¿Cuántos quilómetros había entre Valencia y Llíria? Jesús Miralles no se acordaba, hacía tantos años que no iba por allí que le resultaba imposible evocar una imagen del pueblo. La idea de comprar una casa en Llíria había sido, con toda seguridad, del yerno. Héctor no hacía más que poner obstáculos a la relación entre padre e hija. El hecho de no verse jamás con él, la imposición a su mujer para que pasara la Navidad lejos de su padre, la compra de la casa en Llíria… Todo parecía calculado para que el nieto no conociera al descastado de su abuelo. Los pueblos que había alrededor de la ciudad tenían cientos de casas en venta. Pueblos cercanos, bien comunicados con Valencia y con la empresa del yerno. Si la situación familiar fuera normal, Miralles hubiera intentado persuadirlos. Ella no se imaginaba cuánto necesitaba su padre aquellas visitas, aunque eran fugaces y apenas hablaban. La compañía esporádica de su hija aliviaba el peso de la culpa, le acogía en un sentimiento de cierta reconciliación, aunque él era consciente de que se trataba, únicamente, de una actitud misericordiosa.
– ¿Ya sabéis cómo se llamará el niño?
– Si es niño, Héctor; si es niña, Teresa.
Si era niño, le pondrían el nombre de su padre; en cambio, le pondrían el nombre de la esposa de Miralles si era niña. No esperaba el nombre de Jesús, por supuesto, pero resultaba muy revelador que hubieran pensado en el nombre de su mujer. Inés se dio cuenta de que no había sido oportuna, pero eso es lo que había decidido su marido. Más que nunca, Miralles se sentía fuera del único ámbito en el que hacía esfuerzos por sentirse integrado. Comprendió, sin embargo, que aquello sólo era una ilusión. El hecho de que su hija encendiera la televisión se lo dejó bien claro.
Jesús Miralles llegó a la redacción del diario antes de lo normal. Solía llegar alrededor de las cinco y se iba a eso de las nueve de la noche. Nunca pasaba allí más de cuatro horas, no soportaba hacerlo, pero le bastaba y le sobraba para hacer todo lo que le correspondía. Cuando entró se dirigió a la sala de las máquinas de café y refrescos. Se sirvió un café y se sentó, como siempre, junto a la mesa del rincón. No había nadie en la sala. Abrió el diario. Mientras leía se sacó de un bolsillo de la chaqueta la petaca de coñac y vertió un poco en su café.
El director, Pere Mas, entró a la sala hablando con el jefe de deportes. Habían comido juntos para planificar el suplemento que dedicarían al Valencia C. F. en caso de que este año, como el anterior, el equipo de la ciudad alcanzara la final de la Champions. Se hicieron un café de pie, al lado de la máquina. Cuando ambos volvían a la redacción, Pere se dio cuenta de la presencia de Miralles y se despidió del jefe de deportes. Sacó otro café y se acercó a Miralles.
– Si llego a saber que comías aquí lo hubiéramos hecho juntos -le dijo.
– He comido con mi hija.
– Eso está muy bien. ¿Cómo está Inés?
– Embarazada de cuatro meses.
– Magnífico. Tenemos que celebrar que pronto serás abuelo. Venga, ahora que no nos ve nadie, ponme algo de coñac.
Como gesto de complicidad hacia Miralles, Pere se saltó la prohibición estricta de no beber alcohol en la redacción. El director se sirvió un poco con el café. Bebió un sorbo y observó la cara del redactor de sucesos, más bien de circunstancias.
– ¿Puedo preguntarte cómo van las cosas con tu hija?
– Mal.
– ¿Habéis discutido?
– Ojalá, por lo menos tendríamos algún tipo de relación. Se van a vivir a Llíria.
– No está muy lejos.
– Para mí sí. No es un problema de quilómetros, sino de que cada vez se distancian más de mí. Parecen interesados en ponérmelo más difícil. Podrían comprar una casa en cualquiera de los pueblos que hay justo al lado de la ciudad, pero se van a Llíria. Es una manera de decirme que si no voy mejor para ellos.
– No te lo tomes así. Seguro que las relaciones cambiarán cuando tengan al niño.
– No cambiarán nunca, pero da igual.
Lo dijo con tal firmeza y autoridad que cortó de cuajo los argumentos de Pere. El director hacía todo lo que podía para ayudarlo, como si tuviera una responsabilidad paternal hacia él, pero no daba con la forma de hacerlo.
– Jesús, ya sabes que no me importa que estés en sucesos haciendo lo que haces, pero no es trabajo para un periodista como tú. Deberías comprometerte más, eso te evitaría pensar en los problemas. No es bueno que te encierres en ti mismo.
– No me apetece hacer otra cosa.
– Tendrías que intentarlo.
– ¿Qué quieres que haga?
– ¿Te gustaría viajar?
– ¿Viajar? ¿Adónde?
– Con el Valencia. Está jugando la copa, la liga, la Champions…
– No me gusta el fútbol.
– El Valencia genera mucha información. Nos hace falta gente. Viajar te distraería.
– Déjalo ya. No tengo ganas de moverme. Ahora bien, si mi situación laboral te trae problemas pediré la jubilación anticipada.
Su situación laboral le causaba problemas. Las dos redactoras de sucesos se habían quejado al respecto. Es cierto que, ante la negativa del director a tratar el tema Miralles, ya no lo hacían, pero había un inevitable mal ambiente en la sección.
– Si te jubilas será peor. Te irá bien estar ocupado.
Entró en la sala Jordi Baulenas, jefe de la sección de economía. Buscaba a Pere Mas. Al ver que estaba con Miralles, le hizo una señal desde la puerta reclamando su atención. Pero el director le dijo que se acercara a la mesa. Baulenas saludó a Miralles.
– ¿Qué pasa, Jordi?
– Nada, la entrevista con Juan Lloris.
– Ah, sí. De eso quería hablar contigo. No dice nada interesante. Ése no era el trato.
– Me dijo que el día de las elecciones, una vez hecho el recuento, haría las declaraciones más fuertes, pero me he enterado de que ha retirado su candidatura.
– ¿Por qué?
– No lo sé. Intentaré averiguarlo.
– Si se ha retirado, probablemente haya sido a cambio de algún favor. Parecía un tipo con carácter, pero quizá ha sucumbido a los encantos de presidencia. Seguro que Júlia Aleixandre está detrás de la operación. Entérate.
– De acuerdo, Pere.
– Si nos ha engañado, si lo único que pretendía era un poco de publicidad, que se vaya preparando.
– Hablaré con él y le pediré explicaciones.
El jefe de economía se fue. Miralles se acabó el coñac que aún quedaba en el vaso de plástico.
– Pere, te agradezco las atenciones que me dedicas. De verdad, sé que no es fácil para ti, pero prefiero quedarme como estoy.
– Tú mismo, Jesús. Pero creo que deberías plantearte cambiar de vida. A tu edad, el mundo no se ha acabado. Tienes mucho tiempo por delante -el director acabó con el café y se levantó-. Si me necesitas, házmelo saber.
* * *
Poco acostumbrado a trasnochar, Joaquim Cordill se quedó dormido en el sofá, con la televisión encendida, esperando la llamada de Tito. Se sobresaltó al sonar el móvil; derribó con el pie un cenicero de mármol vacío que había en el pequeño centro de madera de la sala de estar. Miró la pantalla del móvil.
– Dime, Tito -era la una y cinco de la madrugada.
– Señor Cordill, me han encerrado.
– ¿Cómo?
– Estoy detenido en la comisaría de Mislata.
– ¿Detenido? ¿Qué te ha pasado?
– Ahora no le puedo explicar los detalles. Me han dado permiso para que llamara a alguien que se hiciera responsable de mí y he pensado en usted.
– ¿En qué comisaría me has dicho que estás?
– En la de Mislata. No tarde.
Cordill tardó treinta y cinco minutos en ir de Gilet a Mislata. Por si lo necesitaba, cogió el carné de identidad. Cuando llegó, después de consultar un plano de la ciudad, tuvo que aparcar en la calle paralela, ya que la de la comisaría estaba cortada por unos cincuenta jóvenes que, en actitud pacífica, protestaban por la detención de los componentes de Gramoxín. Un grupo de diez policías los controlaban, encargándose de que no provocaran ningún alboroto y de que no se acercaran a la comisaría. Cordill pasó entre los jóvenes diciéndoles que vivía en esa calle. Los policías le hicieron parar, lo registraron y le dejaron pasar apenas les dijo adónde iba. En la puerta de la comisaría, un policía le pidió el carné y le preguntó el motivo de su visita. Hechas todas las aclaraciones, le indicó el mostrador donde otro policía, tras volver a tomar nota de su DNI, le dijo que esperara. El policía descolgó el teléfono, Cordill se sentó en un pequeño banco. Enfrente estaba sentado Oriol Martí. Ambos se miraron, pero no se dijeron nada. Después de un rato, quizá diez minutos, un policía acompañó a Tito hasta el mostrador. Cordill fue para allá.
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