Jesús Torbado - El peregrino
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Mandaron a Oria que esperase allí, ante la puerta defendida por el guardia, y condujeron a Martín y a don Ramírez al interior del recinto. En una celda en la que se amontonaban libros y papeles, les ofrecieron a beber de un gran jarro de metal ya medio vacío. Era un vino espeso, negro y fuerte. Don Ramírez mantuvo un buen rato su boca pegada a la vasija antes de pasársela a Martín.
Cuando el joven se limpiaba con la mano la barba rojiza, que apenas le apuntaba en el mentón, oyó que el hospedero le pedía ver las reliquias que portaba. Abrió sobre una mesa uno de los paquetes en los que ya tenía troceados en fragmentos del largo de un dedo los huesos mayores del perro de Richelde, el que se habían comido el obispo de Ataun y sus diáconos. Olían todavía a carne asada, algo podrida, pero eso no sorprendió al camarero. Hizo una devota y tambaleante genuflexión antes de analizarlos.
– Pertenecen al santísimo perro que acompañó al apóstol Santiago durante su predicación por España -dijo Martín-. Como sabrás sin duda, pues eres hombre sabio, Santiago no pudo llevarlo consigo cuando decidió en Zaragoza volver a que lo martirizaran en Jerusalén. Así pues, el animal estuvo vagando hasta que lo recogieron los monjes del Puy, los cuales me entregaron a mí esta parte de sus huesos para que los llevase hasta Compostela y los depositase en su tumba. Ésa es la misión que traigo.
– Y también le dieron autorización para dejar algunos de ellos en los monasterios que fuesen dignos de esa donación -añadió don Ramírez.
El camarero y el encargado del hospital miraban muy atentos los huesos, sin atreverse a tocarlos.
– Tal vez una de estas reliquias podría honrar la iglesia que estamos construyendo… Tenemos ya un pedazo de barro del que fue hecho nuestro padre Adán, una madera del pesebre del Niño Jesús, una pluma de las alas del arcángel san Miguel y la mitad de la espalda del evangelista san Marcos. Sin contar, desde luego, el jarro con la sangre de Nuestro Señor, las azucenas y la venerable imagen de su Madre, todo lo cual encontró nuestro rey. Es decir, nuestra iglesia será de las más famosas y reconocidas de la cristiandad a causa de esos tesoros. Pero nada tenemos de Santiago, aunque nos encontremos en uno de los lugares más santos del camino que lleva hasta su sepulcro.
– El abad del Puy sin duda se sentirá muy contento al saber que una de las reliquias permanece en el monasterio de Nájera. Si ofreces una limosna por ella, según me pidió, ahora mismo será tuya.
– Está bien -dijo el camarero después de soltar un eructo ruidoso encima de las reliquias que estaba mirando-. Permitiré que os alberguéis los dos en nuestras celdas y os daré de nuestra cena. Tenemos buen vino, buenas truchas recién traídas de los montes Distercios y gachas de centeno. Lo mismo donaremos a vuestra hermana, aunque ella tendrá que dormir en el hospital; allí encontrará el hospedero un lecho para que repose.
– El santo abad del Puy -dijo Martín con cierto orgullo- me ordenó que no entregase ninguna reliquia por menos de cinco mancusos o su equivalente en las monedas de oro que se usen en cada reino, además de la caridad que se me hiciese a mí como mensajero. Comprenderás que su valor és infinito. Pero él está construyendo una gran cámara dentro de la iglesia y se conforma con esa pequeña dádiva para poder llevarla a cabo; siempre que tenga yo la garantía de que las reliquias serán debidamente honradas y situadas en una iglesia de mérito.
El camarero se quedó un rato pensativo y balanceando la cabeza. Miraba con mucha lentitud los huesos amarillentos.
Luego se apartó de ellos, tomó el jarro que estaba entre los pergaminos de la mesa, bebió un trago y regresó junto a los otros.
– ¿Tienes la carta del abad que asegura la verdadera procedencia de estos huesos? Porque nos han leído en el refectorio un libro de san Gregorio de Tours en el que se cuenta cómo quemaron vivo a un ermitaño llamado Desiderio. ¿Y sabes por qué lo hicieron, peregrino? Porque recogía en España huesos de ratones y andaba vendiéndolos en Francia como verdaderas reliquias de san Félix y san Vicente.
– ¡Qué iniquidad! -exclamó don Ramírez y se persignó, asustado.
– Yo tenía esa carta, señor -dijo Martín-, pero me la robaron unos bandidos en Roncesvalles.
– ¿Conque te robaron la carta pero te dejaron las reliquias, verdad? ¡Nunca he conocido yo bandidos tan ignorantes!
– Las reliquias estaban ocultas entre los pechos de nuestra hermana Oria -se apresuró a decir el sacerdote.
– ¡Fuera de aquí, blasfemos, herejes, heraldos del diablo!
De un manotazo, el camarero mayor sembró por la habitación los fragmentos de hueso. Buscó con los brazos abiertos algo a que asirse y alcanzó por fin el jarro de vino, que lanzó furioso contra la cabeza de don Ramírez. Fue leve y sesgado el golpe, pero roció de perfumado líquido sus cabellos canos y la barba, así como las ropas de Martín y del monje hospedero. Intentó éste apoyar el furor de su compañero, pero resbaló en el vino derramado y cayó pesadamente al suelo.
Martín se arrodilló y comenzó a recoger con prisas los huesos esparcidos por el piso de tierra; siguió haciéndolo aun cuando el camarero se colocó a horcajadas sobre él, y le golpeaba con los puños en la cabeza. Don Ramírez, mientras tanto, corría trastabillando hacia la puerta, con los brazos abiertos como si rezase. Apretando contra el pecho el zurrón en el que había metido parte de su tesoro, lo alcanzó el peregrino ya en la puerta del monasterio. El monje continuaba gritando furioso dentro de la celda, cuyas dos lámparas de sebo había echado al suelo Martín antes de escapar.
Sujetó al sacerdote por el brazo para obligarlo a correr más de prisa. Oria, que intuyó en seguida la realidad del peligro, se puso al otro costado y los tres buscaron las sombras húmedas de la orilla del río. Todavía se oyeron algunos gritos a su espalda, pero el mismo guardia parecía poco dispuesto a buscarlos. O quizá también el vino le frenaba las ganas de moverse.
Se echaron al suelo para recobrar el resuello y pasar inadvertidos. A unos pasos estaban tumbados tres peregrinos, dormidos ya.
– Es mejor que salgamos de la ciudad, don Ramírez -dijo Martín-. Si llega la luz del alba y nos encuentran aquí, pueden mandarnos al verdugo.
En silencio y moviéndose muy despacio, entre macizos de juncos y grandes sauces que apenas se distinguían en la oscuridad, fueron caminando río arriba. Dejaron atrás la ominosa sombra del castillo, por uno de cuyos muros caía el chorro fétido del desagüe de las letrinas; las chozas de los canteros y albañiles, unos corrales en los que balaban cabras desveladas y ladraban sus perros guardianes…
Al cabo de una milla aproximadamente, en una zona en la que el terreno comenzaba a ascender y los arbustos hacían muy difícil la marcha, Martín aceptó las súplicas del sacerdote y se detuvo. La noche se quebraba a veces con el ulular de los búhos y los silbidos de las lechuzas. Estaba claro el cielo. La masa luminosa de la Vía Láctea alumbraba el agua del río, que parecía plata, y teñía de azul oscuro el centro del firmamento.
Martín hurgó dentro de su bolso y sacó la mano con un trozo de pan duro. Sopló para quitarle el polvo y lo besó.
– Toma, don Ramírez. Come un poco. Oria y yo ayunaremos a causa de nuestros pecados… Iré a buscarte agua.
– ¡No te vayas, no! -pidió el sacerdote.
– ¿No tienes sed después de esta caminata?
– Quiero que sigas a mi lado. Oria recogerá el agua.
La mujer se levantó sin decir una palabra, con una calabaza en cada mano, y se fue hacia el río. No tenía ya fuerzas ni para lamentarse.
– Soy un grandísimo pecador, Martín, y Dios Nuestro Señor nunca podrá perdonarme. Pero ya ni siquiera me queda tiempo de hacer penitencia por tantas culpas.
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