Jesús Torbado - El peregrino
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Una noche tuvieron a la vez una visión celeste sobre el lugar en que se ocultaba desde hacía mil siglos una imagen de Nuestra Señora. Corrieron uno detrás de otro a buscarlo y hallaron la imagen, después de grandes fatigas, en el interior del tronco hueco de un roble. Nacía de allí un manantial de aguas purísimas y custodiaban el árbol varios enjambres de abejas. Los dos eremitas se alimentaron de su miel, usaron la cera para alumbrar la imagen y bebieron de aquella agua milagrosa, todo ello después de haber construido una pequeña iglesia en torno al árbol sagrado.
Don Ramírez tenía ya los ojos cerrados, pero cuando el ermitaño detuvo su relato, los abrió y con un gesto pidió que siguiera adelante.
– Surgieron muchos prodigios en el santuario -añadió el ermitaño-, tantos que mucha gente quiso venir a verlos. Y fue la primera una hermana de Munio llamada santa Columba. Pero en aquel lugar sagrado se prohibía entrar a las mujeres, para que no hubiese allí pecado, y ésta quedó ciega apenas pisó sus umbrales. Tuvieron piedad de ella los santos varones y le devolvieron la vista, aunque la mujer murió tres días más tarde, después de muchas flagelaciones y penitencias, pero ya convertida en santa. Al mismo tiempo volvieron a llenarse estas espesuras de anacoretas, como había sucedido durante cientos de años; regresaron los que habían huido y aparecieron otros nuevos que escapaban de los moros o de los herejes de cualquier parte del mundo. Por eso estas montañas son las más santas de todas las montañas.
Con sus últimas palabras, de la boca de don Ramírez brotó un suspiro largamente ocultado. El anacoreta, tan inmune al frío que no había querido vestirse, se levantó y se puso a triscar entre los robles y los pinos pronunciando al mismo tiempo muchas alabanzas a Dios. Martín y Oria lo contemplaron como si se tratase de una aparición súbita. Luego vieron que se refugiaba en su capilla y desde allí continuaron oyendo las voces. Pero también tenían mucho sueño y se durmieron juntos en el interior de su abrigada fosa, al lado de la del sacerdote.
Al monasterio de Valvanera no llegaron en media jornada, como había profetizado el ermitaño, sino al caer la noche del día siguiente. Dos hombres de barbas negras y muy largas, armados con garrotes, se presentaron ante ellos para darles la bienvenida y rogarles que detuvieran el paso de la mujer, pues no podía traspasar los límites de aquel lugar.
– ¿Dejaréis que duerma sola en el bosque para que la devoren las alimañas? -preguntó Martín.
– Así sea si es la voluntad de nuestro Dios. Tal martirio la llevará directamente a su presencia.
– Amén -respondió don Ramírez.
Martín descubrió de pronto que muchos hombres se empeñaban en conocer la voluntad de Dios y en acomodarla a la suya.
El frío era más violento que en el territorio del anacoreta, carecían de comida y Oria no podría resistir sola toda una noche: conocía poco las acechanzas del campo y cómo defenderse de ellas. Por lo tanto, anunció a los dos monjes que permanecería con la mujer fuera del pequeño monasterio y que veneraría desde ese lugar las santas reliquias.
– Os suplico tan sólo, venerables hermanos, que ayudéis a mi amigo el sacerdote don Ramírez a subir esos peldaños para que rece ante la milagrosa imagen que poseéis. Y que si os sobra un poco de comida, me la traigáis hasta aquí para que no muramos nosotros de hambre.
Lo hicieron como Martín se lo pedía. Después de haber cenado el pan y la miel que les trajeron, el peregrino arrancó unos arbustos y se puso a trabajar con rapidez para construir un pequeño refugio en el que más tarde se introdujeron los dos.
Por la mañana, cuando apareció don Ramírez con una benéfica sonrisa en los labios y tan vacilante y encorvado que casi tocaba el suelo con las manos, Martín le rogó que esperase allí, pues quería por lo menos ver el interior de la iglesia de la roca.
Sobre el altar labrado en la misma piedra estaba la imagen de María Santísima. El Hijo que tenía en sus brazos no miraba de frente, sino que torcía la cabeza para dirigir los ojos a otra parte.
– Quizá Nuestro Señor no puede mirar con benevolencia a esos monjes impíos -le dijo más tarde a don Ramírez, cuando acabó de describir a Oria las formas de la iglesia.
Después de las preces nocturnas, los dos anacoretas le habían relatado al sacerdote las maravillas del otro monasterio, en el que san Millán había vivido. Martín las escuchó de su boca y compartió su admiración por ellas, pero no comprendía su obstinación en viajar hasta allí, teniendo en cuenta que apenas podía moverse. «De esta manera, si quieres parar en todos los cenobios del camino, jamás llegaremos a Compostela», le reprochó con mucha humildad. «Antes deberíamos encontrar un hospital para que descanses.»Era preciso continuar valle arriba, escalar una montaña no muy alta y bajar al otro lado hasta un valle muy frondoso. Desde la cima podrían contemplar pegado a la roca aquel refugio en que san Millán había pasado los ciento un años de su existencia. Así era la vía que los dos ermitaños le habían explicado a don Ramírez.
Muy pronto se dieron cuenta de que la montaña que tenían frente a ellos era más empinada de lo que parecía. El sacerdote se cayó e intentaba subir agarrándose a los arbustos y a las piedras.
Ningún peregrino y tampoco ningún animal había escalado por aquella tierra salvaje y oscura. En vano Martín pedía a su anciano maestro que se detuviera, pues apenas había comenzado el día y tenían muchas horas ante sí para llegar a la cumbre.
Don Ramírez parecía poseído por un misterioso furor que incluso le impedía hablar y escuchar las razones de sus compañeros. Oria cargó con todo el equipaje del muchacho y éste logró echar sobre sus hombros el cuerpo tembloroso del sacerdote; aun así, don Ramírez tendía los brazos al frente, como si quisiera adelantarse a sí mismo, y no cesaba de recitar en susurros un salmo. «Sé propicio, Señor, a nuestras súplicas y depara a tus hijos un viaje de salvación, para que con tu ayuda sean protegidos de todos los peligros del camino y de la vida.» Luego siguió con algunas confusas letanías que ellos no entendieron.
– Vas a morir de la fatiga, Martín -dijo Oria a su lado. Le acarició el cuello húmedo, allí donde se hinchaban músculos y venas-. Deus, adiuva nos.
A una docena de pasos de la cumbre, el peregrino se arrodilló al lado de un pino corpulento. Dejó que el cuerpo de don Ramírez se deslizara suavemente sobre las agujas secas. Pero su maestro no hablaba ya, ni respiraba.
– Está muerto, Martín -dijo Oria.
Él miró su rostro, que no había cambiado de gesto. Únicamente los ojos aparecían fijos en alguna cosa que él no podía conocer, perdidos quizás en cierta visión maravillosa. Pues en la boca había quedado fijada una brizna de sonrisa o tal vez la huella de su última oración.
– Qué va a ser de nosotros -decía Oria llorando.
– Su alma está con los ángeles -respondió muy tranquilo Martín. Era una frase que siempre había oído decir a los sacerdotes cuando se enfrentaban a un cadáver. Tal vez fuese una verdad.
– Ni siquiera tenemos tierra santa para enterrarlo, ¿verdad?
– Era tan santo que él mismo santificará la tierra. No te inquietes por eso. Florecerán lirios en su tumba y brotará una fuente milagrosa junto a ella y cantarán los pájaros.
– ¿No vamos a rezar?
– Rezaremos a su lado hasta que anochezca.
Apenas el sol había dibujado el comienzo de su caída en el cielo. La luz se filtraba entre las ramas del pino y las líneas brillantes eran como los rayos de la mirada de Dios. Pero ni Oria ni el peregrino conocían tantas plegarias como para esperar la llegada de la noche. Rezaron arrodillados junto al cuerpo de don Ramírez hasta que no supieron cómo continuar.
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