Auður Ólafsdóttir - Rosa candida

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El joven Arnljótur decide abandonar su casa, a su hermano gemelo autista, a su padre octogenario y los paisajes crepusculares de montañas de lava cubiertas de líquenes. Su madre acaba de tener un accidente y, al borde de la muerte, aún reúne fuerzas para llamarle y darle unos últimos consejos. Un fuerte lazo les une: el invernadero donde ella cultivaba una extraña variedad de rosa: la rosa cándida, de ocho pétalos y sin espinas. Fue allí donde una noche, imprevisiblemente, Arnljótur amó a Anna, una amiga de un amigo. En un país cercano, en un antiguo monasterio, existe una rosaleda legendaria. De camino hacia ese destino, Arnljótur está, sin saberlo, iniciando un viaje en busca de sí mismo, y del amor perdido.

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– ¿Y qué tal albóndigas de pescado? Y de postre natillas con nata montada, como lo que hiciste en la cena de mi despedida.

– Pues no es ninguna tontería. ¿Se echaban dos cucharadas soperas de fécula de patata para las albóndigas de pescado?

– Eso es lo que recuerdo.

– ¿Qué te parece Ravel?

– ¿Por qué me lo preguntas?

– He estado escuchando cosas suyas.

– Quizá no sea ya el número uno de las listas, papá.

– ¿No te falta dinero, Lobbi, ahora que sois más en casa?

– No, por ese asunto no tienes que preocuparte.

Están celebrando misa en la iglesia, y se me ocurre que podríamos aprovechar para saludar después al padre Tomás, así que nos quedamos a esperar a que salga de la iglesia. Se alegra de verme y dice que me invita a un espresso y a un amaretto en el bar. Cruzamos juntos la plaza y yo acepto el café, pero no el amaretto. Saco a la niña del cochecito y le doy una galleta y la siento delante del cura, que conoce todos los intríngulis de este lugar. Mira a la niña mientras hablamos y me doy cuenta de que echa tres terrones de azúcar en el café, igual que mi hermano Jósef, para comérselos a continuación con la cucharilla. Antes de darme ni cuenta, le he confesado al padre Tomás mis preocupaciones, que existe la posibilidad de haberme enamorado de una mujer con la que tuve una hija sin pretenderlo nunca.

– Tenía tanto miedo de que se vengara, de que me apartara de su lado, y al ver que no lo hacía, me entró más miedo aún.

Acaba su taza mientras le explico lo que se siente cuando se tiene un pie en una barca inestable y el otro en el muelle, y notas cómo se va ensanchando el espacio según los pies se mueven cada uno en una dirección. Pienso que tengo que empezar por el prólogo y explicarle cómo es posible que la imprevisión de un instante pueda traer consigo la consecuencia de un niño no deseado con una especie de amiga de un amigo, que la personita que estaba allí delante con media galleta empapada en la mano fuera una absoluta casualidad que ahora vive su propia vida.

– Son cosas que pasan -digo, mientras echo unas migas de galleta a dos palomas que rondan por la mesa.

– Las casualidades tienen significado -dice el padre, y pide otro espresso.

Le observo mientras pesca otros tres terrones de azúcar del azucarero y los echa en la taza. Luego, continúa.

– Hacéis las cosas en un orden algo distinto al habitual, primero tener el hijo, luego conocerse -dice, tomando un sorbito de café.

– ¿Cuánto tiempo puede durar una relación amorosa? ¿Y una relación sexual? ¿Y una mezcla de las dos? ¿Puede llegar a durar la vida, la vida entera?

– Sí, sí, y de qué manera -dice el padre Tomás-, claro que es posible. La relación entre un hombre y una mujer tiene muchos aspectos diferentes, y una persona ajena a la misma no puede entender lo que sucede entre ellos.

Me parece oír la voz de mamá. Mamá podría haberlo expresado con esas mismas palabras.

– Es tan difícil saber exactamente qué sucede en el interior de otra persona, saber qué sentimientos puede albergar -digo yo.

– Sí, eso pasa -dice el padre Tomás, que se pide otro chupito de amaretto -. Lo que me parece es que has intentado hacer todo lo que yo te habría aconsejado que no te apresurases a hacer hasta que estuvieras bien seguro.

Mi hija se ha acabado la galleta y está pringada hasta las orejas. Busco en los bolsillos y en el cochecito algo con que limpiarla. Mi compañero de mesa se me adelanta y me da un pañuelo blanco.

– Está limpio -dice-. Traído especialmente para los niños de la parroquia en caso de necesidad -añade, dirigiendo una sonrisa a la niña. Veo en su expresión que está intentando recordar qué película podría recomendarme. Mi hija está ahora muy interesada en las palomas.

»Se me viene a la memoria -dice entonces- una vieja película con, si la memoria no me engaña, Yves Montand y Romy Schneider, que vi hace no demasiado tiempo y que te podría ser instructiva. Como bien dices -continúa, haciendo un resumen de lo que yo no he dicho ni he tenido intención de decir-, no es la primera noche la peligrosa, sino la segunda, cuando la atracción de lo desconocido ya ha desaparecido, pero no la atracción de lo inesperado. Creo recordar que es Romy la que lo dice. Cuando quieras, eres bienvenido a verla esta noche, si tienes canguro -y mira a la niña.

Le pongo la capucha a la niña, le estrecho la mano al sacerdote, le doy las gracias por el café y le digo que pese a todo será difícil que pueda tener la tarde libre. La gran pregunta que está flotando todo el día es si volveremos a acostarnos juntos esta noche o si habrá sido un caso aislado, una excepción producida por determinadas circunstancias favorables de la noche anterior, que la madre de mi hija reforzó incluso para salvarme de aquella situación tan delicada. Hasta ahora, nunca he dormido dos noches seguidas con la misma chica, tenía la sensación de que otra cosa daría un carácter demasiado serio a la relación, y que había empezado a atarme. Y aunque desde el punto de vista de la teoría de la atracción ésta fue nuestra segunda noche, es una cuestión difícil de resolver cuándo hay que empezar a contar: si ésta fue la segunda vez o si la segunda vez tendría que contarse a partir de la próxima noche.

Capítulo 70

Anna vuelve de la biblioteca con dos bolsas de compra. Noto que se mira un instante en el espejo del vestíbulo y se recoloca un mechón antes de dejar las bolsas en la mesa de la cocina.

– Compré cosas de comer -dice cuando me pongo a ayudarla a sacar los paquetes y ordenarlos sobre la mesa.

Me apetece mucho abrazarla, pero pienso que no es el momento adecuado. Según veo, ha comprado carne de ave, probablemente pato, y diversas cosas raras para guarnición que no tengo ni idea de cómo se cocinan. Dice que piensa guisar ella.

– Para variar -añade-. Decidí ponerme las pilas y guisar algo porque Flora Sol y yo llevábamos ya tres semanas en tu casa.

– ¿Sabes cocinar? -pregunto. Estoy realmente extrañado. Había pensado que esta chica (la madre de mi hija) no sabía cocinar-. Yo creía que eras genetista -le digo. Ríe.

– Perdona -dice- por no haber cocinado hasta ahora; perdona por dejar que tú lo hicieras todo.

Yo tenía a mi hija en el brazo y miramos a su madre manipular el ave como una persona que sabe perfectamente lo que está haciendo: pica dátiles, manzanas, nueces, perejil y con todo eso rellena el ave sin un solo tropiezo, todo en poquísimos minutos, como si contase con una larga experiencia en la cocina de algún restaurante. No sé muy bien si descubrir este nuevo aspecto de Anna me alegra o me molesta. Ya había empezado a cogerle el gusto a la cocina, aunque me lleve siempre tanto tiempo.

– El principal entretenimiento de mi padre era cocinar, y se pasaba largos ratos en la cocina inventando nuevos platos -me explica-. Si no estaba pescando truchas, estaba cazando perdices; si no estaba cazando perdices, estaba cazando gansos o renos. Una vez volvió a casa con una agachadiza, y otra vez con un cisne, dijo que le había disparado por error, recuerdo que se pasó casi todo el día asando el cisne, con la puerta de la cocina bien cerrada; el cisne llenaba por completo el horno. En realidad, yo perdí el interés enseguida, porque ni había sitio para mí en la cocina. Pero cuando lo has visto hacer no resulta demasiado difícil -me dice mientras cose el pato relleno en el fregadero para que no se salga el relleno.

Mientras la miro hacer puré de zanahorias y glasear unas patatas en la sartén, me doy cuenta de que no sé absolutamente nada de la madre de mi hija, ni siquiera del interés por la caza y la pesca de su padre, el abuelo de mi hija.

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