Jesús Torbado - El peregrino
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– ¿Vienes de muy lejos, peregrino?
– Soy de Châtillon, junto al río Indra, en el reino de los francos. Martín es mi nombre.
– Yo me llamo don Ramírez, párroco de esta pobre iglesia de san Lorenzo. Mi hermana Oria, aunque buena cristiana, cree todavía en supersticiones antiguas y piensa que da buena suerte hospedar a un pelirrojo. ¿Sabes tal vez por qué es rojo tu pelo? -preguntó.
Martín se echó una mano a la cabeza como si fuese a comprobar algo que sabía de sobra.
– Los hay que piensan que un antepasado vuestro fue el ángel san Rafael, que era rojo por estar siempre tan cerca de Dios y contagiado de su luz; pero eso no deja de ser una leyenda piadosa, ya que no está demostrado que los ángeles puedan procrear como los hombres. Yo pienso más bien, y en interés propio, que el primero de tus antepasados fue uno de los cristianos que intentaron rescatar del asador a san Lorenzo: se les incendió el pelo y después les creció rojo, como don especial de Nuestro Señor.
– ¿Y en dónde está tu interés, don Ramírez?
Oria se había sentado en el suelo a sus pies, le había cogido los pies para meterlos en la palangana de barro y estaba empezando a frotárselos con mucho ahínco y la ayuda de una esponja de cáñamo y lana. Su hermano removía con un cucharón de madera el guiso que tenía a la lumbre, mientras seguía hablando.
– Mi iglesia está dedicada al mártir san Lorenzo y tengo bajo la piedra del altar la reliquia de una de las brasas que quemaron su carne y se impregnaron de su grasa, pero el nuevo obispo me ha llamado hace una semana para decirme que no es verdadera la reliquia. Le mostré el certificado que me entregó el diácono sevillano al que se la compré, que venía huyendo de los moros, pero no concede validez a ese título, aunque lleva el auténtico sello del obispo de Baeza. -El sacerdote estaba delante de él, con el cucharón en una mano y su copa de vino en la otra; añadió desalentado-: En realidad, lo que ese hombre pretende es despojarme de mi iglesia. Hay un conde venido de Gascuña que desea construirse un palacio en este mismo lugar y sé que ha hecho diversas donaciones al obispo a fin de que le entregue nuestra casa. Y él necesita reunir mucho dinero para levantar una nueva catedral, más grande y lujosa que la que ahora posee… No sé, muchacho, no sé… Sólo me queda rezar al venerable san Lorenzo para que me ayude.
La hermana iba asintiendo a sus palabras y repetía los mismos gestos de desencanto del sacerdote, como si poseyesen los dos un solo espíritu. Cuando consideró que los pies del peregrino estaban debidamente limpios, empezó a frotarle las piernas y luego los muslos, por debajo de la saya.
Llegó con sus manos a los testículos y se entretuvo rociándolos también de agua caliente y amasándolos con el paño de lana y con sus dedos; después hizo lo mismo con la verga, que se había hinchado mucho por el contacto. Oria meneaba la cabeza a un lado y al otro, miraba a veces a los ojos del muchacho y no borraba de su rostro la mueca de inquietud que le causaban las explicaciones del sacerdote.
– Pero si es tuya la iglesia -dijo Martín por decir algo, con voz un poco temblorosa-, puedes acudir al rey para que reconozca y defienda tu derecho.
– Eres muy joven, peregrino, y no sabes aún que los reyes escuchan siempre con más agrado a condes y a obispos que a un pobre sacerdote. Seguiré rezando a nuestro mártir para que se apiade de mí… En fin, creo que nuestra comida está dispuesta -añadió al agacharse sobre el otro perol puesto al fuego.
Martín se encogió en su asiento, sintió que los músculos le apretaban el abdomen como un nudo de correas hirvientes y luego notó un estallido por todo el cuerpo. Oria se paró un momento y aguardó a que terminaran las convulsiones del muchacho, mirándolo curiosa. A continuación, enjuagó las manos en la palangana y recogió la semilla que había impregnado la saya y la piel del peregrino. Se humedeció con ella la frente, los ojos y los labios, tan reverentemente como si se tratase de los sagrados óleos, y se apartó de su lado.
En unos minutos retiró la palangana, salió a la calle para arrojar el agua sobrante y regresó a colocar el condumio.
– Dios sea loado por su bondad -dijo.
– Loado sea -respondieron al unísono los dos hombres.
El caldo del perol era oscuro y espeso. No sólo formaban parte de él verduras diversas, sino también alubias oscuras y trozos pequeños de carne y de grasa. Martín distinguió en seguida el aroma intenso del carnero. Flotaban una gran placidez y una sosegada armonía en aquella habitación; hacía semanas que no se había sentido mejor.
Después de que el sacerdote bendijera aquel abundante manjar, Oria entregó una cuchara de madera a cada uno y su hermano fue el primero en hundirla y llevársela a la boca.
Ellos le siguieron sin demora, aunque el guiso estaba todavía muy caliente. Se tocaban casi las rodillas de los tres, en torno a la olla situada encima de una piedra lisa. A la luz anaranjada de las llamas vislumbró Martín lo que ambos hermanos ocultaban bajo sus sayas, arremangadas por encima de las rodillas. Ni calzas ni bragas cubrían sus secretos.
Decidió él adoptar la misma postura, dado que esa parecía la costumbre de sus anfitriones. La masa oscura del vello púbico de la mujer y los genitales blanquecinos del sacerdote recibían el oloroso vapor que brotaba de la cazuela y la tibieza de la lumbre. A un ritmo preciso, el anciano bebía un trago muy corto del jarro de vino y lo pasaba después a los otros comensales, que repetían su acto.
– Si consiguieras un milagro de san Lorenzo, don Ramírez -dijo la hermana con voz tenue-, nuestro obispo tendría que aceptar la reliquia y se salvaría tu iglesia.
– ¿Tienes muchos feligreses?
– ¡Oh, sí…! Entran cada día docenas de tullidos, ciegos, leprosos, cojos, mujeres con flujo, incluso poseídos del demonio… Vienen todas las mañanas y todas las tardes a los oficios y dejan en el altar vino, pan, legumbres, frutas… No, fieles no nos faltan. Las gentes de esta ciudad son muy devotas. Pero el santo mártir no ha querido todavía hacer un prodigio.
– Quizá Santiago pueda intervenir -aventuró Martín-. Cuando yo me postre ante su tumba de Compostela, rezaré para que os escuche. Y le diré que me habéis ofrecido comida y albergue sin pedirme nada a cambio, sólo por su servicio.
– No quiso él detenerse en estas tierras durante su predicación y tal vez sepa poco de nosotros.
Martín de Châtillon dejó abandonada la cuchara en el perol.
– ¿Qué blasfemia es ésa, don Ramírez? Un abad me dijo que el señor Santiago recorrió todo este camino que yo estoy haciendo, desde Jerusalén hasta Tours y desde Tours a Compostela…
– ¡Cuentos! Seguro que te lo dijo para darle mayor santidad a su monasterio. Muchos se comportan así.
– ¿Dónde estuvo, entonces?
El sacerdote se subió por completo la saya para limpiar restos de caldo que le habían caído en las barbas. Bebió otro trago y apoyó las grandes manos en sus rodillas.
– ¿Habéis cenado bien? -Sin esperar respuesta, continuó-: Vamos, Oria, deja el perol en la puerta para que acaben los vagabundos con tu guiso. Que estaba muy bueno, loado sea Dios. Yo contaré a nuestro joven huésped la verdadera historia de Santiago y de su tumba, si no está muy fatigado, porque me temo que sus maestros de Francia habrán intentado poner a su favor leyendas y fantasías. Como esa del abad… He escuchado a muchos doctores e incluso he leído algún libro santo que trataba de este asunto.
Oria volvió a la calle, a través de la iglesia, para cumplir el mandato de su hermano.
– Pues dicen los textos sagrados, Martín, que Santiago, el hermano mayor de Nuestro Señor, vino a España a predicar la verdadera fe, cuando cada uno de los apóstoles tomó un rumbo distinto. Después de la resurrección y la subida a los cielos de Cristo, naturalmente. Y eligió España porque un ángel le había señalado que era una tierra extensa y rica, con ríos de leche y fuentes de miel, pero poblada por hombres bárbaros que adoraban al mismísimo Demonio bajo nombres diferentes. No te sorprendas, que así era y todavía yo conozco personas que lo siguen haciendo. Llamaban a Santiago Hijo del Trueno, porque era hombre fuerte, al que no asustaba ninguna zozobra; y cuando se enfurecía, lanzaba rayos de fuego por su frente, como el profeta Moisés. Eso está escrito en los libros. De modo que llegó a las tierras de mediodía y comenzó a predicar. Por entonces no estaban allí los sarracenos infieles, que, de otro modo, lo hubieran matado nada más verlo y hubieran puesto su cabeza a secar al sol en las puertas de una ciudad, como suelen hacer. Paso a paso anduvo por todos los reinos paganos: vadeó ríos, escaló montañas, cruzó ventisqueros, surcó lagunas y pantanos, sorteó desiertos, visitó campos, se detuvo en villas y aldeas, habló con príncipes, realizó portentos entre los menesterosos, destruyó templos impíos, construyó iglesias… Y, sin embargo, nadie le hizo caso. Miento: siete hombres santos lo siguieron en su largo peregrinaje. No olvides sus nombres, pues debes venerarlos mientras vivas: Cecilio, Tesifonte, Torcuato, Indalecio, Teodoro, Hesiquio… ¿He olvidado alguno?
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