Inma Chacón - La Princesa India
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La señora lloraba en el regazo de su aya. Se durmió agarrada a la llave que le acababan de entregar, hasta que doña Aurora y Valvanera entraron en la habitación seguidas de don Manuel. La princesa fingió sorprenderse con la mejoría de la enferma, había recobrado el color. Valvanera llevaba un balde lleno de agua caliente, sacó un paño de los cestos que había dejado al lado de la cama la noche anterior y se dirigió a don Manuel señalando el barreño.
– Es muy importante que se lave todos los días. Las heridas sólo quieren agua, sal, y muchos mimos.
No hizo falta que nadie le dijera que debía salir del dormitorio, don Manuel se quedó mirando a Valvanera y sonrió.
– Ya sé, ya sé, tengo que irme, pero antes, déjame que me despida de mi mujer. No volveré a verla hasta dentro de una semana por lo menos. Salgo de viaje ahora mismo.
Cuando no la transformaba la ira, su voz era hermosa. Grave y acompasada, como Olvido recordaba la de su padre. Sus labios rozaron los de la señora Diamantina, le susurraron algo al oído que sólo ella pudo escuchar, y volvieron a su boca. Después se marchó.
La esclava le siguió con la mirada. No era la primera vez que parecía diferente, pero sí la única en que ella deseó no haber presenciado su transformación. No le extrañaba que la señora Diamantina volviera una y otra vez a sus brazos, las caras de algunos ángeles no serían tan bellas.
El ruido del barreño contra el suelo la sacó de su abstracción. Valvanera lo colocó a los pies de la cama.
– ¡Señora! ¡Tenéis que bañaros! Seguro que anoche nos dejamos la mitad de la sangre.
Valvanera contempló la mancha de las baldosas y se volvió hacia la nodriza.
– ¿De dónde habéis sacado tanta sangre?
La princesa se sumó a la observación de su criada. No había pensado en tanto realismo cuando les dio las instrucciones sobre lo que debían hacer. El aya se encogió de hombros y arqueó las cejas.
– Añadimos algunos detalles para que el señor no dudase en llamaros a vosotras y no al médico de la casa.
Diamantina se metió de pie en el barreño.
– ¡Si las hubierais visto cuando les abrí la puerta! Me costó acertar en la cerradura del susto que tenía. ¡Madre de Dios! ¡No sabía qué pensar cuando vi la jarra llena de sangre! ¿De dónde la sacasteis?
La nodriza miró a Olvido y le guiñó un ojo.
– La cocinera siempre le pide a Olvido que le mate las gallinas para el caldo. Hoy pensaba hacer uno. Ya la tiene desplumada y desollada.
Al ver las piernas manchadas de sangre, Valvanera, Diamantina y doña Aurora hicieron el mismo gesto de asco a la vez. La princesa estalló en una carcajada y contagió al resto de las mujeres, que se miraban unas a otras sin la menor preocupación de que alguien pudiera hacerlas callar. Olvido se escuchó a sí misma compartiendo con ellas el sonido de sus risas.
Las cuatro observaban las piernas de Diamantina y se reían. Se miraban y volvían a reírse. Diamantina salpicó a doña Aurora, doña Aurora a Valvanera, Valvanera a la nodriza, y la nodriza cerró el círculo salpicándola a ella. Gritaban y reían sin decir una sola palabra. Y se entendían.
3
Entre Monesterio y Santa Olalla, se encontraba la posada del Culebrín, donde solían hacer noche los viajeros de la Ruta de la Plata, entre Zafra y Sevilla. Desde la posada hasta Zafra, se tardaba poco menos de un día a caballo. Don Lorenzo calculó su viaje de regreso de Granada teniendo en cuenta que debía llegar a la Media Fanega el viernes por la noche a más tardar. El sábado saldría en dirección a Los Santos, llegaría al anochecer y dormiría allí. En la mañana del domingo, interceptaría al comerciante en el cruce donde había convenido con la princesa.
En la fecha y la hora calculadas, entraba en la taberna de la fonda para pedir alojamiento para él y para otras cuatro personas que esperaban en un carruaje.
De espaldas a la entrada, recogiendo la llave de una de las habitaciones, se encontró con la última persona que hubiera podido imaginar. Su hermano Manuel. El primer impulso que sintió fue alejarse, pero se acercó hasta tenerlo a dos pasos y saludó.
– ¡Buenas noches!
Manuel levantó la cabeza y esperó unos instantes para girarse.
– ¡Esto sí que se llama una casualidad! ¿Tú no estabas vendiendo tu uva en la ruta de Almendralejo?
Don Lorenzo no tenía interés en mantener una conversación. Su propósito era terminar cuanto antes con aquel desagradable encuentro, y avisar a las personas que esperaban en el coche de que podían entrar.
– Parece que no.
Se acercó al mostrador y se dirigió al posadero.
– ¿Qué hay, Luciano? ¿Tienes cuatro habitaciones?
Antes de que Luciano pudiera contestar, don Manuel le cogió del brazo y le retiró del mostrador.
– Tengo algo importante que decirte.
– ¿Y qué te hace pensar que lo que es importante para ti puede ser importante para mí?
Su hermano le clavó los dedos en el brazo y lo llevó hasta una mesa, la más retirada que encontró. Su aspecto no era el que presentaba la última vez que se vieron, parecía avejentado.
– Me encantaría pelear contigo, pero he cabalgado doce horas seguidas, estoy agotado. Lo que tengo que decirte es mucho más importante que nuestras diferencias. Escúchame y no me interrumpas hasta que termine. Las vidas de tu esposa y de la mía dependen de lo que tú y yo seamos capaces de hacer. Voy a Sevilla a buscar ayuda.
Don Manuel le contó los últimos acontecimientos ocurridos en Zafra. Por supuesto, desconocía la existencia del joyero, pero sabía las acusaciones que el comerciante había vertido sobre doña Aurora y sobre Valvanera en relación con Diamantina y con la fonda.
– Al principio no le di importancia. Pensé que nadie creería las patrañas de ese hijo de Satanás. Pero cuando se me acercó en la batida, comprendí que su perversión no tiene límites. Ahora resulta que la Serpiente de El Castellar también es obra de ellas.
– Pero es absurdo, ésa es una historia antigua. Los abuelos de nuestros abuelos ya hablaban de la serpiente.
– Precisamente por eso, no hay animal que viva tantos años. ¿No adoran los indios a un dios en forma de serpiente?
– Quetzalcoatl, la Serpiente Emplumada.
– ¡Pues ahí la tienes! Según el comerciante, doña Aurora y Valvanera invocaron a su dios para que Diamantina siguiera embarazada a pesar de haber perdido al niño. Eso es lo que le va a decir al Santo Tribunal. Tenemos que conseguir un testimonio a favor de tu mujer y de tu criada, gente de prestigio que pueda callarle la boca a ese embustero.
Don Lorenzo todavía no le había contado su historia. La muerte del calafate, la inundación de la ronda y el entierro del Bigotes, las amenazas, el joyero. El comerciante odiaba a cualquiera que no demostrara su pureza de sangre.
– Acusó a su propia esposa de mantener sus ritos judíos y la mandó a la hoguera. Parece que no le encuentra sentido a la vida si no es odiando a los que somos diferentes. En nosotros encontró las víctimas perfectas, el hijo de una mora y su familia india.
La reacción de su hermano ante lo que acababa de narrar le desconcertó. Jamás hubiera creído que de sus labios pudieran salir alabanzas sobre nadie que no fuera cristiano viejo, y mucho menos sobre doña Aurora.
– Tu mujer no merece ese trato, es una de las damas más dulces que han pasado por Zafra. Ese hombre debería lavarse la boca con jabón para hablar de ella. No podemos consentir que se salga con la suya.
Don Lorenzo hizo un gesto de admiración. No podía ser cierto lo que acababa de escuchar.
– Sí, hombre, sí. Ya sé que a veces soy un burro, pero sé diferenciar una corneja de una paloma.
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