– Acuéstate y duérmete, es de noche -le digo sin darle la menor opción de charla, ni se me ocurre cambiarle el pañal.
No parezco demasiado convincente, son ya las siete y por la ventana entra un rayo de luz del día, pero me apetece estar tranquilo con Anna, no quiero que la niña nos moleste. Tengo los ojos medio cerrados para demostrarle que no quiero hablar ni jugar, pero no sé si está ofendida por mi negativa a hacerle caso. Se deja caer otra vez en la cuna, ayudada por la fuerza de la gravedad, y apoya obediente la cabeza en la almohada. Veo los tres botones automáticos en fila vertical sobre su bodi de felpa, y el edredón está arrugado a sus pies, de modo que me pongo en cuclillas para echarle el edredón por encima y mirarle fugazmente los ojos. Se ha puesto de lado, con la cara hacia la pared, y tiene abrazado su conejito. El labio inferior le tiembla un poco, todo parece indicar que está a punto de echarse a llorar.
– Mañana hacemos el puzle -le digo-. Buenas noches -añado, indicándole así que nuestra charla ha concluido, y me paso a la otra cama y pongo el brazo encima de la mujer acostada a mi lado.
Diez minutos más tarde, mi hija está otra vez de pie en la cuna, mirándome en la oscuridad.
– Pa-pa-pa-pa -dice deprisa pero en voz baja.
Me siento.
– ¿Quieres que hagamos gachas de avena? -pregunto.
Me levanto y me pongo los pantalones. Me inclino sobre la cuna y mi hija se quita de la boca la oreja empapada del conejito y me sonríe. Me tiemblan las manos cuando la levanto y me doy cuenta de que estoy pletòrico de sentimientos nuevos y difusos.
– Dejaremos dormir a mamá.
– Ma-ma mi-mi.
Mientras preparo las gachas de avena intento hacerme una idea clara de la nueva situación que se ha presentado y de cómo debo comportarme cuando Anna se levante y salga del dormitorio. ¿Qué haré con esta nueva intimidad? Es la primera vez que no me marcho después de acostarme con una chica. Hasta ahora, siempre me iba antes de que la chica empezara a desayunar, aunque eso no quiere decir que me fuera sin despedirme. Claro, que tampoco me podría haber ido ahora: éste es mi piso, lo tengo alquilado, y Anna tampoco podría irse, pues por el momento vivimos bajo el mismo techo.
Abro de par en par la ventana de la cocina. La rosaleda está cubierta por una espesa niebla y fuera reina un total silencio. El anciano no está todavía en la ventana, seguramente se habrá tomado un somnífero.
Capítulo 68
Hay leche y huevos y tomo prestadas dos tazas de harina de mi vecina de arriba, que por lo que puedo oír lleva un buen rato levantada, así que podría hacer tortitas para Anna con las recetas de mamá. En una de las películas del padre Tomás se ve gente sentada a una mesa comiendo tortitas con grosellas negras y sirope, me parece una combinación muy apetitosa.
Sólo llevo puestos los pantalones, así que me pongo una camiseta, luego cojo a Flora Sol en pijama, subo la escalera y llamo a la puerta. La anciana está encantada de vernos y nos invita a entrar, pero le digo que ando mal de tiempo. Y ella me dice que su amiga está mucho mejor del asma desde que vio a la niña, y que también va mejor de la depresión que tenía además del asma. Pero la cosa es que tiene una prima que llegará de visita el próximo fin de semana, vive en un pueblo cercano, a tres horas de tren, ha sufrido todo lo imaginable y más, y ahora resulta que tiene cáncer. La cuestión es si puede llevar a su prima a ver a la niña.
– Volverá a su pueblo en el tren de la mañana del día siguiente -dice al ver que estoy un poco inquieto en el umbral de la puerta.
Cuando mi amante sale del dormitorio, con las mejillas coloradas, estoy dando la vuelta a la cuarta tortita. Lleva en brazos el libro abierto, con la mano encima para no perder la página. Tiene aspecto de que no hubiera sucedido nada y me sonríe y le da un beso a su hija que está haciendo el puzle en la mesa, luego se sienta y abre el libro. Somos hermanos otra vez. Dos individuos a quienes la casualidad les hizo compartir un bebé con unos ricitos angelicales, amarillos, en la freute.
– ¡Qué estupendo! -dice al ver las tortitas con sirope, me doy cuenta de que tiene la barbilla arañada por los pelos de mi barba.
No sé cuánto debo acercarme a ella, nuevamente nos separa la tabla de la mesa. Ni siquiera estoy seguro de que se dé cuenta de que la estoy mirando, de que estoy observándola con nuevos ojos. No comprendo cómo pudo haber una época en que me parecía una chica de aspecto corriente. Yo mismo, hace año y medio, soy un misterio insondable, como un desconocido.
– ¿Qué? -me dice con una sonrisa. Casi parece tímida.
– Nada -digo yo.
Estoy admirando el milagro que puede aproximar tanto a dos personas sin relación familiar alguna. Luego pregunta:
– ¿Te han operado hace poco? Hace diecinueve meses no tenías cicatrices.
Nuestra hija mira a su padre y luego a su madre, y vuelve a empezar. ¿Se estará dando cuenta de que hay una situación nueva en el hogar, de que nuestra relación ya no gira solamente en torno a ella?
– Sí, me hicieron una operación de apendicitis hace dos meses. Mi cuerpo no es el mismo de antes.
La niña me mira mientras intento hacerme dueño de la situación. De pronto me resulta difícil hacerme con esta nueva cercanía, me siento alterado, así que me levanto para buscar el jersey. No puedo permitir que Anna me vea en este estado, que vea lo sensible que me he vuelto cuando ella está presente. Ella también se pone en pie.
– Bueno, me voy a la biblio -dice, y le da un beso de despedida a la niña. Luego titubea un instante y me mira. Yo vacilo y la miro también, es ella la que da el paso y me besa.
Me siento precipitado a un estado que soy incapaz de dominar y que me pone demasiado nervioso para aguantarlo por mucho tiempo. Por eso visto a la niña con ropa de calle y la llevo en brazos los dos pisos que tenemos que bajar hasta donde dejamos la silla. Si Anna me preguntara por mis sentimientos, ¿qué podría responderle? ¿Debo decirle que no lo sé con seguridad, lo que es totalmente cierto, y que estoy intentando pensar las cosas? Uno no puede saber lo que siente sobre cualquier cosa cuando ésta no ha hecho más que producirse.
A estas tempranas horas de la mañana hay poca gente por la calle, pero ya han puesto las tres mesas en el café. Me resulta difícil imaginar lo que sucederá a partir de ahora, si las partes del día se distribuirán de una manera distinta. ¿Cómo se dividirán las horas del día después de esta noche, y cada una de las partes del día, la mañana, la tarde, la velada y la noche tendrán significados nuevos? ¿Es ésta una relación amorosa o sexual? Si somos pareja, ¿tengo que reflexionar si me he transformado en cabeza de familia, a los veintidós años de edad? ¿O soy un amigo con el que se acuesta? Y en tal caso, ¿cuál es la diferencia?
Capítulo 19
Comienzo nuestro paseo yendo a la cabina de teléfonos a llamar a papá, y dejo a mi hija sentada en el cochecito para que me vea, y mantengo abierta la puerta de la cabina con un pie. Papá se alegra mucho de oírme y empieza diciéndome que últimamente está más tranquilo aunque llevaba varios días sin saber nada de mí, pero ya no está preocupado por mí como antes.
– Perdona, pero ¿cuánto tiempo hace de la última vez que llamé? -le digo.
– Comprendo perfectamente que necesites menos que antes a tu anciano padre -dice. Luego cambia de tema, tiene cosas que contarme de la familia; mi hermano gemelo, Jósef, está viviendo con una amiga-. Una chica estupenda -añade-, viven en la misma casa; Jósef piensa traerla de visita el próximo fin de semana. Los padres de ella vendrán también, así que no hago más que darle vueltas a qué puedo ponerles de cena. Ya sabes que no tengo ni idea de esas cosas, era tu madre la que se ocupaba de la cocina.
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