Ferran Torrent - Sociedad limitada

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Es la disección novelada de una ciudad, Valencia, donde un elenco de personajes ha convertido la traición, la inquina y la intriga pérfida en el modelo de conducta cotidiana. Julia Aleixandre, además de ostentar un importante cargo público, es una experta manipuladora de marionetas humanas de todos los colores y tamaños. Francesc Petit, Secretario General de un partido político sin representación parlamentaria, quiere escapar del ostracismo humillante a cualquier precio. Juan Lloris, otrora exitoso empresario de la construcción, ha caído en desgracia ante las autoridades y mendiga rastreramente una presidencia, una secretaría o al menos una vocalía. Y entre todos ellos y sus respectivas trifulcas, un periodista sin futuro aparente encontrará la manera de purgar sus abundantes culpas, cómo no, a costa de los demás.
Sociedad Limitada es una instantánea irónica y mordaz que se adentra en la corrupción política, la especulación inmobiliaria, la miseria cotidiana de los inmigrantes, la destrucción sistemática del medio ambiente… y, en definitiva, las infames maniobras que ejerce el poder desde la sombra para conseguir perpetuarse.

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– No hará falta.

Sí que hacía falta.

– Otra cosa.

– Dime.

– La cultura.

– ¿Cómo?

– Tienes que intervenir en el mundo de la cultura, sobre todo en el de las artes plásticas.

– ¿Por qué?

– Cuestión de imagen.

– ¿Qué tengo que hacer?

– Dejarte ver en ciertas inauguraciones. Ya te diré en cuáles. Pero, sobre todo, tus empresas tienen que patrocinar algunas exposiciones. Es una buena forma de ganar prestigio social.

– ¿Me costará mucho dinero?

– Sí, pero a la larga es una buena inversión. Piensa que aquí, en Valencia, es algo que no hace prácticamente ningún empresario. Sólo las entidades bancarias o las empresas públicas. Necesitamos una estrategia de imagen: la plaza de vocal en la Cámara de Comercio, la entrevista, el mecenazgo… Poco a poco iremos entrando donde hay que entrar.

– No creo que sea suficiente.

– Ya lo sé, pero necesito tiempo para pensar en otra estrategia más directa y a la vez complementaria respecto a todo eso.

– Me parece que no me conviene optar a la presidencia de la Cámara. Fracasaré.

– Perfecto. Lo convertiremos en un boicot de los empresarios que están con el poder político. Daremos la impresión de que no te quieren cerca para que no denuncies las maniobras internas de intereses personales.

– ¿Y los socialistas? ¿No sería más rápido acercarse a ellos?

– No. En primer lugar, sería sospechoso que un empresario como tú se les acercara. Y además aún no han olvidado lo que les hiciste con el Palau de la Música. Juan -Oriol empleó un tono más suave-, si haces una obra pública debes saber que, inevitablemente, un porcentaje de los beneficios son comisiones para el partido en el poder. Es una costumbre que se ha convertido en ley. Es así en todas partes.

– No hay forma de saber si es para el partido o para quien te lo pide.

– Eso es secundario, un problema interno suyo. Hay cuestiones que se deben respetar. Por cierto, en la entrevista sería oportuno que no hablaras de política. Directamente, quiero decir. Se supone que eres de derechas, pero no hace falta que lo manifiestes.

– No soy ni de derechas ni de izquierdas.

– Bueno, tampoco hace falta que digas eso. Tienes que hablar de economía, de los temas que preocupan a los empresarios, de la creación de riqueza para todos.

– Jordi Baulenas, ¿es de izquierdas?

– Es un aliado coyuntural. Da igual cómo piense, os necesitáis mutuamente. Ahora mismo no hay ningún empresario de peso dispuesto a hablar en términos críticos contra el Govern. Al diario le interesan las disidencias en el ámbito empresarial, y a ti una tribuna como El Liberal. Con nuestra estrategia demostraremos ser críticos, pero a la vez obligaremos al Govern a negociar.

Oriol se levantó para servirse un poco más de whisky. Tenía que aconsejar a Lloris sobre un tema íntimo y delicado. Prefirió dejarlo para el final, cuando ya hubiese comprobado la disposición personal de Lloris respecto a los temas que hasta ahora habían tratado. Antes de volver a sentarse trazó una serie de movimientos circulares con el vaso. Bebió. Lloris esperaba.

– ¿Quieres decirme algo más? -le preguntó.

– Sí.

– Venga.

– Lo de las mujeres. Hay muchos rumores circulando sobre ti. De hecho, ya tuviste un problema grave.

– Lo solucioné. Me gustan las mujeres. ¿Qué hay de malo en eso? Conozco a muchos empresarios a los que también les gustan.

– Pero no pretenden tener proyección pública. No es bueno que a un hombre con una actividad social importante se le conozcan debilidades de ese tipo. Crea desconfianza.

– El alcalde es maricón y borracho y no pasa nada.

– El alcalde tiene un crédito político que se ha ganado a pulso con las sucesivas mayorías absolutas que ha obtenido. Tú aún tienes que ganarte el crédito social. No inviertas los términos. La vida privada es tuya, pero debes llevarla con mucha discreción.

– Ya lo hago.

– Procura extremar la vigilancia. Es importante. También querría aconsejarte en otro aspecto que no beneficia tu imagen. Me refiero a las operaciones de la caja B. Entiendo que resulten tentadoras las operaciones expresamente especulativas, pero tú eres constructor, tienes que comprar solares para construir. Si se enteran de que especulas con solares, los vendedores desconfiarán, y eso repercutirá en el precio de compra y, sobre todo, en tu imagen como empresario.

– Sólo hago alguna de vez en cuando.

– En mi opinión haces demasiadas. Tantas que, si continúas así, esa actividad enterrará todas las demás. Ya has hecho más que suficientes. Son operaciones que no dan una imagen seria de empresario.

– Lo tendré en cuenta.

– Eso espero -Oriol se levantó y dejó el vaso en la mesa del despacho-. Me voy, tengo una cena.

– Oriol -dijo Juan Lloris, se levantó para acompañarlo hacia la salida del despacho-. ¿Qué sabes de mi hijo?

– Va tirando. A su aire.

Lo sabía todo, pero prefirió ser suave. Recordó que también convendría controlar a Lluís.

Lloris esperó en la entrada del piso. Oriol fue al salón para despedirse de la señora. Aún estaba en el sillón, leyendo un libro.

– Señora -le dijo cogiéndola de la mano y haciendo una pequeña reverencia-, ha sido un placer volver a verla.

– Gracias, Oriol, yo también me he alegrado de verte.

Se fijó en el libro que leía: La cartuja de Parma.

– Un gran autor -le dijo.

– Me gusta. Es el primer libro suyo que leo. Es muy apasionado.

– Y divertido. Buenas noches, señora.

– Buenas noches, Oriol.

María Jesús cerró el libro y resiguió los pasos de Oriol hasta la puerta. Juan Lloris y él se dijeron algo y entonces, cuando el marido volvía al salón, la señora abrió de nuevo el libro. Lloris se sentó en el otro sillón y dijo:

– Un buen chico, Oriol.

La señora asintió con un gesto y continuó leyendo. Y pensando. O mejor dicho: rememorando. Recordó al Juan Lloris joven, al Lloris enamorado de ella, cuando ambos tenían dieciocho años. Se conocieron en una cafetería que Lloris tenía el atrevimiento de frecuentar. Era un local para gente de posición social superior. Se había fijado en ella en el paseo de Alzira, un paseo con peculiaridades de la época: por la derecha, paseaban los novios y los casados; la izquierda del paseo se dividía en tres zonas: norte, centro y sur; por el norte, los pobres; por el centro, las clases bajas y medias, y por el sur los ricos. La guardia civil controlaba cada zona asegurándose de que la gente guardara las formas, y ni siquiera permitía que los casados se acariciaran en público. En la zona sur, las mujeres llevaban, en invierno, abrigos largos, un signo de alta distinción social. María Jesús casi iba arrastrando el suyo por el suelo.

Juan Lloris pertenecía a la zona norte y no pudo entrar en su casa hasta que no fue capataz de la construcción, a los veinte años. Antes había hecho el mismo trayecto que muchos adolescentes de su época. A los trece años dejó el colegio y, con la inquietud de ganarse la vida, buscó un puesto de trabajo en una oficina de mangos de guitarra, a cinco pesetas la hora. Siendo atrevido y trabajador, dos meses después, un maestro de obras, un oficial albañil, lo contrató a diez pesetas la hora. Su trabajo -transportar piedras de grandes dimensiones para hacer los espigones del puerto de Cullera- era mucho más duro, pero ganaba el doble. Le gustaba el oficio de albañil, de modo que prestaba mucha atención para aprenderlo, a ver si, poco a poco, dejaba de transportar piedras. Como solía repetirle a su hijo Lluís, cuando ambos aún tenían una relación normal, «trabajaba de lunes a lunes». No era más que una forma de autoejemplarizarse, ya que los domingos de temporada de caza salía con la escopeta de su padre, muerto ya, a por alguna liebre que animara el caldo casero. Su ambición personal y la necesidad de sacar adelante toda una casa, con una madre y una hermana menor, lo hicieron diligente en su trabajo. Aprendió el oficio con cierta rapidez, y muy pronto, antes de cumplir los quince, fue admitido en el equipo de obreros. Todos los días, cuando los demás se iban a casa, el adolescente Lloris se quedaba una hora más practicando con muros de atobones. Su sueldo se multiplicó como obrero de villa, hasta ganar dos mil pesetas mensuales. Su tenacidad le convirtió en capataz; exactamente dos años antes conoció a su mujer. Por ella, por estar a su altura social, se hizo empresario de la construcción. Un empresario que trabajaba para los promotores. Entonces se casó y consiguió el tácito permiso social para pasear con ella por la zona sur, la zona a la que aspiraba todo el mundo y especialmente él. Fue una época de gran felicidad, pensó María Jesús. Centró su atención en el libro. Sin embargo, Lloris sentía una especie de desazón vital que le impedía incluso hojear el suyo. Miró el reloj: faltaba un cuarto de hora para las diez de la noche. No cenaría en casa.

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