Jesús Torbado - El peregrino
Здесь есть возможность читать онлайн «Jesús Torbado - El peregrino» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.
- Название:El peregrino
- Автор:
- Жанр:
- Год:неизвестен
- ISBN:нет данных
- Рейтинг книги:5 / 5. Голосов: 1
-
Избранное:Добавить в избранное
- Отзывы:
-
Ваша оценка:
- 100
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
El peregrino: краткое содержание, описание и аннотация
Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «El peregrino»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.
El peregrino — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком
Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «El peregrino», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.
Интервал:
Закладка:
Entonces, Martín se puso de pie y advirtió por vez primera en qué lugar estaban: demasiado perdido, solitario y remoto. Llevaban agua, pero no comida; estaban muy cansados y muy tristes.
– Tenemos que enterrarlo o bajar con él hasta el monasterio de San Millán.
Oria pensaba que era más justo y piadoso cargar con su hermano y conducirlo a un lugar sagrado, pero ignoraban los dos a qué distancia estaban de él y cómo podrían hallarlo. Martín prefería buscar un hueco entre las rocas y dejarlo allí, cubierto de tierra y de hojas y acompañado de una cruz que él haría con dos palos. Cuando lo dijo, vio el espanto en los ojos de la mujer, pues aquello era como dejar a su hermano en las garras del demonio. También él estaba seguro de ese riesgo. Decidió al fin cargar de nuevo a don Ramírez sobre la espalda y continuar la marcha como antes había hecho.
Advirtió en seguida otro gran prodigio del que ya le habían hablado alguna vez: ahora el sacerdote pesaba mucho más.
– He escuchado que algunos hombres santos, después de muertos, eligen el lugar de su sepultura impidiendo que sean movidos en cualquier forma. Ni con hombres ni con bueyes. Tal vez don Ramírez ha elegido este sitio, en medio de estas montañas de Dios.
Cuando terminó de hablar, vencido por el peso, cayó de rodillas y dejó en el suelo su carga. Estaban cruzando un pequeño campo de malvaviscos que crecían en un claro del bosque. No habían florecido aún.
– ¿No crees que eso pueda suceder? -preguntó.
– No sé -dijo Oria-. Él siempre me pidió que cuando muriera lo enterrase en su propia iglesia, delante del altar de san Lorenzo.
– Pero no podemos volver a Pamplona…
Bebió un sorbo de agua de la calabaza que le tendía Oria. Estaban los dos sentados, abrumados e indecisos, junto al cuerpo rígido del sacerdote. Y oyeron entonces feroces aullidos en la parte más alta de la montaña. Martín se puso rápidamente en pie.
– ¡Son lobos! -gritó. Conocía bien sus voces.
Tomó de la mano a la mujer y se lanzó corriendo ladera abajo. Ni siquiera se detuvo a volver la cabeza, porque a su espalda oía cada vez más cerca los ladridos de las fieras, que se enredaban en los árboles y se multiplicaban por el eco. Incluso el sonido de sus patas parecía haberse adueñado de todo el bosque. Sólo cuando llegaron al fondo del valle, en donde comenzaba su curso un arroyo, cesaron los aullidos. Se detuvieron a recobrar el aliento, a apaciguar su corazón. Y sólo en ese momento recordó Martín que su amigo y maestro había quedado arriba, muerto y abandonado. Se echó a llorar como cuando el prior de la granja monástica lo amenazaba con separarlo para siempre de su madre. Como el día en que el ferrero lo arrancó violentamente de Richelde, a la que estaba besando a escondidas. Oria también lloraba, pero encontró fuerzas para acercarse al arroyo, humedecer sus manos y luego limpiar con ellas el sudor que le caía al peregrino sobre los ojos.
No se oían desde allí los ladridos de los lobos. Tampoco se veían sus lomos relampagueando entre los árboles. No muy lejos, en cambio, distinguieron la silueta de la espadaña del monasterio de San Millán. Decidieron llegar hasta él para pedir ayuda.
Sólo tres monjes vivían allí; los acogieron con tanta caridad como pocas palabras. Carecían de vino y tampoco disponían de mucha comida, pero les ofrecieron lo suficiente para reanimarlos. Uno de ellos incluso lavó los pies del peregrino y se prestó a unir con cuerda de cáñamo los jirones de su saya, que estaba casi partida en dos. Escucharon silenciosos y horrorizados la historia de la persecución de los lobos y el penoso destino del hombre santo cuyo cuerpo había quedado en la espesura. Rezaron por él en la cueva sobre la que habían colocado las piedras y arcos del edificio.
Al amanecer del día siguiente, dos de ellos acompañaron a Martín a recuperar el cadáver de don Ramírez, pero no estaba en donde lo habían dejado.
Después de buscarlo mucho, el mayor de los monjes encontró algunos huesos descarnados, todavía enrojecidos por el color de la sangre y con la marca de los dientes de los lobos. La cabeza estaba separada del resto del cuerpo, en el límite del campo de malvaviscos, y también parcialmente devorada. Sobre un matorral de violetas, un trozo de la mandíbula inferior, con algunos dientes incrustados y restos de la barba del sacerdote, había manchado de rojo las florecillas partidas. El peregrino lo recogió con los dedos y lo guardó en la faltriquera. Luego, fueron recuperando todos los demás despojos que estaban sembrados por la ladera; los juntaron sobre el manto de uno de los monjes, que cargó con ellos a la espalda, y regresaron al monasterio para enterrarlos en una de las pequeñas cuevas laterales que usaban como sagrado cementerio.
7
Ni siquiera durante su infancia, en aquellos años de pestes y de derrotas, había visto Martín una niebla tan espesa. Caminaba confuso, porque en muchos momentos no podía adivinar desde qué parte de aquellos grises celajes enviaba el sol su luz. Él mismo se había ocupado de dibujar un itinerario, siguiendo las indicaciones dictadas por el prior de San Millán, que lo devolvería al camino principal. Debía rodear una montaña alta y luego buscar un valle que se curvaba hacia el norte. Allí encontraría poco después un arroyo, siguiendo el cual tropezaría con un río mayor, aunque no caudaloso. Sus aguas, en fin, lo conducirían a una aldea muy pequeña llamada Bureba, por donde pasaba el gran camino… Había encontrado ya un río, pero no estaba seguro de que fuese el Oja que le había señalado el monje. Desgraciadamente, los ríos no sabían hablar para decir su nombre.
Al contrario que muchas otras personas con las que había hablado, a él le gustaban los ríos. Eran en general elementos amistosos. No sólo conducían siempre a tierras llanas y hospitalarias, no sólo ofrecían agua y peces sin cicatería, sino que en sus orillas se encontraba con seguridad algún tipo de alimentos, aunque fuesen los tiernos tallos de los juncos, las agrias moras y las guindas silvestres.
A pesar de su carga de tristeza, caminaba ágil y rápido. Saltaba sobre las rocas, se colgaba de las flexibles ramas de los sauces, lanzaba piedras planas a la agitada corriente para que bailasen sobre ella. Al mismo tiempo lloraba y cantaba, como si estuviera loco. Cosidas a un cinturón de tela que se había anudado sobre el vientre, por debajo de la saya que le llegaba a las rodillas, llevaba escondidas unas cuantas monedas de plata que Oria le había regalado. Exactamente la mitad de las que poseía, además de tres dinares de oro que entregó a los monjes como limosna por su hospitalidad y por los oficios de difuntos en honor de don Ramírez.
Dos días enteros habían discutido los tres eremitas sobre la conveniencia de acoger cerca de ellos a la hermana del sacerdote muerto. No seguían en el cenobio regla alguna, ni la de san Fructuoso ni la de san Agustín ni la de san Benito ni cualquier otra que gobernase los grandes monasterios.
El venerable Millán les había dejado dichas unas cuantas normas para su santificación y su cumplimiento era suficiente para conducirlos sanos y salvos a la vida eterna. Se abstenían de carne, se levantaban dos veces por la noche a rezar los salmos ante su sepulcro, no hablaban entre ellos desde la caída del sol, caminaban descalzos y acogían a todo aquel que se presentase en demanda de caridad, fuese cristiano, musulmán o hereje, fugitivo o expatriado, campesino o noble. La tradición les exigía también no sólo rechazar todo trato con mujeres, sino procurar apartarse de su sola visión, aun de lejos; y, desde luego, de los conjuros de su voz. En consecuencia, no era posible aceptar a su lado a Oria, incluso reconociendo que había pasado toda su vida al lado de un santo sacerdote y que conocía la devoción y la piedad.
Читать дальшеИнтервал:
Закладка:
Похожие книги на «El peregrino»
Представляем Вашему вниманию похожие книги на «El peregrino» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.
Обсуждение, отзывы о книге «El peregrino» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.