Auður Ólafsdóttir - Rosa candida

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El joven Arnljótur decide abandonar su casa, a su hermano gemelo autista, a su padre octogenario y los paisajes crepusculares de montañas de lava cubiertas de líquenes. Su madre acaba de tener un accidente y, al borde de la muerte, aún reúne fuerzas para llamarle y darle unos últimos consejos. Un fuerte lazo les une: el invernadero donde ella cultivaba una extraña variedad de rosa: la rosa cándida, de ocho pétalos y sin espinas. Fue allí donde una noche, imprevisiblemente, Arnljótur amó a Anna, una amiga de un amigo. En un país cercano, en un antiguo monasterio, existe una rosaleda legendaria. De camino hacia ese destino, Arnljótur está, sin saberlo, iniciando un viaje en busca de sí mismo, y del amor perdido.

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Y soy incapaz de explicar lo que sucede a continuación, por muchas vueltas que le dé en mi mente. Pese a haber imaginado esta posibilidad tantas y tantas veces, yo solo bajo las sábanas, en el sofá cama del comedor, no podría explicar de ninguna manera lo que se apoderó de mí. Estoy inclinado a pensar que sucedió sin pensarlo siquiera.

Anna ha fregado los platos cuando entro después de dormir a mi hija y de recoger los juguetes, y a diferencia de lo que sucede siempre, no está con un libro delante. Lleva puesto el vestido y el prendedor del pelo, y tengo la sensación de que me mira de una forma nueva, como si tuviese algo muy personal que comunicarme. De manera que empiezo por quitarme el jersey y luego desabrocho la camisa y suelto el cinturón de los pantalones. Como si estuviera desnudándome para irme a la cama, o en la consulta de un médico. No hay nada premeditado, en realidad ni siquiera puedo explicar por qué me pareció llegado el momento de quitarme la ropa en medio de la cocina. Anna me mira y tengo la sensación de que se ha puesto algo nerviosa al ver que he empezado a desnudarme sin siquiera decir nada. Mentalmente he llegado más lejos que ella, ya he llegado al final y en el momento mismo en que empecé a desnudarme me di cuenta de que estaba cometiendo un error. Pero continúo, como alguien que tiene que concluir una tarea dolorosa pero urgente, hasta que me quedo completamente desnudo en medio del montón de mis ropas en el suelo, como un pájaro en el nido de sus propias plumas, como un avestruz que ha perdido las plumas. En ese instante me doy cuenta de que Anna tiene un lápiz en la mano. Es entonces, sólo entonces, cuando se me hace patente la posibilidad de que a lo mejor me estaba esperando para que la ayudara con algún término latino de la genética, como una compañera de clase que necesita ayuda para su traducción de latín. Una mujer que tuviera en la cabeza cualquier cosa que no fuera anotar la explicación de unas cuantas palabras en los márgenes del libro que descansa sobre la mesa; si, por ejemplo, digamos, estuviera pensando en acostarse con un hombre, ¿llevaría un lápiz en la mano? Me mira exactamente como si su intención fuera preguntarme algo relativo al genoma, y se hubiera visto total y absolutamente sorprendida por mi reacción. Le preguntaría al genio de la lengua latina: «¿Sabes lo que quiere decir esto?», y se sumergiría en el libro para localizar la extraña palabra latina del texto.

Estoy completamente desnudo y en vez de no hacer nada, cojo el montón de ropa y lo pongo sobre la mesa de la cocina. Aunque mi situación en estos momentos es un tanto embarazosa, no me parece del todo absurda. Me alegro de no tomarme a mí mismo en serio, en este sentido, no en relación con la desnudez corporal. También ayuda algo que mi cuerpo me resulte algo extraño a mí mismo. Sin embargo, puede resultar realmente penoso ser hombre, daría toda mi colección de hierbas, incluido el último trébol de seis hojas, por saber lo que está pensando Anna en este momento.

En lugar de acercarse a mí con el libro en la mano y señalar la palabra que necesita, sonríe de oreja a oreja. No comprendo a las mujeres. Es la sonrisa más bella del mundo. Luego se echa a reír a carcajadas. Siento alivio. Río yo también. Gracias a Dios no tengo demasiado sentido del ridículo. El cuerpo pasa a segundo plano y llega el momento de las palabras e intento, en loca carrera contra un imaginario reloj de arena, encontrar la palabra que pueda salvarme. Anna me gusta muchísimo y no quiero perderla, no quiero que la consecuencia de esta estupidez sea hacer que se marche. Una sola palabra y todo estará salvado. Una sola palabra y todo estará perdido. Tengo calor. Tengo frío. ¿Qué palabra posee el poder suficiente para hacer desaparecer por completo un cuerpo de hombre y cambiar las circunstancias en mi favor? Estoy en la primera casilla del juego de mi búsqueda de la verdad. No, estoy en medio de un río caudaloso, en mitad de un remolino incluso, y no veo tierra, al parecer no he conseguido aprender nada en veintidós años.

Lo único que se me ocurre es moverme a otra casilla corporal. Por eso me inclino y elijo una prenda del montón. Me pongo primero los calzoncillos, luego la camiseta y me calzo los vaqueros sin apretar el cinturón. Luego voy al fregadero, saco una olla pequeña y abro el grifo.

– Lo mejor será preparar un té -digo mientras se llena la olla. Oigo mi voz temblar un poquito. Tengo la sensación de que de algún modo deberé arreglar lo que he hecho, para que podamos seguir siendo amigos, para que ella vea esto como una simple salida de tono, como un suceso puramente casual. Miro el reloj, ojalá hubiera retrocedido a seis minutos antes en mi vida. ¿Cuánto tiempo necesitará una mujer para olvidar algo como esto?

«Lo único que hace falta es tiempo y dormir», diría mamá.

Si se pone a hacer el equipaje a toda prisa para irse a algún otro sitio a escribir la tesina, le diré sin vacilar: «Por favor, quédate».

También se me ocurre si una planta podría cambiar la situación, esto de las plantas se me viene a la cabeza por sí solo; por ejemplo, podría coger una azucena blanca del balconcito y regalársela. Busco las bolsas de té.

– ¿Sabes dónde están las bolsitas de té? -le pregunto, mi voz ha vuelto a ser la de antes. Pongo la olla encima del quemador del gas y lo enciendo. Sigo aún de espaldas a la madre de mi hija y como pienso que debe de estar de pie junto a la mesa, es allí adonde dirijo la voz. Pero de repente aparece justo a mi lado, cuerpo contra cuerpo, y noto una ardiente llamarada de gas subiéndome por la espalda. Me toca suavemente el hombro y luego el codo, se limita a las articulaciones. Luego, me abraza.

– Perdona lo de antes, lo de que me echara a reír -dice-. No me reía de ti, sino por lo feliz que me sentía.

Aparto rápidamente la tetera y apago el gas, luego me dirijo tras ella al dormitorio. Soy aún más rápido que antes, porque no llevo cinturón ni me he abrochado un solo botón, esta vez lo hago sin vacilación. Ni siquiera estoy seguro de que las cortinas de terciopelo estén cerradas como Dios manda, hay una raja en el cielo vespertino y unas nubes asombrosamente sonrosadas forman una línea horizontal que atraviesa el cielo.

Capítulo 67

Al terminar, tengo la sensación de que no ha terminado, de ninguna manera, aún no existe una clara separación entre el cuerpo de ella y mi propio cuerpo; durante unos minutos más, nuestra respiración está acompasada. Los siguientes diez minutos siento que nunca he podido estar más cercano al cuerpo de ninguna otra persona, siento que no es posible aproximarse tanto a una mujer, que ella esté dentro de mí y yo dentro de ella. La quiero locamente y no me importa lo más mínimo que tengamos una hija juntos: ella es nueva y distinta. El invernadero ha desaparecido en las brumas del tiempo, creería incluso que unos vándalos lo han destrozado y que ahora no es más que una ruina. Va tirando, papá anda con evasivas cuando le pregunto qué tal se está consiguiendo librar de los tomates. La acaricio por todas partes, también para convencerme de que sigue estando aquí, conmigo. Después me levanto a por un vaso de agua en el fregadero de la cocina. El cielo está extrañamente encendido y la luna nada por las nubes, veo que el anciano de enfrente no puede dormir y está en la ventana, mirando. Cuando vuelvo a la cama, la acaricio por la espalda, hacia la cintura, y se da la vuelta sin despertar. Es muy suave. Entonces le acaricio la cintura, varias veces, la cintura está sólo unos pocos centímetros por encima de la sábana. Luego exploro otros lugares, avanzo tanteando con mis manos como un ciego que intenta encontrar el camino, tiene los muslos pegajosos. Hago todo lo que se me ocurre que puedo hacer sin despertarla. La sábana está hecha un guiñapo en el suelo, y allí la dejo. Entonces me doy cuenta de que dos ojos me observan en la oscuridad, como dos soles. Flora Sol se ha puesto en pie, sujetándose a la barandilla, extrañada de verme en la cama.

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