía en las manos su padre y luego el que no cesaba de agitarse en su boca. El hombre hizo un chapoteo ruidoso, se sumergió un par de segundos y saltó encima de la balsa, como si él mismo fuera también un barbo oscuro lanzado al aire para atrapar una mosca.

Después liberó la embarcación de su amarre y, clavando la pértiga en los fondos someros, la dirigió hacia donde estaban el prior y el hijo del rey. Sus piernas húmedas y rectas parecían dos torres sarracenas.

– ¿Han venido los legos? -preguntó.

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