– ¿Qué? -me pregunta con una sonrisa.
– Nada.
– Sí, ¿qué pasa? -repite-. ¿Por qué me miras?
– Estaba intentando averiguar cómo es una persona que resulta ser hija de un cazador de perdiz nival.
– ¿Por dentro? -me pregunta, mirándome con sus ojos verde mar.
Mientras el pato está en el horno, voy caminando hasta el coche a buscar la caja con las botellas que quedan; al subir otra vez, me encuentro con el padre Tomás. Aprovecho la oportunidad para darle dos botellas.
– Para compararlas con las que producen ustedes aquí -le digo. Él contesta que todos están encantados de verme de vuelta en el jardín tras mi breve ausencia, y que los monjes han empezado a preocuparse del jardín más que antes.
– Ahora ya pasan más tiempo al aire libre -me dice-, y ellos mismos se dan cuenta de que les sienta bien.
»El hermano Pablo intentó regar algunos macizos. Naturalmente se empapó de la cabeza a los pies por primera vez en veinte años, pero se quedó feliz de volver a estar en contacto con la madre tierra. Y todos están también muy contentos de cómo has atendido las rosas. Ahora pueden pasear otra vez por los viejos senderos de la rosaleda y practicar el latín leyendo los nombres de las plantas en los carteles.
Cuando vuelvo al apartamento, Anna ya ha puesto la mesa y está sacando el pato del horno. Flora Sol está ya preparada, con el biberón puesto, sentada en su silla y con la cuchara en la mano. Hay que decir que la comida es exquisita, aunque ni Anna ni yo tenemos demasiado apetito. He de admitir que no me apetece nada seguir durmiendo en el sofá, ya que hay una cama doble en la habitación de al lado. Cuando voy a levantarme para bañar a Flora Sol y acostarme, Anna se interpone y dice:
– Yo lo hago.
Por la ventana de la cocina distingo luz, en medio de la oscuridad, en varias ventanas del claustro, en lo más alto de la colina. Mañana segaré la hierba, sacaré del almacén los bancos del jardín y los barnizaré. Luego veré cómo van varios tipos de lechuga en el huertecito nuevo, y plantaré más especies de hierbas aromáticas. Termino de ordenarlo todo y me voy directamente al dormitorio, me acuesto y suavemente le quito de encima la sábana a Anna.
Cuando Flora Sol despierta por la mañana y se pone de pie en la cuna, no hemos dormido demasiado. No puedo negar que he empezado a pensar en un mundo así; nosotros dos y, después, todos los demás. A veces siento que la niña forma parte de nuestro grupito, que los dos y la niña somos una unidad; a veces pienso que la niña pertenece al grupo de los demás.
Capítulo 71
Aunque no hemos dicho una sola palabra sobre nuestra relación, estoy adquiriendo mi primera experiencia de ser una pareja con un hijo pequeño. No tiene nada de especial vivir con otra persona, siempre que podamos dormir juntos. Y aunque mi situación dista mucho de estar clara incluso para mí, estoy contento y expectante, aunque no lo vaya a expresar exactamente de esa forma en voz alta ante otras personas.
Anna sigue sumergida en los libros y también distraída, como si estuviera al mismo tiempo cerca y lejos. Excepto en la cama, donde no está lejos. A veces parecía que no se percataba de mi existencia hasta que nos metíamos en la cama. En cuanto estamos en la cama, todo cambia. Entre las sábanas tenemos una vida nueva, diferente a la que mostramos en el exterior, donde nos comportamos como hermanos. En efecto, alguna vez nos han preguntado si somos hermanos. Por la calle nunca vamos de la mano, durante el día nunca nos besamos. Somos como hermanos cuando paseamos con la niña o nos sentamos uno enfrente del otro con la niña para cenar, ahora nos alternamos para preparar la cena. Ahora soy más atrevido que antes con las recetas, y como realmente me apetece sorprender a Anna, me dejo tentar y compro lo que el carnicero me recomienda: filetes de gamo.
Pero la noche ha empezado a contagiar el día, los efectos de lo que hacemos por la noche se extienden buena parte del día, estamos más indecisos y más tímidos y charlamos menos que antes durante el día, porque estamos siempre esperando a que llegue la noche. Algunas veces he empezado a pensar en la noche cuando apenas son las doce del mediodía, y de hecho me paso el día entero deseando meterme en la cama.
A decir verdad, sólo hablamos de lo que tiene que ver con la niña, aunque Anna sigue elogiando la comida cuando soy yo el que cocina. Yo no tengo mucho apetito a la hora de la cena, pero Anna siempre come bien. No decimos una palabra sobre lo que vamos a hacer enseguida, pero los dos nos damos toda la prisa del mundo en bañar a la niña y arreglar la casa.
Nuestra hija nos hace el favor de dormirse en cuanto pone la cabeza en la almohada. Chupa su chupete, con el conejito a su lado en el colchón, y un instante después está ya dormida. La niña es una maravilla en todo, durante todo el día. Cuando salgo, una vez nuestra hija se ha dormido, Anna cierra su libro de golpe y se levanta, y no importa que sean sólo las ocho, nos lo quitamos todo y lo dejamos a un lado, se trate de libros o de ropa, y nos vamos a la cama sin decir una palabra. No hay nada que nos interrumpa, no tenemos televisión y no nos llegan noticias de guerras ni de unos hombres masacrando a otros hombres, nunca recibimos visitas, por eso podemos adelantar la hora de la cena y la de acostar a nuestra hija, y ella no pone ninguna pega. A veces tenemos aún más prisa y dejamos los platos sobre la mesa hasta el día siguiente. La cama es un mundo propio en el que no rigen las mismas leyes que fuera de él. Va disminuyendo constantemente nuestro vocabulario, tampoco se puede expresar todo en palabras. Creo oír la voz del superior del monasterio, y subtítulos en blanco aparecen en la pantalla del techo, seis metros por encima de la cama, atravesando la solitaria ala de la paloma:
– Ciertamente se puede decir que el deseo guarda estrecha relación con la carne.
Capítulo 72
Mi hija está durmiendo la siesta y yo de pie delante de mi amante, que está sentada a la mesa, estudiando. Enseguida deja el libro a un lado.
Mi intención es decirle que me voy al jardín, pero lo que hago es una sorpresa incluso para mí, y digo algo completamente distinto:
– Pensaba si podríamos charlar un poco. De nosotros.
– ¿De nosotros, qué quieres decir?
– Si podemos charlar sobre la naturaleza de nuestra relación.
Parece muy extrañada.
– ¿Qué relación?
Lo dice en voz baja y mirando al suelo. Sigue con la pluma en la mano. Eso significa que aún no ha terminado de hacer lo que estaba haciendo cuando la interrumpí; su intención es sólo hacer una breve pausa mientras responde a una o dos preguntas. Por las noches no tarda un segundo en dejar la pluma en cuanto he dormido a la niña. Pero ahora no. No está dispuesta a hablar de nuestra relación, no es el momento, me di demasiada prisa, no elegí el instante adecuado. En realidad, tampoco tengo mucho que decir sobre el tema.
– Nos acostamos.
Existe un abismo entre lo que digo y lo que pienso.
– ¿Sí?
Callo.
– No te enamores de mí -dice finalmente-, no sé si seré capaz de estar a tu altura.
No le digo que probablemente es ya demasiado tarde para evitarlo.
– No se puede esperar que los sentimientos duren eternamente.
Me pregunto qué quiere decir que los sentimientos no duran eternamente. A decir verdad, ya he empezado a jugar con la idea de si puedo vivir de este modo hasta el final de la vida, deseando que llegue el momento de meterme en la cama con la misma mujer cada noche. Dentro de cincuenta y cinco años tendré la misma edad que papá: setenta y siete años. Al cabo de cincuenta años pueden haber sido dieciocho mil doscientas cincuenta noches de esperar con alegría. Miro el reloj y encuentro una forma de dar la vuelta a la situación en mi favor, a favor de los dos.
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