Jesús Torbado - El peregrino
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Recibió de ella un puñado de monedas y de los monjes una guía para abandonar la espesura. Entregó como inútil regalo un fragmento minúsculo del perro santo, de los que llevaba colgados al cuello en una bolsita, junto a su cruz de hierro.
Un gran peso le ahogaba el corazón y le arrancaba lágrimas de los ojos. Pero si Oria había decidido libremente aquel oscuro refugio, aquella prisión interminable, si ésa era la verdadera voluntad de Dios, no podía el peregrino sino alegrarse.
Debía continuar su camino tal como lo había iniciado: solo y despreocupado de los deseos de otros. Debería dar cuenta a los suyos de que había cumplido su encargo, pero no había ninguna prisa por hacerlo. Hundió los pies en las aguas. Todavía con las lágrimas frescas en los ojos pataleó a las suaves ondas y su frescor le aligeró la sangre.
En el silencio del atardecer el río arrastraba su propia canción por entre cerros que eran cada vez más bajos y ondulados. Martín de Châtillon se internaba en un bosque de grandes árboles y vegetación muy tupida, ante el cual -con sólo la visión de aquel mundo oscuro- se le multiplicaban en la cabeza los aullidos de los lobos. Por detrás de ellos oscilaba la última oración agónica de su amigo.
Sin abandonar el río, con andar cuidadoso, penetró unas docenas de pasos en aquel reino sombrío y húmedo. No oyó ladridos de fieras, sino unos golpes rítmicos acompañados de una especie de letanías que hacían su contrapunto. Llegaban de la izquierda, por donde más denso parecía el arbolado.
Guareciéndose entre los matorrales se dirigió al lugar de donde procedían. Había, en el corazón de aquel bosque, un claro de unos veinte pies de ancho y tan largo que se perdía a lo lejos. Del mismo borde de ese claro, el que estaba cerca de él, procedían los golpes, y eran dos hombres los que se aplicaban a cortar los árboles con sendas hachas de gran tamaño.
Martín desconfiaba de los leñadores y de los carboneros, gente bárbara que aprovechaba su trabajo en los bosques para desvalijar a los caminantes e incluso matarlos y sacarles las grasas, para venderlas luego en los mercados como sebo rancio de carnero. Don Ramírez se lo había contado.
Así pues, se quedó contemplándolos oculto mientras decidía si volvía atrás o seguía el rastro del claro al amparo de la vegetación. Vio que uno de ellos dejaba su hacha en el suelo, se arrodillaba entre las astillas y miraba al cielo para rezar. Era un hombre verdaderamente gigante, con una espalda dos veces más ancha que la suya y brazos tan largos y gruesos como sus propias piernas. Vestía tan sólo una especie de calzas cortas de color azul oscuro que le cubrían apenas aquello que todo hombre honesto debe ocultar.
Martín quedó admirado ante el tamaño de aquel hombre y asombrado de que se tratase de tan buen cristiano. Dudó un rato. Al fin decidió acercarse a él, aunque no tanto como para no poder salir corriendo si en el último momento descubría alguna señal de peligro. Después de todo, alguien tenía que confirmarle si estaba en el recto camino hacia el poblado.
Cuando el leñador lo vio, todavía a cierta distancia, empezó a dar grandes muestras de alegría y de contento.
– ¡Eh, peregrino, Dios te guarde! -gritó-. ¿Quieres detenerte a rezar con nosotros y aliviar tu marcha con un buen trago de vino?
Aquellas palabras lo admiraron más aún. Efectivamente, cualquier aldeano hubiera visto en él a un peregrino: saya por las rodillas, sandalias de cuero, bordón con la calabaza prendida en lo alto, esclavina negra sobre los hombros… Pero cualquier aldeano escaparía de la presencia del peregrino para ahorrarse la prevista petición de caridad, o bien se lanzaría sobre él para intentar quedarse con lo poco que llevase. ¿Cómo, además, un leñador gigante invitaba a rezar a un desconocido?
Martín se acercó a él, más empujado por la curiosidad que prevenido por el miedo.
El gigante llamó con gestos a su compañero y antes de que se pusieran a rezar tendió al peregrino una barrica de madera llena de vino. Le animó también con gestos a que bebiese no una, sino tres veces. Luego se sentó entre las ramas y dijo quién era.
– Mi nombre es Domingo de Viloria, antiguo eremita y hoy segador de robles y encinas para abrir paso a los peregrinos.
La historia que aquel hombre fue contándole era tan prodigiosa que Martín solamente lamentaba que no hubiesen podido escucharla don Ramírez y su hermana Oria. Tan fantástica que le hubiera gustado que fuese la suya propia. Tan fabulosa como los proyectos que se le habían ocurrido. Rezó con él y con su compañero y antes del anochecer le pidieron que los acompañase hasta su cabaña.
– Disculpa que no te lave los pies, joven Martín, pero tanto los tuyos como los míos están bien limpios después de haber caminado por entre las aguas del río. A cambio, nuestro hermano Adrián asará una gallina del corral y la cenaremos los tres juntos. Pues tienes cara de haber ayunado mucho y yo ando parco de fuerzas… Mejor será que cojas también un gallo y únelos en santo matrimonio sobre el fuego -le dijo riendo a su compañero Adrián.
– A este paso llegaremos al verano con el corral vacío.
– Dios proveerá, Adrianejo. Que nadie nos culpe de ser avaros con un joven peregrino.
Conocía tantas cosas de los caminos que Martín no sólo no podía responder a sus preguntas, sino que él mismo decidió interrogarle. No sabía explicar por qué precisamente había viajado de Roncesvalles a Pamplona y de Estella a Nájera; por qué no había seguido el borde del mar, como otros romeros hacían; ni qué ventajas o quebrantos tenían unos caminos sobre otros ni cuáles eran más cortos o más largos ni dónde faltaban puentes o estaban agujereados y vencidos ni dónde se encontraban más peligros o mejores facilidades…
El gigante, en cambio, parecía saberlo todo. Y para demostrarle que no fanfarroneaba, en un gran trozo de pergamino muy gastado su tosca y grandísima mano dibujó con gran destreza y hermosura todo el recorrido que a Martín le faltaba para llegar a Compostela. Con ríos, ciudades, montañas, cenobios, pantanos, fuentes, albergues, bosques oscuros, terrenos desamparados… A cambio, el peregrino solamente pudo contarle su propia historia y la gran pena que sentía por la pérdida de sus hermanos don Ramírez y Oria.
– Son gente bárbara y necia esos eremitas de San Millán -dijo el leñador-. Adrián y yo los conocemos bien. Quisimos profesar con ellos y no nos lo permitieron. A mí, por ser demasiado grande, con lo que suponían que iba a comer mucho. A Adrián, porque era amigo mío y podía tener mis propias costumbres…, alabado sea Dios. También el abad de Valvanera nos negó su bendición. Qué le vamos a hacer, muchacho; seguramente a ti te habrá ocurrido lo mismo. Pero cuando termine de talar esta senda del bosque, subiremos allí, romperemos la pared y rescataremos a tu hermana. ¿Te parece bien?
– Lo malo es que ella se empeñó mucho en seguir allí. Ésa era su torpe voluntad.
– Entonces, habrá que respetársela.
Domingo de Viloria despachó él solo la gallina asada, más una buena escudilla de sopa de nabos y alubias que previamente su amigo caldeó al fuego. Acompañado todo de cortos tragos de vino y de fragmentos de una historia que a Martín le costaba trabajo creer.
Cuando el gigante vio frustrados sus dos intentos de profesar en un cenobio, se retiró solo al desierto de Ayuela, donde permaneció cinco años meditando, haciendo penitencia, cultivando hortalizas para alimentarse y cuidando una viña para no morir de sed. Encontró un día una ermita en ruinas y decidió reconstruirla de abajo a arriba para tener así un lugar apropiado para rezar. Estando en oración una noche, cinco años más tarde, le ordenó un ángel que bajase a Logroño y se uniera al séquito de un famoso obispo que viajaba a Compostela. Así lo hizo, en compañía de Adrián, al que había vuelto a encontrar en aquella ciudad. Peregrinaron juntos a Santiago y permanecieron con aquel gran hombre hasta que murió, cosa que había ocurrido a principios del anterior invierno.
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