Jesús Torbado - El peregrino
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– Bebe, peregrino, y que tengas salud para llegar a Compostela.
– ¿No pides pago por este don?
– Es caridad con los romeros. Buenas gentes de esta ciudad y aun de villas lejanas me ofrecen diezmos de sus cosechas para que sacie la sed de los caminantes. Pues se dice que no hace muchos años tres peregrinos normandos murieron de sed durante la noche ante esta misma puerta, que estaba cerrada por temor a los enemigos. Desde entonces he tomado yo la misión de hacer guardia aquí, día y noche, como penitencia por mis pecados y los de todos los burgueses. ¿Quieres otra ración?
Martín no la pidió con palabras, pero alargó la mano para coger de nuevo el cuenco lleno. Chascó la lengua alegremente y se postró en tierra para besar los pies de aquel caritativo varón.
A él mismo preguntaron por el barrio de San Sernín, que era donde vivían todos los francos que se habían instalado en la ciudad por invitación de los reyes navarros. Se situaba al otro lado del puente sobre el río Arga, inmediatamente a la izquierda. El burgo, próspero y ruidoso, estaba separado por un campo polvoriento y yermo de la zona que habitaban los naturales del país y de otro burgo más pequeño poblado por judíos.
Desde allí vieron, mientras sorteaban ovejas y cabras que rascaban las pobres yerbas del lugar, la torre chata y gruesa de la catedral, cuya campana anunciaba algún oficio vespertino. Muy por encima de ella y también del humo que vomitaban las chimeneas de la ciudad se levantaba el castillo. Debía de estar dentro el rey, ya que se advertían muchos guardias entre las almenas y ondeaban banderas rojas y verdes.
Los de Gante buscaban a un hombre de su tierra que poseía un agradable albergue. Era una casa grande de piedra, con una dependencia abierta en la planta superior, ya ocupada por algunos peregrinos; las ropas colgadas de las paredes y la cantidad de equipaje indicaban muy claramente que no eran pobres. A Martín le pareció mucho pagar medio mancuso muslime, u otra moneda de oro de parecido peso, según aclaró el mesonero, tan sólo por cenar y dormir una noche en alguno de los jergones de paja que estaban ordenados muy juntos en aquella sala. Como los flamencos no parecían dispuestos a pagarle el reposo y la mayor parte de su dinero había quedado en manos del obispo y de sus diáconos de la montaña, decidió agradecer su compañía y vagar por la ciudad en busca de alguien que lo acogiese.
Fuera del burgo franco, no parecía la gente muy hospitalaria. El sacerdote de Gante debía de tener razón cuando le había hablado tan agriamente de los navarros antes de despedirse. Odiaban a franceses, normandos, frisones, flamencos, borgoñones y a todos los demás pueblos del otro lado de las grandes montañas, así como a los cristianos en general que no hubieran nacido en su tierra, le dijo, fueran peregrinos o comerciantes.
Y tal cosa se demostraba bien cierta si el joven conocía de qué modo fueron crueles con el señor Carlomagno, con don Roldan y con los Doce Pares. Y también cómo más tarde, cuando el emperador regresó para vengar la derrota con un ejército de cincuenta y tres mil sesenta y seis doncellas, santísimas vírgenes de Francia, los navarros las mataron y las violaron a todas después de muertas. Y aunque sus lanzas clavadas en la tierra florecieron como árboles y dieron fruto, no por eso los habitantes de las montañas dejaron de profanar esos sagrados bosques.
– Incluso -añadió muy dolorido el clérigo-, y eso te llenará de indignación y de asombro, me han dicho que organizan grandes procesiones por entre los campos de espinos para llegar hasta la roca de mármol que Roldan partió con tres golpes de su espada Durandarte. Y allí se embriagan con vino y sidra, cometen uniones ilícitas entre ellos, sin importarles si son hombres o mujeres, y finalmente hacen sus necesidades más groseras, públicamente, imitando los cantos del búho, en el mismo lugar preciso en que la brillante espada del héroe cayó a tierra cuando él murió.
Por tales razones habría observado él que los dos soldados del séquito cabalgaban siempre con sus espadas listas y también los servidores tenían constantemente prestos sus puñales. Para justificar tal comportamiento, añadió el clérigo:
– Es ciencia muy sabida que los navarros son impíos y rudos, feroces y crueles, pendencieros, malévolos, desalmados, lujuriosos, borrachos, innobles y dados a todos los vicios. Así lo han escrito algunos infatigables viajeros que han cruzado estas tierras y han tenido que enfrentarse a ellos. Cuídate de los navarros, Martín de Châtillon, si quieres llegar con vida a Compostela, que ya has conocido sus humores.
Las calles de la ciudad aparecían agitadas, como si los habitantes se estuvieran preparando para un asedio. Caminaba deprisa la gente y algunos miraban al peregrino con gesto torvo y hostil. En la escalinata de la catedral cuatro leprosos pedían limosna.
Se asomó Martín al oscuro interior por ver si encontraba un sacerdote que le diera albergue, pero el sacristán portero le dijo que tenían todo lleno; en cualquier caso, podría conseguir allí la cena de los peregrinos, pero no lecho. Olía a incienso y a suciedad la nave de techo bajo y sólidos muros de piedra. El humo de los cirios hacía difícil la visión del altar y de las mujeres que rezaban en voz alta, arrodilladas en el pavimento.
Empezaba a anochecer; a medida que huía la luz desaparecían los navarros de la calle. Martín sentía el cansancio en las piernas y en la espalda el peso de su zurrón y del paquete con los huesos del perro. Siguió una calle empinada cuyo final cerraba la muralla del castillo. A su derecha arrancaba otra y allí mismo, en la esquina, se levantaba una iglesuela poco mayor que un chozo de pastores, con una gran cruz de madera clavada sobre la puerta. Una mujer de saya azul y negro pelo recogido con una cinta estaba barriendo la puerta; al inclinarse, el muchacho vio cómo le brillaban las corvas. Ella se enderezó y lo miró sonriendo.
– ¿No tienes albergue, peregrino?
– Parece que está llena toda la ciudad.
– Ésta es una casa de Dios y a mi hermano no le importará que pases con nosotros la noche. Pobre es su iglesia, pero no tanto que no podamos ser misericordiosos. Espera que le pregunte.
Dejó en el suelo el hatijo de escobas y entró en la casa. Regresó en seguida acompañada de un hombre casi anciano, con una barba gris enredada, una cruz de hierro colgada al pecho y un vestido negro que acababa en sus desnudas rodillas. Estaba descalzo y se encaminó hacia él con las manos abiertas.
– ¡Quédate con nosotros, muchacho! -le ordenó, con imperativo afecto-. Ya tenemos lista la cena y habrá para los tres. Sé bienvenido y que el señor Santiago y el señor san Lorenzo velen por nosotros, amén. Anda, entra… Tú, Oria, lávale los pies al romero. Voy a buscar vino.
La iglesia de aquel hombre parecía un antiguo redil. El suelo era de barro y las piedras de los muros estaban colocadas irregularmente, sin argamasa ni aberturas para la luz. Tan sólo había un ventanuco encima del pequeño altar y, sobre éste, una lámpara de sebo que apenas iluminaba el recinto. Brillaba, sin embargo, con resplandor propio el lienzo blanco que cubría el ara.
No tenía la cámara más allá de quince pasos; una docena de gruesos tocones brillantes por el uso hacían las veces de bancos para los feligreses. Olía a resina y todo estaba limpio y acogedor. A la izquierda, un hueco tapado por una pesada tela negra daba acceso a una habitación de parecido tamaño, caldeada por un fuego de troncos situado en el centro que teñía de relámpagos rojizos los escasos muebles y enseres.
La mujer vertió en una vasija de barro agua de la olla de hierro que colgaba sobre la lumbre y señaló al peregrino un tocón para que se sentase. El sacerdote se acercó a él con una copa metálica llena de vino oscuro; en la otra mano traía otra para él. Bebieron al mismo tiempo y el hombre dejó escapar una sonrisa afectuosa.
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