Jesús Torbado - El peregrino

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Martin de Châtillon ha emprendido un viaje desde su Francia natal hasta la ciudad de Santiago de Compostela. Su camino estará marcado por el encuentro con gentes variopintas y personajes peculiares; conocerá costumbres y usos de los reinos españoles; recorrerá una tierra que vive bajo la sombra de un Dios implacable. Sus aventuras elaboran un retrato crudo y descarnado del mundo medieval en el que transcurren.

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– ¡Cuánto más santo no había de ser un perro que sufrió sin quejarse las muchas calamidades del apóstol Santiago, que sorbió sus lágrimas y lamió sus manos, que lo guardó de los lobos y pudo oler el aroma suavísimo del vestido de la Madre de Cristo!

– Mucho más santo que todas esas cosas sin vida, sí.

– Y debes considerar todavía una cosa más, buen peregrino -dijo el sacerdote poniéndose de pie y abriendo los brazos en cruz para desentumecerlos-. Por réprobo y loco y cruel que sea un obispo, no deja de ser un obispo, es decir, un dedo de Dios. Y si Ataun te entregó los huesos envueltos en un lienzo de lino, sin duda es porque también él pensaba que era el mismo perro de Santiago. Seguramente el demonio se lo inspiró para que lo devorase y cometiese de esa manera un gravísimo pecado.

Martín se desperezó también. Fue de rodillas hasta el envoltorio, lo abrió con mucho cuidado y sacó de él dos costillas de su antiguo compañero, todavía con algunas hebras de carne pegadas al hueso. Se puso de pie con ellas en la palma de la mano.

– Quiero regalártelas para tu iglesia, don Ramírez, una por ti y la otra por tu hermana Oria. Pues además de haber hecho conmigo la caridad que todo peregrino merece, me has enseñado muchas cosas que ignoraba y que jamás voy a olvidar.

El sacerdote tomó reverentemente el donativo, se dirigió con él hacia la habitación contigua, a su iglesia, y lo depositó encima del altar, que brillaba débilmente bajo la luz derramada desde el ventanuco. Buscó en un baúl de madera unos corporales y los colocó sobre los huesos. Luego, se arrodilló ante ellos y dibujó en su frente la señal de la cruz.

– Ese tesoro que posees, Martín, será la gloria de tu vida y la salvación de tu alma. Hablaremos más de ello mañana; me vence el sueño. Y me vencen los años y la tristeza.

Oria llevaba mucho tiempo dormida, pero al notar que los dos hombres se acostaban junto a ella, uno a cada lado, se removió en la yacija. El sacerdote comenzó a recitar un salmo, con voz que se iba apagando más y más en cada versículo. A Martín le pesaba tanto la cabeza, por cuanto había escuchado, como los fatigados miembros. Dentro de ella saltaba el perro de Richelde, rodeado de ángeles.

La espalda de Oria se apretó levemente contra su costado y una de sus manos empezó a recorrerle despacio el vientre. Se detuvo en la región que antes había lavado con tanto esmero; tiró con decisión de lo que tenía sujeto hasta lograr que Martín girase el cuerpo y lo apretase contra el suyo. Soltó su presa un instante y otra mano vino a recuperarla, pasando por entre sus propias piernas, que había separado mucho.

Martín dejó que la hermana del sacerdote se acomodara a su gusto, hasta que notó cómo su miembro penetraba en una región húmeda y caliente y cómo las nalgas de ella le presionaban en los muslos más y más, a veces con un movimiento rítmico, a veces en golpes bruscos y repentinos. Las pajas de centeno del lecho gemían sordamente bajo las pieles de oveja. Extendió el brazo izquierdo por encima del cuerpo de la mujer y se agarró con fuerza a uno de sus pechos tibios. Así permaneció, casi inmóvil, mientras ella acompasaba su agitación; hasta que de nuevo sintió el brutal latigazo en los riñones y creyó que se caía de un árbol altísimo sobre la yerba. Como el hombre que había descubierto por la mañana cabalgando a su yegua. El peregrino se durmió en ese instante.

4

El monasterio de Châtillon solamente acogía a tres monjes y a un novicio joven que había llegado de Bretaña. Era propiedad del abad de Marmoutier, que lo tenía destinado a cuidar cerdos para el consumo de su propia abadía. De manera que se trataba en realidad más bien de una granja monástica que de un verdadero monasterio. Su madre le había contado en varias ocasiones que jamás vio a los frailes cantar en el coro, celebrar oficios, leer libros, asistir a capítulos o realizar cualquier otra actividad propia de su profesión. Sí los había visto, en cambio, y demasiadas veces, perseguir a las muchachas de la región, beber más vino de lo razonable, esconder un lechón recién nacido, antes de que fuese anotado en el libro de cuentas, para comerlo más tarde en secreto, y pelear entre ellos.

En el año de la primera gran peste, cuando nació él, habían muerto dos de los monjes, se había fugado el novicio y los gochos habían sido robados por campesinos hambrientos y desesperados. En el recuerdo de los aldeanos de Châtillon, la tragedia había sido más grande aún que la ocurrida unos treinta años antes.

Entonces no hubo peste, pero se presentó en la aldea uno de los monjes de San Benito de Marmoutier a quien nadie conocía: obligó a todos a reunirse en la iglesia y les dijo que antes del domingo siguiente se acabaría el mundo. Lo cual ocurriría en medio de prodigios portentosos y de terrible espanto: se tornaría negro el cielo en pleno día, caerían de él estrellas rojas que lo quemarían todo, brotarían de las entrañas de la tierra monstruos indescriptibles, los pecadores irían perdiendo a trozos la carne de su cuerpo y acabarían quedándose como esqueletos andantes, todos los ángeles del Señor volarían sobre las aldeas con las espadas de fuego desenvainadas, quemando los árboles y los techos de paja de las casas, todos los animales se trocarían en demonios y los hijos pequeños se volverían perros dispuestos a devorar a sus madres… No se trataba de una locura de aquel hombre o de una de las habituales amenazas de los clérigos para que no pecasen y fueran devotos, sino de un hecho comprobado en los libros santos y en las profecías antiguas; el mismo Papa lo había anunciado desde Roma y podían ellos, si querían desperdiciar su tiempo en vez de dedicarlo a la penitencia, viajar a cualquier parte y enterarse.

– De hecho -contaba su abuelo-, la noche de aquel mismo día del anuncio se detuvo en el pueblo un peregrino que venía de Tours y se dirigía a Compostela, y nos contó que así era efectivamente; que así se lo habían dicho en todas las iglesias y en todos los monasterios por los que había pasado. Y era tan seguro, que no continuaría caminando, pues no tendría tiempo para llegar ante el santo sepulcro. Y se quedaría allí, en el atrio de nuestra iglesia, esperando entre lágrimas el Gran Día de la Segunda Venida del Señor y la aparición del Anticristo.

Terminaron todos por creerlo y los cuatro días siguientes fueron de gran espanto y terror. Todos los viejos lloraban cuando relataban lo ocurrido y sus palabras iban pasando de padres a hijos como una herencia pestilente. Pues, aparte del inolvidable dolor que padecieron, los ayunos, los cilicios y penitencias, las horas sin dormir pasadas clamando en el interior de la iglesia con aquel monje, la desesperación de los jóvenes y la angustia de los viejos, las procesiones con cirios y de rodillas por encima de los guijarros; aparte del miedo a morirse no sólo cada uno de ellos, sino también sus padres, sus hijos, sus mujeres, sus gallinas, sus perros, el pájaro que tenían enjaulado, todo lo que existía y respiraba; aparte de esas y de otras miserias, calamidades y desdichas sin cuento, como obra máxima de penitencia y para expiar tantos años de pecado, la mayoría de los arrepentidos firmó la donación de sus tierras y de sus casas al santo monasterio de San Benito. De esa manera, según les había dicho el predicador, lavaban sus culpas del pasado y podían presentarse ante el Señor, en su Segunda Venida, puros, despojados y limpios como ángeles del cielo.

– Y lo que pasó fue que el Señor no apareció por aquí -decía una y otra vez el padre de su madre-; ni vino a Châtillon ni a Buzanais ni a Preully ni a la villa de Loches… El peregrino que se había sentado a esperar en el atrio de nuestra iglesia, allí se quedó penando más de un mes, hasta que murió de hambre y lo enterramos en nuestro cementerio. El Señor debió de decidir en el último momento permanecer en su palacio… Pero los monjes de Marmoutier tenían en su poder los documentos firmados ante muchos testigos y en esos papeles ponía que eran los dueños de toda la aldea, y también de muchas aldeas vecinas. De ese modo fue como nos convertimos en siervos suyos.

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