Jesús Torbado - El peregrino
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– ¿Cuál es tu pecado, don Ramírez? Yo estoy seguro de que eres un hombre santo y un verdadero maestro.
– Mentí, hijo mío. Bien es cierto que mentí para ayudarte, pero mi mentira fue sobre un objeto sagrado y ésa es la peor de todas.
– Anda, come.
El sacerdote hundió el pan por un lateral de su boca, ya que los dientes delanteros que conservaba se le movían mucho; tardó un buen rato en arrancar unas migas al cuscurro.
– Cuanto dije del santo abad del Puy era falso y yo sabía que era falso. Es un gran pecado, Martín. Y hasta es posible que esos huesos de perro que tienes no sean del verdadero perro de Santiago… Sin embargo, intenté que aquel monje lo creyera, sin estar yo seguro de ello.
– ¿Y estás seguro de que existe la iglesia de San Benito del Puy, allí donde nace el río Loira?
– Desde luego -dijo Ramírez.
– ¿La has visto?
– Nunca he podido verla, porque jamás he viajado hasta allí.
– Según eso, estás mintiendo, ya que no puedes estar segu ro. Estás seguro sin certeza; y le habrás hablado sin duda a Oria de esa iglesia… Pero mientes incluso dos veces, puesto que la iglesia se llama en realidad Nuestra Señora del Puy… Sí, creo que es así como la llaman. Tampoco puedes saber realmente si el abad de ese monasterio me autorizó a mí a vender los huesos del perro, ni puedes saber de dónde vino ese perro, si estuvo con Santiago o no estuvo. Y tan tonto es decir que sí como decir que no. Y si decir que sí nos salva del hambre y nos ayuda a llegar a Santiago para cumplir nuestra promesa; si decir que sí es tomar un poco de dinero de esos monjes borrachos que seguramente se lo habrán quitado a los campesinos; si decir que sí… Porque yo pienso que casi nada es del todo verdadero… Pero si todo eso es un pecado, si Dios puede castigarnos por ello, entonces la única verdad es que Dios es malo.
– ¡Hermano mío! -Don Ramírez tendió una mano ante el peregrino para librarse de aquella blasfemia-. ¡No puedes decir eso nunca, nunca! Dios sólo puede ser bueno.
– Entonces, no veo razón para que quiera castigar a una persona buena como eres tú. Es como si se castigara a sí mismo.
– Me mareas con esos razonamientos, muchacho.
– Sólo quiero demostrarte que tu mentira no era pecaminosa. ¿Por qué no sigues comiendo?
En realidad, no podía hacerlo. Cuando volvió Oria, roció el mendrugo con agua y consiguió por fin engullirlo. Pero antes de terminar la pasta que había formado en el cuenco de su mano, se quedó dormido. Martín recogió las sobras y las comieron entre Oria y él. No tenían otra cosa. Cubrieron el cuerpo del sacerdote con el manto de ella y la esclavina de peregrino que Martín le había comprado en Pamplona. Ellos estaban tan ateridos que se abrazaron con fuerza. El vientre de la mujer, contra el suyo, le proporcionaba la tibieza de un día soleado.
Antes del amanecer estaba don Ramírez de rodillas, con los brazos extendidos, rezando delante de una cruz que había hecho en el suelo con dos trozos de leña, y tosiendo. Cuando se le acercó Martín, le pidió que lo guiara hasta algunos de los santos monasterios que había en las montañas, delante de ellos.
– Será mejor que sigamos el terreno llano e intentemos llegar a un hospital donde nos acepten -aconsejó Martín.
El sacerdote insistió e incluso amenazó con no moverse de allí si no le ayudaban a cumplir su empeño. Entre aquellos montes blancos en su cumbre se escondían dos monasterios de los que había oído contar grandes prodigios. En uno había vivido san Millán, el compañero que a caballo se unió a Santiago para ayudar a los cristianos en una dura batalla. En el otro, llamado de Valvanera, dos santos eremitas habían dado tales muestras de santidad que muchos peregrinos se acercaban ahora a rezar ante sus tumbas, pese a las dificultades del camino.
– No sabré encontrarlos -insistió Martín.
– Están entre esos montes. Sigamos río arriba y tropezaremos con alguno de ellos.
Antes de emprender la marcha, se acercaron al río a beber y a llenar las calabazas. El terreno no era arduo en exceso. A i ambos lados se levantaban colinas crecidas de arbustos que estaban empezando a florecer. Los bordes del río eran pedregosos, pero tenían la ventaja de hallarse libres de vegetación. Caminaron en fila sobre los guijarros, primero Martín, después el sacerdote y finalmente su hermana.
La región era avara en comida; no habían crecido aún las espigas ni las uvas, los árboles parecían muertos. El peregrino se metió en las aguas e intentó inútilmente atrapar alguno de los pequeños peces que se agitaban entre las ondas transparentes.
Tardaron dos días completos en tropezar con una cabaña de piedra y techo de barda adornado de una cruz encima, asentada junto al río. Vivía en ella un ermitaño muy joven, que estaba descalzo y casi desnudo cultivando hortalizas cerca de la corriente, a pesar del frío del crepúsculo. A un lado y a otro, las montañas se perdían en el cielo, tapizadas de bosques oscuros.
Recibió a los peregrinos con mucha caridad, pero se negó a que durmieran dentro de la choza, porque era una capilla; milagrosa a la que él solamente osaba entrar para rezar. En el suelo había excavado unas cuantas fosas que había tapizado de hojas y recubierto de palos y ramaje. Les cedió dos de ellas e incluso proporcionó a don Ramírez varias pieles de zorro para que se defendiera del frío.
Antes de permitirles que se acostasen, preparó en una cazuela de barro una sopa muy espesa con verduras de su huerto. Separó su parte en una escudilla de madera y luego añadió un pedazo grande de grasa de zorro y un pájaro desplumado y seco de los que tenía colgados de un árbol. Esperó a que se cociese todo y puso la cazuela frente a los tres huéspedes.
Comieron con las manos y con tantas ansias que ni se ocuparon de apartar los huesos quebradizos del ave.
Se encontraban muy cerca del monasterio de Valvanera, les dijo, al cual él mismo pertenecía como fiel anacoreta y como seguidor de los ejemplos legados por los monjes san Munio y santo Domingo. Si continuaban río arriba, a la derecha tropezarían con otro río más pequeño y cristalino. Debían seguir su curso durante media jornada, ya que la subida era penosa, y verían pronto una gran pared de piedras levantada frente a la entrada de una cueva, entre grandes robles.
Aquél era el santísimo lugar, y santísimo desde hacía tanto tiempo que nadie podía calcularlo ni sospecharlo. Pues allí había estado la Virgen antes de parir a su Hijo, recibiendo ya la adoración de los anacoretas de aquellas salvajes montañas.
Don Ramírez tiritaba aun teniendo la lumbre entre las piernas. Al darse cuenta de ello, Martín lo envolvió en las pieles de zorro y lo ayudó a meterse en una de las fosas, después de concluida la cena. Se sentó a su vera, junto a Oria y el ermitaño.
– Será mejor que duermas y descanses -dijo.
– Me consolaría mucho que nuestro hermano contase cómo se levantó ese monasterio y qué hombres santos vivieron en él.
Asomaban entre las pieles su barba gris, la nariz enrojecida y los ojos extraviados. Las estrellas posaban sus dedos pálidos sobré aquel lecho, que parecía el túmulo de un hombre elegido de Dios.
El anacoreta no había sido generoso en palabras hasta entonces. Por caridad hacia los viajeros perdidos había roto su voto de silencio y estaba dispuesto a suspender su penitencia unas horas más teniendo en cuenta la materia sobre la que le pedían que hablase.
San Munio, contó, era un bandido maléfico que se desenvolvía por aquellas ásperas montañas. Un día en que estaba degollando a una de sus víctimas, un pastor al que deseaba robar sus corderos, vio con qué resignación y con qué fervor aceptaba el martirio; cómo hacía la benéfica señal de la cruz sobre su pecho y se bañaban sus ojos de agradecimiento. Se convirtió el bandido ante aquel ejemplo y tomó la providencia de no pecar más y de empeñarse en una mortificación que durase toda su vida. Para ello se ocultó en una cueva secreta abierta en lo más abrupto del bosque. Sin embargo, un buen sacerdote supo a través de un ángel de la santidad de aquel hombre y decidió unirse a él. De ese modo, san Munio -como se llamaba el criminal- y santo Domingo pasaron muchos años orando y haciendo penitencia.
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