Jesús Torbado - El peregrino

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Martin de Châtillon ha emprendido un viaje desde su Francia natal hasta la ciudad de Santiago de Compostela. Su camino estará marcado por el encuentro con gentes variopintas y personajes peculiares; conocerá costumbres y usos de los reinos españoles; recorrerá una tierra que vive bajo la sombra de un Dios implacable. Sus aventuras elaboran un retrato crudo y descarnado del mundo medieval en el que transcurren.

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– Aquel sarabaíta era un monje tan santo que yo mismo lo vi cruzar sobre las aguas del estuario del río Gironda sosteniéndose a flote sólo con una devota oración en los labios. Se mantenía suspendido en los aires cuando lo deseaba y a veces se trasladaba así de una iglesia a otra, de Roma a Jerusalén, de Santiago a San Gil… Le hice muchas preguntas para comprobar que no mentía y luego enfrenté sus respuestas a la sabiduría de otros hombres sabios. El abad de San Filiberto de Toumus, que había peregrinado a Tierra Santa, me confirmó que todo lo que me habían dicho era cierto, ya que él lo había leído en un libro santo que encontró junto al mismo sepulcro de Nuestro Señor. Tan sólo ignoraba el lugar preciso en que estaba el Santo Vaso… Pues debes saber, señor obispo… Emprendamos el camino, si no te importa, a fin de que lleguemos cuanto antes.

Se puso en marcha sin esperar a que el otro dudase; y el otro no dudó. Juntos iniciaron el ascenso a la montaña por entre los árboles y las rocas. A los pocos pasos, agitado por la necesidad de llegar cuanto antes, el obispo se colocó a la cabeza e iba eligiendo los vericuetos más fáciles. Martín miró hacia atrás y vio que el más pequeño de los acólitos trepaba a cierta distancia, casi oculto en la espesura, cargado también con un pesado morral de oveja.

– Debes saber que fueron unas santas mujeres las que llenaron la Copa con la sangre del Señor -continuó Martín-, mientras éste pendía de la Cruz; la sangre que le manaba de un costado. Fueron con ella a san Pedro, que estaba escondido en una profunda cueva, y él, como amigo principal de Cristo, decidió guardarla. Con ella anduvo muchos años y más tarde la llevó consigo a Roma. Cuando un ángel le dijo que el gran emperador iba a matarlo, entregó el Cáliz a san Lorenzo, que era su diácono más querido, después de haber celebrado una misa a la que asistieron todos los romanos. Más tarde, también se dispuso el emperador a matar a san Lorenzo, poniéndolo a asar sobre unos troncos, igual que vosotros hicisteis con mi perro. Y otro ángel, o el mismo, que eso no se sabe, corrió también a advertirle.

– Seguramente fue el mismo -dijo el obispo-, porque Dios siempre ordena a un ángel para que se ocupe de cada cosa. En nuestra iglesia tenemos uno llamado san Lugaitor que…

– Sólo los santos pueden saberlo -le interrumpió el peregrino, que se encontraba completamente absorto en su historia-. El caso es que la Sagrada Copa estaba otra vez en peligro. Con lo cual, los cristianos más piadosos de Roma decidieron salvarla para siempre de tales azares, enviándola fuera de la ciudad, a una tierra en que germinase la fe sin cizañas ni animales salvajes; a la misma tierra en la que san Lorenzo había nacido. Eligieron a dos piadosísimos hombres, joven uno y anciano el otro, a san Valeriano y a san Macario, que era nieto de san Pablo; y para guardarles de los riesgos del viaje hicieron que los acompañase san Jorge a caballo. Es éste el más fuerte de los caballeros santos, como bien sabes, de modo que los dos vicarios nada habían de temer.

– A los otros santos no los conozco, pero de éste sí me han hablado alguna vez, y hasta dicen que nació en nuestras montañas. Es un caballero invencible.

– Eso es, obispo. Por tal motivo fue elegido y por eso es todo verdad, como vas viendo.

Estaban coronando una cumbre desarbolada por un incendio reciente. Desde allí vio Martín, abajo, al final de una extensa ladera, un camino relativamente ancho que acompañaba a un pequeño río y una nubecilla de polvo que levantaban un pastor y su rebaño. Supuso que era el mismo camino en el que lo habían capturado. Lucía un sol muy claro que apenas caldeaba el aire. Decidió sentarse un momento, más por demostrar al obispo que ya no tenía prisa alguna, que por el cansancio.

– ¿Tienes agua? -le preguntó.

– Un poco de sidra -respondió el obispo. Sacó del zurrón su vasija de madera y se la ofreció al peregrino. Mientras bebía, preguntó-: ¿Qué sucedió después?

– ¿Cuándo?

– Después del viaje.

– Yo no puedo saberlo todo, obispo, pero se han escrito canciones e himnos acerca del viaje de aquellos tres bienaventurados y del ángel que los guiaba. Cruzaron el mar, desafiaron tempestades, lucharon varias veces contra el demonio, pasaron hambre y otras penalidades, tuvieron que hacerse invisibles ante el asalto de un pérfido conde llamado Odalrico… Luego, llegaron a un rincón de las montañas, en la tierra oriental de los aragoneses, y construyeron allí una iglesia. Pero antes de poner la Copa en su altar, según se les había ordenado, avisó un mensajero celeste de que estaban llegando los sarracenos con un gran capitán al frente. Así que huyeron hacia poniente durante la noche y al alba decidieron ocultar el Santo Vaso en una cueva secretísima, cerrar su puerta y ordenar que crecieran ante la misma grandes árboles. Todo ello en espera de que un hombre de Dios lo recuperase. Al sarabaíta amigo mío se lo contó el obispo de Córdoba poco antes de que lo martirizasen los moros, y le ordenó que subiese cuanto antes hasta la ciudad de San Martín para revelar su secreto a un concilio que allí había. Pues era llegado el tiempo señalado por los profetas para que el mundo entero rindiera veneración a esa gloriosa reliquia… Fue en su camino cuando me reveló el lugar a cambio de mi dinero, porque carecía de él para continuar su viaje.

Mientras el joven Martín de Châtillon acumulaba en su historia todos los elementos que pudiesen acuciar todavía más la curiosidad y la codicia del obispo de Ataun; mientras respondía a sus preguntas con nuevos detalles, aunque sin decir palabra del lugar exacto en que se hallaba el tesoro, habían concluido el descenso y caminaban por el sendero ancho y descarnado que seguía el curso del río. No le parecía al peregrino que fuese el mismo en que había sido capturado, pero sin duda conducía a alguna ciudad o villa importante. Tan sólo vio durante la marcha a dos pescadores que lanzaban arpones a las aguas y a un hombre viejo que guiaba a dos cabras monte arriba.

– ¿Conoces alguna oración milagrosa que debamos rezar cuando nos postremos ante la sagrada Piedra? -preguntó el obispo.

– Una que me enseñó el monje vagabundo, una que abre la puerta de la caverna y sin la cual el hombre que lo intente quedará al momento convertido en estatua de madera, como ya les ha ocurrido a muchos. Y después otras dos más que me enseñó un abad de Cize y que es preciso recitar de rodillas tres veces antes de tocar el relicario de ónice en que está encerrada la Copa.

– ¿Cómo son esas antífonas? -El montañés de la larga greña no pudo ocultar un temblor de pánico.

– Yo mismo las diré cuando lleguemos allí -se excusó el joven.

Estaba el frío sol en lo más alto de su curso. Los dos viajeros vieron a unos cien pasos por delante a un grupo de ocho o diez caminantes, algunos de ellos en mula y a caballo, que viajaban cantando y dejaban una leve estela de polvo arrancado a las piedras. Hacían lenta y despreocupadamente su camino.

Martín apuró el paso de manera disimulada, pero el obispo debió de advertirlo en seguida y se llevó las manos al mango del hacha que pendía de su cinturón. Simultáneamente, el peregrino descubrió entre la maleza la figura agitada del pequeño de los diáconos, en el mismo borde del agua, a cierta distancia por delante de ellos. El joven logró imponerse a sí mismo un gesto de sosiego e indiferencia y no dar muestra alguna de inquietud.

Siguió a paso vivo, sin cortar el hilo de su larga historia, hasta que se puso a la altura de los otros viajeros. Advirtió en seguida que iban preparados para una larga romería: bien avituallados y vestidos, contentos y llenos de esperanza. Dos de los jinetes no disimulaban sus fuertes espadas.

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